Locuras Cuerdas ·Dr. Iván Parga Ornelas: El maestro matamorense en la Universidad de Oxford. Historias del Bicentenario. Por Jorge Chávez Mijares.
Dr. Iván Parga Ornelas: El maestro matamorense en la Universidad de Oxford.
Historias del Bicentenario.
Por Jorge Chávez Mijares.

Hay vidas que nacen arregladas y otras que avanzan a merced de pequeñas inflexiones del destino, de esos desvíos casi imperceptibles que, sin que nadie sepa muy bien por qué, terminan modificándolo todo. La de Iván Parga Ornelas pertenece a estas últimas.
Nació en Matamoros el 26 de septiembre de 1992, hoy cumple 34 años, hijo de José Ernesto Parga Limón y Teresita Ornelas, en una familia de cuatro hermanos: Edgar, Iván, Guillermo y Teresa. Su padre, Ernesto Parga, es de esos amigos que con los años dejan de necesitar el apellido porque terminan perteneciendo a la geografía afectiva de una familia. Esa cercanía obliga, precisamente, a separar el cariño de los hechos. Y los hechos, en el caso de Iván, tienen la mala costumbre de hablar solos.
Porque sería muy fácil comenzar esta historia diciendo que hoy enseña en la Universidad de Oxford. Pero sería comenzar por el final. Antes de Oxford hubo un niño que estudió jardín de niños y primaria en el Colegio Don Bosco y secundaria y preparatoria en La Salle. Un muchacho que amaba los libros, sí, pero que académicamente no parecía destinado a convertirse en una luminaria. Sus calificaciones rondaban el 8.5 y el 8.6. Nunca alcanzaba aquel 9 que deseaba. Las matemáticas no le gustaban, las tareas podían olvidársele y sus cuadernos no siempre constituían precisamente una oda al orden.
Muchos años después seguiría reconociendo, con cierta resignación divertida, que la organización jamás había sido una de sus virtudes. Pasmoso. Porque aquel estudiante bastante regular terminaría viviendo entre algunos de los libros más difíciles que ha escrito Occidente. La primera biblioteca importante de Iván estuvo en su propia casa. Antes incluso de saber leer sentía fascinación por los libros como objetos. Después llegaron aquellas enciclopedias de Disney y Mickey Mouse y, más tarde, una pregunta infantil que terminó resultando profética, le preguntó a su padre cuál era el oficio que permitía pasarse la vida leyendo y escribiendo.
Quería estudiar literatura. Ernesto alimentó aquella curiosidad sin demasiadas restricciones. Puso libros en sus manos y dejó que el muchacho se metiera donde quisiera. Así aparecieron La Ilíada, La Odisea y las tragedias griegas. Iván leyó La Ilíada a los nueve años y entendió muy poco. Pero la terminó. Hay derrotas infantiles que, vistas desde lejos, resultan ser victorias disfrazadas. Tampoco era aquel niño extravagante que permanecía aislado mientras sus compañeros jugaban. Leyó a los griegos, pero también Harry Potter y El Señor de los Anillos. Sus amigos sabían que le gustaba leer; acaso les parecía raro, pero aquello nunca lo separó de ellos.
A los once años, una severa condición de pie plano obligó a una intervención quirúrgica. Pasó un verano en cama, después utilizó silla de ruedas y finalmente muletas. El cuerpo quedó temporalmente inmóvil y la imaginación hizo lo contrario. Entre aquellas semanas apareció Sherlock Holmes. Cuando no se puede caminar, un libro tiene la virtud de abrir puertas que no necesitan piernas. El gran salto llegó a los diecisiete años. En 2010, cuando estudiaba en La Salle, apareció en la conversación familiar el nombre de una institución que parecía concebida para alguien como él: la “Accademia Vivarium Novum”, cerca de Roma, dedicada intensamente a las humanidades clásicas, particularmente al latín y al griego antiguo.
