Opinión de Locuras Cuerdas. ·Bianca Marroquín: La matamorense nacida en Monterrey. Historias del Bicentenario. Por Jorge Chávez Mijares.
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Opinión de Locuras Cuerdas
Bianca Marroquín: La matamorense nacida en Monterrey. Historias del Bicentenario.
Por Jorge Chávez Mijares.

Bianca Pamela Marroquín Pérez nació un jueves 15 de enero de 1976 en el Hospital Muguerza de Monterrey, sobre la avenida Hidalgo número 2525 Poniente. Llegó al mundo en una ciudad de montañas, pero con el alma destinada al movimiento perpetuo, como si desde la cuna el destino hubiera decidido que jamás pertenecería del todo a un solo lugar.
Hija del doctor Andrés Víctor Carlos Hugo Marroquín Chapa, originario de Tampico, Tamaulipas, y de Evelina Pérez Escamilla, ama de casa nacida en San Benito, Texas. Entre ambos formaron una familia de cuatro hijos: Carlos Hugo, Sergio Erick Napoleón, Bianca Pamela y Sara Evelina Huguet. Había en aquella genealogía una inclinación casi novelesca hacia los nombres largos y memorables, como si la familia sospechara que las palabras también podían ser herencia.
Su padre era el menor de trece hermanos. Sus cuatro nombres —Andrés, Víctor, Carlos Hugo— eran un homenaje a los grandes tangueros, porque en ciertos hogares mexicanos el bolero y el tango no se escuchaban: se respiraban. Su madre, por su parte, era la menor de cinco hijos. Coincidencias pequeñas, aparentemente inútiles, pero que en las familias terminan convirtiéndose en símbolos secretos. Como también lo era el hecho de que ambas abuelas llevaran el mismo nombre: Aurora. Y quizá no podía ser casualidad que una niña destinada a los escenarios creciera rodeada desde antes de nacer por dos mujeres llamadas como el amanecer.
Bianca nació en Monterrey porque en aquellos años su padre cursaba la especialidad en anestesiología. Pero la vida de los Marroquín tenía vocación fronteriza y, cuando ella apenas tenía año y medio, regresaron a Matamoros, en 1978, para instalarse en una casa de la calle Emilio Carranza, la misma donde estaba y esta hoy la planta uno de la Junta de Aguas y Drenaje.
De aquella casa sobreviven en la memoria de Bianca imágenes que parecen escenas suspendidas en un verano interminable: el ruido constante de los automóviles rumbo al Puente Viejo; la basura que el viento y el tráfico dejaban atrapada en el patio; y aquella barda rematada con picos metálicos para impedir que los springbreakers la cruzaran como si la frontera fuera apenas una travesura etílica de temporada. Eran años en que Matamoros todavía tenía algo de pueblo grande y de frontera salvaje, donde el inglés y el español se mezclaban en el aire igual que el olor del río y el de las hamburguesas texanas.
En 1979, el doctor Marroquín y cuatro colegas —Badiola, Salinas, Guerra y Martínez— fundaron la Clínica AME sobre la avenida Lauro Villar. Aquella clínica, que cerraría hasta 2010, fue durante décadas una pequeña república médica donde desfilaron dolores, nacimientos, urgencias y esperanzas de miles de matamorenses.
A los tres años, Bianca fue inscrita en una guardería de Brownsville llamada “Little Forest Nursery”. El nombre parecía salido de un cuento infantil y quizá por eso ella lo recordaría siempre como un bosque diminuto donde comenzó a descubrir el mundo. A los cinco años ingresó al “Episcopal Day School”, donde inició la primaria, aunque apenas dos semanas después fue trasladada al “Colegio Don Bosco”, institución donde cursó hasta tercer grado.
De cuarto a sexto de primaria estudió en el “Saint Mary’s Catholic School” de Brownsville, Texas. Después vendrían la secundaria y el High School en el Colegio San José, del que se graduó en 1994.
Fue en esa etapa cuando apareció por primera vez la idea que habría de perseguirla como un pájaro luminoso: irse a Madrid a estudiar flamenco. Bianca ya lo tenía todo imaginado. Se marcharía con una amiga que estudiaría periodismo y ella se entregaría de lleno a la danza española, a los tablaos, a las noches largas y al taconeo que parecía provenir de siglos antiguos.
