top of page

Opinión de Locuras Cuerdas. ·Bianca Marroquín: "La bella y la Bestia" Su primer musical. Historias del Bicentenario. Por Jorge Chávez Mijares.

  • locurascuerdas1
  • hace 11 horas
  • 7 Min. de lectura

Opinión de Locuras Cuerdas

·

Bianca Marroquín: "La bella y la Bestia" Su primer musical. Historias del Bicentenario.

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, nos corremos en el tiempo de la vida de Bianca Marroquín, justo al momento en que hacía su casting para “La Bella y la Bestia” en la Ciudad de México. Al mirar tan de cerca la posibilidad de cumplir su sueño, todas las emociones se aglomeraron dentro de ella como aves atrapadas en una habitación. El miedo, la esperanza, la incertidumbre, la danza, el hambre de escenario, la intuición de destino. Era ahora o nunca.

Para poder viajar a la Ciudad de México sin despertar sospechas en su familia, Bianca recurrió a una pequeña travesura inocente, de esas que suelen acompañar a los grandes destinos cuando todavía no saben que lo son. Dijo que acompañaría a su amiga Lorena, finalista del Festival Valores Juveniles Bacardí, junto con un grupo de amistades. Nadie imaginaba que aquella muchacha regiomontana no iba únicamente como acompañante. En silencio llevaba consigo algo mucho más delicado: una intuición.

Llegó al hotel de la capital y aquella noche durmió con la incertidumbre latiéndole en el pecho. Al amanecer, mientras sus amigas seguían dormidas, la ciudad comenzaba apenas a desperezarse entre el humo tenue y el rumor distante de los primeros automóviles. Fue entonces cuando pasó por ella don Carlos, el chofer enviado por OCESA, la compañía encargada de llevar a escena La Bella y la Bestia en México. Años después, quizá aquel trayecto parecería insignificante, pero en realidad era uno de esos viajes invisibles donde una vida empieza lentamente a desprenderse de la anterior.

La audición tendría lugar en el antiguo Ex Convento de Jesús María, un recinto del siglo XVI enclavado en la calle Jesús María número 39, en pleno Centro Histórico. El lugar poseía una atmósfera extraña: muros antiguos, ecos coloniales y el vértigo moderno del espectáculo coexistiendo bajo un mismo techo. Como si la solemnidad de otro siglo contemplara en silencio el nacimiento de nuevos sueños.

Ahí estaban reunidas las seleccionadas de Guadalajara y de la capital del país. Cincuenta jóvenes en total. Bianca tenía apenas 21 años. Y de pronto sintió que había entrado en otro mundo. Las demás aspirantes parecían proyectar una seguridad feroz, casi desafiante. Había en ellas una estética urbana, teatral y provocadora que descolocó profundamente a aquella joven formada en la rigurosa disciplina del ballet clásico. Tacones resonando sobre los viejos pisos, colores intensos, prendas atrevidas, cabelleras convertidas en llamaradas modernas. Todo parecía pertenecer a una dimensión distinta a la que Bianca conocía.

Ella, en cambio, había llegado vestida con la pureza severa del ballet: zapatillas, mallas impecables, leotardo negro y aquel chongo perfectamente recogido que parecía más una vocación espiritual que un peinado. Mientras observaba el entorno, sintió que parecía una pequeña monja perdida en medio de un cabaret. Entonces la duda apareció.

“Si eso es lo que están buscando, esto no es para mí”, pensó para sus adentros.

Pero el destino, acostumbra a esconder sus puertas más importantes precisamente detrás de aquello que primero nos intimida. Porque a veces la vida no nos llama desde lo familiar, sino desde aquello que nos hace sentir completamente fuera de lugar. Entonces llegó el momento de bailar.

Bajo las bóvedas antiguas del ex Convento de Jesús María, donde siglos atrás habían resonado rezos y silencios conventuales, Bianca comenzó a ejecutar pasos de cancán, ballet y fragmentos musicales en inglés frente al equipo creativo de “La Bella y la Bestia”. El contraste era casi irreal: aquella muchacha de formación clásica moviéndose entre la solemnidad virreinal y la exuberancia del teatro musical moderno, como si dos mundos históricamente incompatibles hubieran decidido encontrarse en un mismo instante.