Don Sergio Argüelles comentó a Ernesto Parga que un sacerdote conocido suyo en Roma le había hablado de aquella escuela. Hubo contactos, preguntas, trámites y finalmente una aceptación. Todo ocurrió vertiginosamente, el proceso comenzó en agosto de 2010 y a principios de octubre Iván estaba viajando a Italia, recién cumplidos los dieciocho años. No conocía Roma y no conocía Europa. Y, detalle nada menor, no sabía latín ni griego. Ernesto lo acompañó, permaneció cinco días con él y después regresó. Iván quedó solo frente a Roma y frente a una escuela donde desde la primera clase se hablaba precisamente aquella lengua que él no entendía.
Treinta jóvenes provenientes de diferentes lugares del mundo compartían una obsesión semejante. Allí se estudiaban los clásicos y las clases podían desarrollarse en latín y griego. Iván comenzó haciendo algo elemental, escuchar. Detectaba palabras repetidas, aunque ignorara su significado. Las anotaba. Preguntaba. Volvía a escuchar. Primero fueron sonidos, después palabras, finalmente, una lengua. Y entonces ocurrió una de esas pequeñas humillaciones intelectuales que hacen crecer a quien sabe recibirlas. Algunos compañeros ya eran estudiantes de literatura clásica y conocían autores de los que el muchacho de Matamoros jamás había oído hablar. Allí aparecieron Plauto y Terencio. De Cicerón apenas conocía el nombre.
Años después, convertido ya en profesor, cuando encontraba a un alumno que desconocía esos autores, podía reconocerse en él, alguna vez también había sido el muchacho que no sabía. Platicando con él en La Cancillería inferimos que nadie nace erudito. La erudición es, en buena medida, la paciente acumulación de nuestras antiguas ignorancias. Después de aquel primer año regresó a Matamoros para concluir la preparatoria en La Salle y posteriormente volvió a Roma. Estudió Letras Clásicas en la Universidad Salesiana, mientras continuaba vinculado con la “Accademia Vivarium Novum”. Fueron tres años universitarios en los que el latín y el griego dejaron de ser territorios extranjeros y el italiano se incorporó naturalmente a su vida cotidiana.
Pero Roma también se acaba. Después de cuatro años acumulados en aquella ciudad, regresó a Matamoros sin tener demasiado claro qué venía después. Dio clases particulares de italiano y trabajó como maestro. En 2016 apareció otra oportunidad: “The Atonement Academy”, en San Antonio, Texas, una escuela católica de formación clásica donde impartió latín durante un año. Allí descubrió algo fundamental, podía vivir de aquello que sabía hacer y le gustaba. Cuando los problemas relacionados con la visa impidieron prolongar aquella etapa, regresó temporalmente a Roma para impartir un curso de verano. Durante esos meses intentó salvar su permiso de trabajo estadounidense, hasta comprender que aquella puerta se estaba cerrando. Entonces decidió abrir otra.
En septiembre de 2017 ingresó a la Universidad Complutense de Madrid para realizar un Máster en Estudios Medievales. Y apenas llevaba un par de meses allí cuando comenzó a preparar el siguiente movimiento, un doctorado en Inglaterra. Visitó universidades, conversó con profesores y exploró tres posibilidades: Oxford, Warwick y The Warburg Institute, este último perteneciente a la School of Advanced Study de la University of London y especializado en historia cultural e intelectual, particularmente en los estudios del Renacimiento. Finalmente eligió Warwick.
En septiembre de 2019 comenzó allí su doctorado y apareció entonces un enemigo bastante más sofisticado que el latín de sus dieciocho años, el síndrome del impostor. Por momentos se preguntó si realmente pertenecía a aquel lugar. Con el tiempo llegó a una conclusión de admirable sindéresis, pensar que su admisión había sido un error significaba, en el fondo, suponer que quienes lo seleccionaron no sabían reconocer a un candidato capaz. Así que trabajó cuatro años. Lecturas, manuscritos, traducciones, hipótesis, páginas descartadas, dudas, correcciones y esa extraña soledad de la investigación académica en la que una persona puede pasar semanas intentando resolver una pregunta que acaso sólo comprendan otras veinte personas en el mundo.
