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Opinión de Locuras Cuerdas. ¿Y si, sí? Por Jorge Chávez Mijares.

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  • hace 1 día
  • 6 min de lectura

Opinión de Locuras Cuerdas.

¿Y si, sí?

Por Jorge Chávez Mijares


Este domingo, 5 de julio de 2026, no amanece como cualquier domingo. Me desperté, preparé el café, miré el teléfono, revisé la hora del partido, aunque desde hace días lo sé de memoria. México juega hoy contra Inglaterra en octavos de final de la Copa del Mundo 2026 y millones de mexicanos amanecimos con una sensación difícil de explicar. No es exactamente miedo, no es solamente emoción. Tenemos algo de ansiedad, de esperanza, de ilusión contenida y también de esa prudencia defensiva que hemos construido después de tantos golpes futboleros.


Porque ser aficionado mexicano ha sido durante décadas un extraño ejercicio filosófico, creer mientras intentamos convencernos de no creer demasiado. Quizá por eso una frase comenzó a abrirse camino entre tanta incredulidad: “¿Y si, sí?” Tres palabras pequeñas, pero profundamente humanas. Porque durante muchos años cargamos con otra frase que parecía escrita como condena nacional: “Jugaron como nunca y perdieron como siempre”.


Esa expresión resumía una forma de entender nuestras derrotas. El esfuerzo estaba ahí, la entrega estaba ahí, la ilusión también estaba ahí, pero al final algo sucedía. Un error, un instante, una jugada imposible. Cómo olvidar aquel Mundial de 2014, cuando México estaba cerca de eliminar a Holanda y apareció Arjen Robben en una jugada que todavía vive en la memoria colectiva con tres palabras convertidas en grito nacional: “No era penal”. Pero la historia del futbol, como la historia de las personas, no puede construirse únicamente desde las heridas. Hoy frente a Inglaterra la pregunta es otra. ¿Y si, sí?


Mientras esperamos el partido es inevitable no recordar aquellas emociones del México 86, cuando la selección nacional enfrentó a Alemania en el Estadio Universitario de Monterrey. Aquella tarde no solamente estaba jugando un equipo de futbol. Estaba jugando una parte del alma mexicana. Cada llegada, cada barrida, cada penal, cada silencio de la tribuna tenía millones de corazones latiendo al mismo ritmo. Al final México perdió, pero curiosamente muchos de quienes vivieron aquel partido no lo recuerdan solamente con tristeza. ¿Por qué? Porque quizá la felicidad humana es más compleja de lo que pensamos.


El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi, autor de “Flow”, dedicó buena parte de su vida a estudiar cuándo los seres humanos experimentamos nuestros momentos más plenos. Y descubrió algo sorprendente, los mejores momentos no suelen aparecer cuando estamos relajados, cómodos y sin preocupaciones. Aparecen cuando enfrentamos un desafío que nos obliga a crecer. “El flujo no nace de vencer a otros, sino de encontrarnos con una versión más amplia de nosotros mismos”, nos recuerda su pensamiento.


Un atleta, un artista, un cirujano, un escritor, aquí aludo a mi mismo, o un futbolista encontramos nuestros momentos más intensos cuando todo lo aprendido, todo el sacrificio y toda la preparación se concentran en un instante. Tal vez por eso hoy 11 jugadores mexicanos pueden representar emocionalmente a millones. Porque en el fondo no solamente queremos ver si México puede vencer a Inglaterra. Queremos ver si México puede vencer una historia.


Friedrich Nietzsche entendía que el ser humano no busca únicamente comodidad, sino también una resistencia que le permita crecer. Una vida sin obstáculos termina empobreciendo el espíritu porque no existe nada frente a lo cual desplegar nuestras capacidades. Por eso un partido difícil tiene más valor. Porque nadie sueña con conquistar una montaña pequeña, la grandeza necesita altura.


También Viktor Frankl explicaba que el ser humano encuentra sentido cuando se entrega a algo más grande que la satisfacción inmediata. La felicidad aparece después, casi como consecuencia. Entonces surge la pregunta: Si México gana hoy, ¿lo que sentiremos será felicidad? Seguramente habrá alegría, gritos, abrazos y festejos. Pero quizá será algo más profundo. Será la sensación de haber visto cruzar una frontera invisible.


Y si México pierde, ¿será solamente tristeza? Dependerá de cómo pierda. Porque también existe dignidad en la lucha. También hay orgullo cuando alguien entrega todo lo que tiene frente a un desafío enorme. Aristóteles hablaba de la eudaimonía, una idea de felicidad muy distinta a la moderna. Para él, la vida plena no era acumular momentos placenteros, sino realizar aquello que somos capaces de llegar a ser. La felicidad no era un estado emocional, era una actividad, era florecer.


Querido y dilecto lector, quizá por eso hoy México, antes incluso de que ruede la pelota, ya está viviendo algo especial. Porque millones de personas amanecimos imaginando posibilidades. Porque durante unas horas volvimos a jugar como niños, construyendo con dedos temblorosos la torre del “Jenga” más alta que todas las anteriores de la que hablaba Mihaly Csikszentmihalyi. Tal vez se caiga. Tal vez permanezca de pie. Pero había que intentar construirla. Porque una nación que todavía puede preguntarse “¿Y si, sí?”, sigue teniendo algo poderoso: Esperanza. Suerte México.