Al frente estaba Mac West, el coreógrafo de la obra. Observaba. Callaba. Evaluaba. Y entonces ocurrió algo mínimo en apariencia, pero gigantesco para quien lo recibe desde el otro lado del miedo. En algún momento de la audición, creyendo hablar discretamente al oído de una persona cercana, Mac West murmuró casi en confidencia:

—“Me gusta ella… es simpática”.

No era una frase destinada a Bianca. Ni un elogio teatral pronunciado para impresionar asistentes. Era precisamente lo contrario: una observación espontánea, descuidada, dicha con la naturalidad de quien no sabe que está siendo escuchado. Pero Bianca la escuchó. La frase atravesó el aire y llegó hasta ella como llegan ciertas palabras decisivas en la vida: sin solemnidad, sin anuncio, casi por accidente, y precisamente por eso cargadas de verdad. Intentó aparentar indiferencia. Fingir que no había oído nada. Mantener la compostura disciplinada que el ballet le había enseñado desde niña. Porque existen emociones que uno teme exhibir demasiado pronto, como si celebrarlas antes de tiempo pudiera romper el delicado hechizo del destino.

Y sin embargo, por dentro, algo comenzaba a estremecerse. Sintió primero una incredulidad silenciosa. Esa sensación extraña de quien no termina de aceptar que la realidad acaba de inclinarse discretamente a su favor. Después vino una alegría temerosa, casi clandestina. Porque en ciertos momentos cruciales, el ser humano no teme únicamente fracasar; teme también que aquello que soñó durante años esté realmente ocurriendo. Bianca pensaba para sus adentros:

“¿Lo dijo de verdad?”

“¿Habrá sido sobre mí?”

“¿Les gusté?”

Y luego, como un eco que empezó a multiplicarse en corredores invisibles de su conciencia, aquellas palabras comenzaron a resonar dentro de ella: “Le gusté…” “Le gusté…” “Le gusté…”

Tuvo entonces que contener el tropel de emociones que amenazaba con desordenarle el alma. Porque mientras su cuerpo seguía bailando con aparente serenidad, por dentro Bianca estaba viviendo uno de esos instantes secretos donde una vida empieza lentamente a desprenderse de la anterior.

Porque hay momentos que no producen estruendo exterior alguno. Nadie detiene el tiempo. Nadie toca trompetas. El mundo continúa aparentemente igual. Pero dentro de Bianca ocurría un desplazamiento invisible y definitivo. Como esas grietas subterráneas que anteceden a los grandes terremotos de la historia. Y acaso ella misma, sin saberlo todavía, acababa de escuchar la primera frase de su destino.

La audición terminó. Y como ocurre tantas veces en la vida cuando el destino acaba de mover discretamente una pieza decisiva, el mundo siguió aparentemente igual. Bianca salió de aquel antiguo convento donde unas horas antes había sentido cómo el miedo y la esperanza combatían silenciosamente dentro de ella. Más tarde fue a cenar con sus amigos al restaurante “Los Girasoles”. Hablaron, rieron, compartieron la ligereza habitual de la juventud. Quizá alguien comentó alguna anécdota trivial de la ciudad o del viaje. Quizá alguien pidió postre. Nadie en aquella mesa parecía consciente de que una existencia acababa de entrar, sin saberlo del todo, en su última estación de anonimato.

Y sin embargo, había algo profundamente solitario en todo aquello. Porque Bianca no podía compartir plenamente con sus padres el torbellino emocional que estaba viviendo. No todavía. Temía que no le permitieran continuar aquel camino si conocían la verdadera dimensión de lo que estaba ocurriendo. Así que cargaba aquellas emociones en silencio, como quien protege una pequeña llama del viento. La ilusión debía mantenerse discreta. Casi clandestina.

Y acaso ahí radica una de las formas más íntimas del crecimiento humano: cuando una persona comienza a construir en secreto la vida que sueña, aun antes de tener el valor de pronunciarla en voz alta. Porque el destino tiene una costumbre desconcertante: jamás anuncia sus revoluciones con trompetas. Prefiere actuar en silencio, mientras la vida cotidiana continúa distraída.