En julio de 2023 envió a sus supervisores seis capítulos y la introducción de su investigación. Y dos meses después ocurrió una de esas coincidencias que parecen escritas por un novelista con debilidad por las simetrías, el 26 de septiembre de 2023, precisamente el día de su cumpleaños, entregó oficialmente su tesis doctoral. Su título encerraba prácticamente toda su historia intelectual: From Virgil to David: Maffeo Vegio’s Literary Conversion, traducido al castellano: De Virgilio a David: la conversión literaria de Maffeo Vegio.
El niño que alguna vez abrió La Ilíada sin entender casi nada estaba presentando ahora una investigación doctoral sobre Maffeo Vegio y el humanismo renacentista. Mutatis mutandis, seguía haciendo lo mismo. Abrir libros difíciles, sólo que ahora los entendía. Pocos días después comenzó otro capítulo: la Universidad de Oxford. Y aquí la historia adquiere una dimensión que merece detener el teclado. Oxford no es simplemente una universidad concentrada alrededor de un campus, es la mejor universidad del planeta. Su vida académica se articula mediante facultades, departamentos y una antigua estructura colegiada. Iván llegó al “Jesus College”, donde existía una necesidad muy específica, buscaban a alguien capaz de enseñar griego antiguo, pero con una cualidad bastante menos frecuente de lo que pudiera suponerse entre especialistas en lenguas clásicas. Querían a alguien que pudiera hablarlo.
Porque ocurre una deliciosa paradoja académica, una persona puede dedicar buena parte de su existencia al griego antiguo, leerlo con extraordinaria solvencia, traducirlo, escribir sobre su gramática y estudiar durante años a quienes lo hablaron hace veinticinco siglos, sin haber sostenido jamás una conversación en griego antiguo. El joven matamorense Iván sí podía hacerlo. Aquella extravagancia de juventud, aquella inmersión lingüística que comenzó en Roma cuando un muchacho de Matamoros, Tamaulipas se sentó durante hora y media a escuchar palabras que no entendía, se había convertido muchos años después en una credencial excepcional para enseñar en Oxford, nada más ni nada menos. El círculo se cerraba.
Todavía faltaba el último rito académico. En diciembre de 2023 compareció al examen oral de su doctorado. Más de dos horas frente a dos examinadores discutiendo una investigación a la que había dedicado cuatro años. Alguna vez describió una experiencia intelectual semejante con una imagen formidable, como jugar tenis contra Rafael Nadal.
Terminó. Le pidieron abandonar la sala. Esperó aproximadamente diez minutos después lo hicieron entrar nuevamente. Había aprobado. Y quizá ahí se encuentre la parte más hermosa de esta historia. No en Oxford, ni siquiera en el doctorado, sino mucho antes. En aquel muchacho de Matamoros que jamás llegó al 9, que perdía tareas, que detestaba las matemáticas, que tenía los cuadernos desordenados y que un día, a los nueve años, decidió enfrentarse a La Ilíada, aunque no entendiera casi nada. Porque solemos cometer una injusticia con los jóvenes, confundir sus calificaciones presentes con los límites de su inteligencia futura.
Querido y dilecto lector, Iván Parga Ornelas contradice esa aritmética. Roma, San Antonio, Madrid, Warwick y finalmente Oxford fueron apareciendo después. Pero antes de todos esos nombres hubo una casa en Matamoros llena de libros, un padre que los ponía al alcance de su hijo y un niño que descubrió tempranamente que quería pasar la vida leyendo y escribiendo. Lo demás fue tiempo y libros, muchísimos libros. Hasta que un día aquel muchacho que nunca llegó al 9 llegó a Oxford. Hoy cumple años, felicítenlo.
El tiempo hablará.




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