Pero entonces habló su padre, con esa autoridad amorosa que suelen tener los hombres formados en la disciplina:
—Primero me sacas una carrera en el Tecnológico de Monterrey, como tus hermanos, y luego brincoteas.
Aquella frase cayó sobre Bianca con el peso inevitable de la realidad. Sintió frustración por no poder estudiar danza y ansiedad por tener que elegir una carrera que en realidad no le interesaba. Porque hay jóvenes que escogen profesión; y hay otros, más raros, que desde temprano ya fueron escogidos por una vocación.
Un amigo de su hermano le recomendó estudiar Relaciones Internacionales. Bianca aceptó entrar a esa carrera durante el primer semestre de 1994 con una sensación silenciosa de protesta interior. Pero en el fondo daba igual qué licenciatura escogiera. Ella sabía que su verdadero idioma no estaba en los libros académicos sino en el cuerpo, en la música y en el escenario.
Su primer semestre en el Tecnológico de Monterrey transcurrió bajo esa extraña sensación de estar viviendo una vida prestada. Hasta que un día ocurrió algo aparentemente insignificante. Caminando por el Campus Monterrey, sobre Eugenio Garza Sada, se encontró con un cartel que anunciaba audiciones para un Tablado Flamenco. Lo observó unos segundos y sintió que algo antiguo despertaba dentro de ella, como si una puerta invisible hubiera sido tocada desde adentro. Detuvo a la primera persona que pasó y preguntó:
—Perdón… ¿qué es esto?
—Es Difusión Cultural —le respondieron.
—¿Qué es Difusión Cultural? ¿Tiene costo? ¿Necesito dinero para entrar?
—No. Es el departamento cultural del Tec. Audicionas, y si te escogen, te quedas.
Bianca acudió a escondidas de sus padres. Y quiso el destino, ese director teatral caprichoso y perfecto, que no solo la aceptaran en el grupo, sino que la eligieran solista. Participó en aquel primer tablao flamenco y apareció fotografiada en la portada de la sección “Gente” del periódico “El Norte”. Sin saberlo todavía, acababa de comenzar la vertiginosa carrera de Bianca Marroquín.
Sesudo lector, las noticias viajan más rápido cuando vienen acompañadas por el escándalo del talento. Y en un mundo que ya empezaba a convertirse en aldea global, aquella fotografía terminó llegando hasta Matamoros y, por supuesto, hasta los ojos de sus padres. Con cierta culpa adolescente, Bianca se adelantó a cualquier reclamo:
—Antes de que me regañen, el próximo fin de semana habrá otra presentación. Vengan para que vean de qué se trata.
Sus padres asistieron. Y aquella noche ocurrió algo profundamente humano: terminaron al borde de las lágrimas. No estaban viendo solamente a su hija bailar. Estaban viendo cómo una vocación comenzaba a revelarse frente a ellos con una claridad imposible de negar. Aun así, su padre, el doctor Marroquín mantuvo firme la condición:
—Puedes seguir bailando, pero tienes que pasar todas tus materias.
Hicieron entonces una especie de pacto familiar entre la disciplina y el sueño. Bianca podría bailar, siempre y cuando no abandonara la universidad. Y quizá fue precisamente ese equilibrio entre rigor y pasión lo que terminó moldeando su carácter. En segundo semestre hizo las paces con la idea de estudiar verdaderamente una carrera y se cambió a Ciencias de la Comunicación, lo más cercano a su esencia después de la danza. Mientras cursaba esa licenciatura, descubrió y desarrolló su talento dentro de Difusión Cultural del Tecnológico de Monterrey y Bianca lo absorbía todo con la avidez de quien teme quedarse sin tiempo.
Participó en “Concierto Ensamble”, componía canciones para festivales, cantaba como solista, bailaba flamenco y convertía cada escenario universitario en una escuela secreta de formación artística. Todo era aprendizaje. Todo alimentaba algo que todavía estaba creciendo dentro de ella.
El ballet clásico aprendido en Matamoros y Brownsville, los Cascanueces, las Copelias, las interminables horas de técnica, le habían dado disciplina corporal. “Difusión Cultural” le dio escenario, voz, presencia y fuego. Y Bianca crecía, no solamente como artista, crecía como esas mujeres que parecen estar siendo llamadas por el destino desde muy lejos.
