Opinión de Locuras Cuerdas. Puerto del Norte: El día que fui a buscar un barco y encontré una ciudad del futuro. Por Jorge Chávez Mijares.
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Opinión de Locuras Cuerdas.
Puerto del Norte: El día que fui a buscar un barco y encontré una ciudad del futuro.
Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, como matamorense, el llamado Puerto del Norte en Matamoros me invita a buscar respuestas, pero al final termino encontrando preguntas más grandes. Me doy cuenta que la historia no me avisa cuando empieza a cambiar. No manda invitaciones formales, no toca una campana, no detiene los relojes. Simplemente ocurre mientras la mayoría seguimos ocupados en la rutina diaria de cada quien, sin darnos cuenta de que quizá estamos viendo nacer algo que dentro de muchos años otros contarán como el principio de una nueva época. Hoy me brota el escepticismo que me habita.

La presente no es una nota social. Es una crónica que pretende ser eminentemente técnica desde el punto de vista de la creación de un puerto, el Puerto del Norte.
Comenzaré por el principio de esta odisea. Al mediodía del jueves, mi amigo, el arquitecto Manuel Robledo, pasó por mí para dirigirnos al Puerto del Norte de Matamoros. Así como se lee y se escucha. Confieso algo, no iba convencido, iba curioso. Y tal vez esa sea la mejor manera de llegar a ciertos lugares. Durante meses había escuchado una frase que me provocaba cierta resistencia: “El Puerto del Norte ya está en operación”. Mi mente inmediatamente hacía una comparación injusta, pero inevitable: pensaba en Altamira, pensaba en Brownsville. En esos enormes monstruos industriales donde los barcos parecen edificios flotantes, donde las grúas de acero levantan contenedores como si fueran piezas de ajedrez y miles de toneladas entran y salen todos los días con la precisión de un reloj. Entonces veía Matamoros y me preguntaba: ¿De verdad podemos decir que tenemos un puerto? ¿O seguimos hablando de ese viejo sueño que generación tras generación hemos repetido?
Porque los matamorenses conocemos muy bien los sueños largos. Somos una ciudad acostumbrada a esperar. Esperamos durante décadas el regreso del ferrocarril, mejores carreteras y que nuestra posición geográfica dejara de ser solamente una frase bonita en los discursos. Por eso fui, para ver, para escuchar y, si era necesario, para seguir dudando.
Ahí estaba el Maestro Gustavo Guzmán Fernández, Director del Puerto del Norte. Primero dando la bienvenida como buen anfitrión que fue, después de pie, vestido de blanco, micrófono en mano, frente a empresarios, autoridades, representantes de cámaras y sectores productivos. No parecía alguien intentando vender una ilusión. Parecía alguien intentando ganar una discusión contra una idea instalada desde hace años: la idea de que el puerto siempre pertenece al futuro. Entonces comenzó precisamente por ahí, por la evidencia. Porque hay una pregunta sencilla que derrumba cualquier discurso: Si dices que tienes puerto… ¿Dónde están los barcos?
El Maestro Gustavo Guzmán mostró la lámina y ahí estaban. El Integrador, el Skandi Implementer, las patrullas marítimas, los barcos con diferentes tipos de carga, más de 16 embarcaciones recibidas, según dijo. No eran renders, no eran dibujos, no eran promesas, eran barcos que habían tocado el Puerto de Matamoros. “Siempre me gusta que crean en una evidencia”, dijo. Y entonces explicó la diferencia entre un puerto terminado y un puerto operativo. Matamoros no es Altamira, no es Brownsville, todavía no, pero tiene algo que durante décadas no tuvo: un punto de partida real, un muelle de 138 metros, un canal de navegación señalizado, un recinto fiscal, autorizaciones, operaciones y barcos entrando.
Entonces soltó la frase que quería dejar sembrada: “Hoy ya tenemos un puerto operativo”. Quizá ahí comenzó el verdadero viaje, porque durante muchos años la pregunta fue: ¿Cuándo tendremos puerto? Pero el jueves por la tarde el director Gustavo Guzmán intentaba cambiar la pregunta: ¿Qué vamos a hacer ahora que ya empezó? La logística como nueva geografía del dinero, el dato del 30% de eficiencia, la frase de que “no somos baratos, somos eficientes”, la Marina y los convoyes. “Tamaulipas: tráiler que sale, tráiler que llega”. El tren como la nueva columna vertebral, los 80 kilómetros, los 118 propietarios, las 100 mil hectáreas que me parecieron desproporcionadas en su momento, pero cuando pergeñaba la presente columna, Tonatiuh Arroyo Acosta, colaborador del Maestro Gustavo, me atendió y disipó mis dudas. Estaba también el nuevo cinturón industrial, la terminal Pemex, la deuda histórica desde El Refugio en 1820, la comparación con Bagdad y la visión 2028.
Sesudo lector, toda gran transformación humana siempre ha necesitado dos tipos de personajes. Los primeros son aquellos capaces de ver una ciudad donde otros solamente ven tierra. Los que imaginan caminos donde todavía hay monte, vías donde todavía no pasa un tren y movimiento donde por años solamente hubo silencio. Pero después llegan otros personajes igual de necesarios. Los que hacen una pregunta menos romántica, pero indispensable: Muy bonito el sueño… ¿y quién lo paga? Ahí tomó la palabra Reyes Ruiz.