El tiempo hablará.

¿Y si, sí?


Por Jorge Chávez Mijares


Este domingo, 5 de julio de 2026, no amanece como cualquier domingo. Me desperté, preparé el café, miré el teléfono, revisé la hora del partido, aunque desde hace días lo sé de memoria. México juega hoy contra Inglaterra en octavos de final de la Copa del Mundo 2026 y millones de mexicanos amanecimos con una sensación difícil de explicar. No es exactamente miedo, no es solamente emoción. Tenemos algo de ansiedad, de esperanza, de ilusión contenida y también de esa prudencia defensiva que hemos construido después de tantos golpes futboleros.


Porque ser aficionado mexicano ha sido durante décadas un extraño ejercicio filosófico, creer mientras intentamos convencernos de no creer demasiado. Quizá por eso una frase comenzó a abrirse camino entre tanta incredulidad: “¿Y si, sí?” Tres palabras pequeñas, pero profundamente humanas. Porque durante muchos años cargamos con otra frase que parecía escrita como condena nacional: “Jugaron como nunca y perdieron como siempre”.


Esa expresión resumía una forma de entender nuestras derrotas. El esfuerzo estaba ahí, la entrega estaba ahí, la ilusión también estaba ahí, pero al final algo sucedía. Un error, un instante, una jugada imposible. Cómo olvidar aquel Mundial de 2014, cuando México estaba cerca de eliminar a Holanda y apareció Arjen Robben en una jugada que todavía vive en la memoria colectiva con tres palabras convertidas en grito nacional: “No era penal”. Pero la historia del futbol, como la historia de las personas, no puede construirse únicamente desde las heridas. Hoy frente a Inglaterra la pregunta es otra. ¿Y si, sí?


Mientras esperamos el partido es inevitable no recordar aquellas emociones del México 86, cuando la selección nacional enfrentó a Alemania en el Estadio Universitario de Monterrey. Aquella tarde no solamente estaba jugando un equipo de futbol. Estaba jugando una parte del alma mexicana. Cada llegada, cada barrida, cada penal, cada silencio de la tribuna tenía millones de corazones latiendo al mismo ritmo. Al final México perdió, pero curiosamente muchos de quienes vivieron aquel partido no lo recuerdan solamente con tristeza. ¿Por qué? Porque quizá la felicidad humana es más compleja de lo que pensamos.


El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi, autor de “Flow”, dedicó buena parte de su vida a estudiar cuándo los seres humanos experimentamos nuestros momentos más plenos. Y descubrió algo sorprendente, los mejores momentos no suelen aparecer cuando estamos relajados, cómodos y sin preocupaciones. Aparecen cuando enfrentamos un desafío que nos obliga a crecer. “El flujo no nace de vencer a otros, sino de encontrarnos con una versión más amplia de nosotros mismos”, nos recuerda su pensamiento.


Un atleta, un artista, un cirujano, un escritor, aquí aludo a mi mismo, o un futbolista encontramos nuestros momentos más intensos cuando todo lo aprendido, todo el sacrificio y toda la preparación se concentran en un instante. Tal vez por eso hoy 11 jugadores mexicanos pueden representar emocionalmente a millones. Porque en el fondo no solamente queremos ver si México puede vencer a Inglaterra. Queremos ver si México puede vencer una historia.


Friedrich Nietzsche entendía que el ser humano no busca únicamente comodidad, sino también una resistencia que le permita crecer. Una vida sin obstáculos termina empobreciendo el espíritu porque no existe nada frente a lo cual desplegar nuestras capacidades. Por eso un partido difícil tiene más valor. Porque nadie sueña con conquistar una montaña pequeña, la grandeza necesita altura.


También Viktor Frankl explicaba que el ser humano encuentra sentido cuando se entrega a algo más grande que la satisfacción inmediata. La felicidad aparece después, casi como consecuencia. Entonces surge la pregunta: Si México gana hoy, ¿lo que sentiremos será felicidad? Seguramente habrá alegría, gritos, abrazos y festejos. Pero quizá será algo más profundo. Será la sensación de haber visto cruzar una frontera invisible.


Y si México pierde, ¿será solamente tristeza? Dependerá de cómo pierda. Porque también existe dignidad en la lucha. También hay orgullo cuando alguien entrega todo lo que tiene frente a un desafío enorme. Aristóteles hablaba de la eudaimonía, una idea de felicidad muy distinta a la moderna. Para él, la vida plena no era acumular momentos placenteros, sino realizar aquello que somos capaces de llegar a ser. La felicidad no era un estado emocional, era una actividad, era florecer.


Querido y dilecto lector, quizá por eso hoy México, antes incluso de que ruede la pelota, ya está viviendo algo especial. Porque millones de personas amanecimos imaginando posibilidades. Porque durante unas horas volvimos a jugar como niños, construyendo con dedos temblorosos la torre del “Jenga” más alta que todas las anteriores de la que hablaba Mihaly Csikszentmihalyi. Tal vez se caiga. Tal vez permanezca de pie. Pero había que intentar construirla. Porque una nación que todavía puede preguntarse “¿Y si, sí?”, sigue teniendo algo poderoso: Esperanza. Suerte México.


El tiempo hablará.

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