En 1996, cursando el quinto semestre de su carrera, Bianca Marroquín estudiaba en una cafetería del Campus cuando el destino, que a veces no llega vestido de solemnidad sino en forma de papel arrugado, dejó caer frente a ella un volante. En letras simples anunciaba audiciones para “La Bella y la Bestia” de Disney en México. La compañía buscaba montar por primera vez una producción en español en la Ciudad de México. Años después, quizá Bianca pensaría que aquel volante no era un anuncio, sino una grieta abierta en el muro de su vida.
Pero incluso los elegidos sienten miedo. Bianca tenía 20 años. Tal vez fue el vértigo de asomarse demasiado pronto a su propio porvenir; quizá el viejo síndrome del impostor que suele esconderse en las almas sensibles. Lo cierto es que Bianca no acudió a la primera audición en Monterrey. Disney realizaría pruebas en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Buscaban apenas seis mujeres. Quinientas jóvenes acudieron persiguiendo el mismo sueño, como si todas hubieran escuchado a la vez el mismo llamado invisible.
Todos sus compañeros de “Difusión Cultural” fueron a aquella primera audición sin decirle nada. Bianca se enteró por accidente, como suelen descubrirse las noticias que cambian una vida. Fue un sábado por la mañana, durante un ensayo con más de ciento treinta estudiantes en el Club Hípico de Monterrey, preparando un concierto que más adelante llevarían a Europa. Entre el sudor de los ensayos, las partituras dispersas y el olor a pasto húmedo, escuchó una conversación flotando en el aire.
—¿Vas a ir a la segunda audición? —preguntó una muchacha.
Bianca levantó la vista.
—¿Qué audición?
—La de Disney. Regresaron para una segunda prueba, y ya todos fuimos.
Aquella frase le cayó encima como una campanada.
—¿Y a qué hora es?
—Al mediodía.
Sintió entonces que el tiempo comenzaba a correr más rápido que ella. Sabía que Hugo Garza Leal, director del ensayo, difícilmente le daría permiso de salir. Pero hay momentos en que el alma se rebela contra toda prudencia. Activó entonces una pequeña conspiración juvenil con su amigo Andrés, quien ya tenía autorización para ir a una boda. Se marchó con él, aun sabiendo que podía ganarse un regaño monumental.
El automóvil atravesó Monterrey como si huyera de una tormenta invisible. Andrés la llevó desde el Club Hípico hasta su casa en Bosques de Noruega número 822, entre Roberto Garza Sada y Bosques de Viena, en San Pedro Garza García. Llegaron en una hora que a Bianca le pareció un minuto y un siglo al mismo tiempo.
Desde ahí llamó a su amigo pianista, Darío Benavides, para que la acompañara en la prueba de canto. No tenía fotografía y tuvo que improvisar una Polaroid en una Farmacia Benavides, aprovechando que iba acompañada por el hijo del dueño. Tampoco tenía currículum profesional. Así que, con la urgencia de quien siente que la vida se le escapa entre los dedos, redactó uno en hojas de “Hello Kitty”, donde anotó todos sus años de ballet desde niña. Aquel currículum infantil y precario tenía, sin embargo, más verdad que muchos documentos solemnes. Cuando llegó al lugar de la audición, la primera frase que escuchó fue devastadora:
—La audición de mujeres acaba de terminar.
El mundo pareció abrirse bajo sus pies.
—¡No! —exclamó.
Sintió entonces la caída de un precipicio existencial. Pero justo antes del impacto, como en los sueños donde uno cae y algo milagroso lo sostiene, apareció un paracaídas inesperado.
—Pero en treinta minutos empieza la de hombres, ¿te quieres quedar?
Y se quedó.
Audicionó entre puros hombres para bailar la coreografía de “Gastón”, aquella escena bulliciosa de taberna en “La Bella y la Bestia”. Mientras aprendía los pasos, un recuerdo antiguo cruzó su mente como un relámpago: meses atrás había visto esa misma obra en Viena, durante un viaje con el grupo “Ensamble” del Tecnológico de Monterrey, llevado por la empresa Pulsar de Poncho Romo. Comprendió entonces que la vida suele sembrar señales mucho antes de que uno aprenda a leerlas.