Y quizá fue el momento donde el Puerto del Norte dejó de parecer solamente una obra de ingeniería marítima para convertirse también en una obra de ingeniería financiera. Reyes Ruiz nos dejó claro que los puertos no se construyen únicamente con concreto, acero y maquinaria. También se construyen con confianza, con números capaces de convencer a quienes arriesgan capital de que detrás de una visión existe una estructura capaz de sostenerse. Empezó explicando precisamente eso. Los renders muestran hacia dónde se quiere llegar, pero los financieros necesitan algo más que imágenes bonitas, necesitan saber cuánto cuesta llegar ahí y cómo recuperar la inversión.
La cifra apareció en la pantalla, la friolera de casi 30 mil millones de pesos. El número por sí solo parecía enorme. De esos recursos, alrededor de 5 mil millones corresponden al desarrollo de infraestructura del puerto; 5 mil 500 millones a la terminal de almacenamiento vinculada a Pemex; y cerca de 17 mil millones al desarrollo ferroviario. Entonces explicó algo fundamental, no se trataba de ver al Puerto del Norte como una sola gran bolsa de dinero, sino como tres proyectos con vida propia. Tres piezas de un mismo tablero, pero cada una con su propia lógica, su modelo de negocio y capacidad de atraer inversión.
Nos hizo ver que una cosa es soñar una ciudad del futuro y otra muy distinta construir el puente financiero para llegar hasta ella. Balzac lo llamaría la cruel frialdad de los números. Fue entonces cuando apareció un concepto poco conocido para muchos, pero que puede terminar siendo determinante para Matamoros: CMRO. Contrato de Construcción, Mantenimiento, Rehabilitación y Operación. Un modelo donde la inversión pública y privada encuentran un punto de equilibrio. El Estado mantiene la rectoría del proyecto, punto fundamental del actual régimen, pero sin cargar todo el peso financiero sobre sus hombros. La infraestructura puede desarrollarse sin convertirse en deuda pública y sin comprometer recursos destinados a otras áreas sensibles del gobierno.
La explicación parecía sencilla, aunque detrás llevaba meses de análisis, encontrar qué riesgo debe asumir cada participante. Porque muchos proyectos no mueren por falta de imaginación. Mueren porque nunca encontraron la manera correcta de repartir responsabilidades. Al privado a veces se le pide cargar riesgos que no puede controlar y al gobierno resolver problemas que no necesariamente le corresponden. La verdadera ingeniería estaba ahí, definir qué le toca a cada quien.
Entonces Reyes Ruiz recordó una frase que la había compartido al Maestro Gustavo Guzmán y que resume buena parte de la filosofía del proyecto: “No somos más baratos, somos más eficientes”. Aunque después vino la precisión con una sonrisa financiera, en la práctica, esa eficiencia termina convirtiéndose también en menores costos. La diferencia parece pequeña, pero es enorme. Nos explicó que lo barato muchas veces sacrifica calidad, lo eficiente elimina desperdicios y quizá ahí está una de las claves de la competencia logística del futuro en el Puerto del Norte de Matamoros.
Después vinieron los ejemplos. Proyectos donde esquemas similares han permitido desarrollar infraestructura carretera y ferroviaria en México. La explicación de la banca de desarrollo, la banca múltiple, los apoyos federales no recuperables y una idea que se repetía constantemente, construir infraestructura estratégica sin perder la rectoría pública y sin hipotecar el futuro financiero del Estado. Mi incredulidad y escepticismo entendieron que un puerto no empieza cuando llega el barco más grande, empieza cuando logra juntar las tres cosas más difíciles de encontrar al mismo tiempo: visión, tierra y dinero.
Ya casi al final Abraham Rodríguez, desde la CANACO de Matamoros, puso sobre la mesa una petición muy puntual y de sustancial vigencia para la ciudad, que el Corredor del Golfo no olvide el tramo de San Fernando a Matamoros y no solamente contemple la conexión de San Fernando hacia Reynosa.
El cierre de aquella presentación también mostró algo importante: un proyecto de esta dimensión no pertenece solamente a un funcionario ni a una administración. Es una conversación entre sectores. Ahí estuvieron las voces de quienes ven la obra desde distintos ángulos. Juan Carlos Osejo Pérez, Director General de Puertos en Mota-Engil México, desde la experiencia de la infraestructura. El licenciado Tereso Medina Martínez, representante de la CTM, desde la mirada del trabajo y de los miles de empleos que pueden nacer alrededor de un desarrollo industrial. El Contador Público Juan José Sierra Álvarez, presidente nacional de COPARMEX; el Vicepresidente nacional de CANACAR, Licenciado Rómulo Mejía Durán; y el Vicepresidente nacional de CANACINTRA, Ingeniero José Enrique Ramos Rivera. Porque los grandes proyectos no se construyen solamente con acero, concreto e inversión; también necesitan la coincidencia de voluntades. Y quizá esa tarde, más que la presentación de un puerto fue el encuentro de quienes entienden que las nuevas páginas de la historia no las escribe una sola mano, sino muchas trabajando en la misma dirección.
Querido y dilecto lector, debo confesar que la tarde cálida del jueves en Higuerillas llegué buscando un barco, tal vez porque durante muchos años a los matamorenses nos enseñaron que un puerto se mide solamente por lo que flota sobre el agua. Pero pudimos entender que antes de los grandes barcos llegan otras cosas. Llegan los permisos, llegan los planos, llegan los inversionistas, llegan los modelos financieros, llegan las decisiones. Y quizá algún día, cuando otros vean moverse miles de toneladas por este punto del país, olvidarán que todo empezó mucho antes. Cuando algunos todavía buscábamos un barco y otros ya estaban construyendo una ciudad del futuro.
El tiempo hablará.




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