Al día siguiente tomó su vuelo de regreso a Monterrey. Y al aterrizar, la esperaba todavía la normalidad. Llegó directamente a una fiesta de Halloween, se disfrazó de Bati chica para cantar con Kike Farias y su banda “Café los Sábados”. Había música, disfraces, humo, risas juveniles y conversaciones dispersas flotando en el aire nocturno. Bianca cantaba como tantas otras veces, sin imaginar que aquella sería una de las últimas noches en que podía confundirse entre la multitud sin que nadie sospechara lo que estaba por ocurrir. Ella atravesaba el umbral de su propia metamorfosis creyendo todavía que sigue habitando la misma vida.

Pero Bianca ya no habitaba la misma vida. Aunque todavía no lo sabía. La muchacha que había partido discretamente a una audición en la Ciudad de México comenzaba a desvanecerse lentamente, mientras otra figura empezaba a nacer detrás de ella. Una presencia nueva. Más luminosa. Más inevitable. Como las estrellas, cuya luz existe mucho antes de que el mundo alcance a verla.

Bianca regresó al Tecnológico de Monterrey llevando dentro de sí un peso invisible. Por fuera seguía siendo la misma estudiante que caminaba entre edificios universitarios, salones y tareas en equipo; pero por dentro algo se había fracturado dulcemente. La audición en la Ciudad de México continuaba resonando en su mente como un eco imposible de apagar.

“¿Y ahora qué hago?”, se preguntaba.

Caminaba por el campus sintiendo que el tiempo había adquirido una densidad distinta. Las horas ya no transcurrían, pesaban. Cada jornada parecía suspendida sobre una incertidumbre insoportable. Esperaba la llamada de OCESA con una intensidad que terminaba por desgastarle el alma. Porque existe una forma de ansiedad particularmente cruel, aquella en la que el corazón desea algo con todas sus fuerzas, pero la realidad permanece en silencio.

Y entonces llegaban las lágrimas. Llantos solitarios, discretos, escondidos del mundo. Pero incluso en medio de aquella angustia había en Bianca una actitud profundamente luminosa, la oración. Rezaba pidiéndole a Dios casi con desesperación íntima que le concediera el milagro. No un milagro grandioso en apariencia, sino uno de esos que cambian por completo el rumbo de una existencia. Porque los grandes momentos humanos rara vez se viven con heroísmo exterior. A menudo ocurren en habitaciones comunes, mientras alguien aparentemente normal combate silenciosamente contra el miedo, la esperanza y el deseo de no ver morir aquello que ama.

Pasaron dos semanas. Y Bianca comenzó a convencerse de que no había sido elegida. La esperanza empezó lentamente a retirarse de ella, como el mar cuando abandona la orilla. Aquel día, alrededor de las cinco de la tarde, estaba en su casa haciendo tarea durante una reunión de equipo. Todo parecía ordinario. Incluso trivial. Y precisamente por eso el destino eligió ese instante.

Entonces sonó el teléfono. Bianca contestó casi mecánicamente:

—¿Bueno?

Del otro lado escuchó la voz de una mujer con acento alemán.

—¿Bianca?

Y en ese instante ocurrió algo difícil de explicar: antes incluso de comprender las palabras, el cuerpo de Bianca supo que su vida estaba a punto de cambiar. Sintió una emoción trepidatoria subirle desde el pecho hasta la garganta. Como si todos los nervios de su existencia hubieran despertado al mismo tiempo.

—Sí —respondió.

La mujer hablaba lentamente. Demasiado lentamente para alguien que estaba suspendida al borde de su propio destino. Cada pausa parecía interminable. Cada palabra tardaba siglos en llegar a la siguiente. Bianca escuchaba atrapada en una dimensión extraña donde el tiempo había dejado de comportarse normalmente. Y entonces llegaron las palabras. Lentas. Clarísimas. Definitivas.

—“Has sido seleccionada para formar parte del elenco de la producción mexicana en español de La Bella y la Bestia. Felicidades”.

Querido y dilecto lector, hoy sabemos que hay frases que dividen una vida en dos mitades irreconciliables: la persona que uno era antes de escucharlas, y la persona que comienza a existir después. Acaso Bianca Marroquín todavía no alcanzaba a comprenderlo del todo. Pero en aquel instante acababa de abrirse la puerta que conduciría a Broadway.

El tiempo hablará.

(Esta Historia continuará)

Comentarios


bottom of page