Frente a ella estaban los sinodales: Tony Batres, Lorena Maza, Mildred Villafañez e Isaac Saúl. Veintinueve hombres y Bianca. La única mujer. Terminó la prueba. Los jueces hicieron anotaciones, cruzaron miradas, escribieron comentarios indescifrables. Y al final eligieron solamente a dos personas: un cubano y ella. La siguiente prueba consistió en cantar individualmente. Bianca interpretó “Stuff Like That There”, popularizada por Bette Midler. Antes de comenzar, alguien le preguntó:
—¿Has hecho antes comedia musical?
Ella respondió con una honestidad casi temeraria:
—Nunca he hecho comedia musical.
Tenía apenas veinte años. Y quizá ni siquiera sospechaba que estaba pronunciando una frase destinada a convertirse, con el tiempo, en una ironía gloriosa. Cuando terminó de cantar, los sinodales dijeron con aparente indiferencia:
—Bueno, ya te hablaremos.
Bianca no podía compartir aquella experiencia con sus hermanos. Temía que, sin mala intención, terminaran contándoles todo a sus padres y que el delicado equilibrio entre sus sueños y las expectativas familiares se rompiera antes de tiempo. Así que guardó el secreto como quien protege una pequeña llama en medio del viento.
Al terminar aquella audición, todavía con el corazón golpeándole el pecho como un tambor de guerra, llamó a su primo hermano, Ramón Marroquín, a quien todos conocían como “Monche”, para que fuera por ella y la llevara a casa.
Monterrey comenzaba a encender sus luces de la tarde mientras Bianca viajaba en silencio, mirando por la ventana con esa extraña sensación que tienen algunas personas cuando sospechan que su vida acaba de doblar en una esquina invisible. Aquella noche casi no durmió. Había dentro de ella una mezcla turbulenta de esperanza y miedo. Porque cuando un sueño empieza a acercarse demasiado, también empieza a volverse peligroso. Ya no era una fantasía lejana ni un juego universitario. Ahora existía la posibilidad real de que el destino pronunciara su nombre.
A la mañana siguiente despertó sobresaltada por el sonido del teléfono. En aquellos años, las llamadas importantes todavía llegaban como los anuncios bíblicos, irrumpiendo en la quietud doméstica y alterando el curso de los días. Le pidieron que regresara. Bianca sintió que el aire cambiaba de peso alrededor suyo. Esta vez serían únicamente cuatro mujeres, incluyéndola a ella. La prueba consistiría en bailar Can-Can, aquel baile exuberante y vertiginoso nacido en los cabarets franceses, donde las piernas parecían desafiar la gravedad y la alegría tenía algo de desafío insolente frente al mundo.
Entró a la audición con el cuerpo atravesado por los nervios, pero también por una energía que ya no podía contener. Había en Bianca algo que comenzaba a revelarse con claridad: una presencia escénica imposible de enseñar. No era solamente técnica. Era fuego. Bailó. Y mientras lo hacía, quizá sin saberlo, comenzó también a desprenderse de la muchacha que todavía dudaba de sí misma.
Los sinodales observaron atentos. Tomaron notas. Intercambiaron miradas breves. El tiempo pareció suspendido en aquella sala donde unas cuantas jóvenes intentaban conquistar un lugar diminuto en el universo inmenso del espectáculo. Al final llegó la frase que cambiaría para siempre el rumbo de su vida:
—Queremos invitarte a la siguiente audición, en la Ciudad de México.
Querido y dilecto lector, en ese momento dentro de Bianca algo acababa de romperse y de nacer al mismo tiempo. Entonces ocurrió una escena que parecía salida de una novela rusa de Gogol. Toda su vocación, todos los años de disciplina, los sacrificios silenciosos, las barras de ballet, las ampollas en los pies, las lágrimas íntimas y los sueños clandestinos se desbordaron de golpe. Bianca cayó de rodillas frente a ellos y, desde un sitio hondísimo del alma, pronunció una súplica:
—Sáquenme de aquí.
No quería estar en el Tec de Monterrey. En realidad, no quería estar encerrada en ninguna escuela ni en ninguna vida que no fuera la suya. Había en ella una fuerza antigua, casi volcánica, que pedía escenario, música y movimiento. Era como si el futuro la estuviera reclamando desde lejos.
El tiempo hablará.
(Esta Historia continuara)




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