DE CONVERSOS Y DE ILUMINADOS Por:Ernesto Parga Limón"
- locurascuerdas1
- hace 51 minutos
- 4 min de lectura
DE CONVERSOS Y DE ILUMINADOS
Por: Ernesto Parga Limón

"Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones". — Jorge Luis Borges, en el cuento Emma Zunz.
Mi amigo Jorge Chávez me cita en un artículo recién publicado; se lo agradezco y le tomo la estafeta para seguir reflexionando sobre el tema.
Siempre he sentido una atracción, digamos, filosófica e intelectual por los conversos y, claramente, según mis aficiones, por la literatura de los conversos. He conocido personalmente a algunos y por otros siento una enorme admiración; sus obras son para mí libros de cabecera.
Tengo también una extraña afición a las historias de sectas y de cómo es que las personas aparentemente normales terminan siendo engullidas por el monstruo, al principio carismático y luego peligroso, del líder en turno.
Así pues, creo que hay conversos genuinos que dan fe de la transformación en su vida del amor de Dios, y también los hay oportunistas y malévolos que ven en la necesidad espiritual un nicho para ser colocados y elevados a los altares de la fe cándida de sus feligreses.
Me he preguntado tantas veces si habrá alguna característica que distinga y separe a unos de los otros, alguna nota diferenciadora que nos sirva de alarma para saber en quién confiamos y de quién debemos huir antes que su megalomanía nos arrastre.
Quizá, ya sin proponérmelo demasiado, he dado en un punto clave: el culto a la personalidad, tan propio de los iluminados, de los semidioses que dirigen megaiglesias, ofrecen seminarios y venden aspiraciones de prosperidad disfrazadas de evangelio.
Pienso ahora en los conversos verdaderos, de esos que migraron de una doctrina a otra, o del agnosticismo o del ateísmo, y encuentro también un común denominador en su conducta: la humildad. A diferencia de los falsos mesías, en ellos no hay culto ni soberbia personal sino todo lo contrario; encontramos en ellos una cierta vergüenza de su pasado, algo así como una recriminación, un mea culpa por haber tenido la verdad ante sus ojos y no haberla reconocido. San Agustín cantó:
«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo fuera, y así por fuera te buscaba y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo».
Un poco antes, San Pablo, el más célebre de los conversos, pensaba de sí mismo que era menos que el menor de todos los santos y el primero de todos los pecadores.
Esa es la clave, a mi entender: el converso real, al que la palabra o la revelación ha cimbrado para cambiar por entero el rumbo de su conducta, se reconoce falible y recibe el amor de Dios sintiéndose indigno e inmerecido de tanta providencia. La lista de los conversos que han dejado huella en la literatura de su propio camino a la fe es ingente; pongo aquí, a manera de ejemplo, un listado mínimo que nos ayuda a descubrir la humildad que sobreviene con la conversión.
En Dios existe, yo me lo encontré, André Frossard relata la conversión del ateísmo al catolicismo de su autor, que se resume en esta frase no textual: «llevado por una fuerza inefable, entré ateo al templo y salí, cinco minutos después, católico para el resto de mi vida».
En Cautivado por la alegría, C. S. Lewis nos relata su difícil proceso de conversión:
«Tendrán que imaginarse que me encontraba solo en aquella habitación del Magdalen College, noche tras noche, sintiendo, cada vez que mi mente se apartaba por un segundo de mi trabajo, el acercamiento constante e implacable de Aquel a quien tan intensamente deseaba no conocer. Aquello a lo que tanto temía me había alcanzado al fin. En el trimestre de la Trinidad de 1929 cedí, admití que Dios era Dios, y de rodillas recé; fui, quizás, aquella noche, el converso más desalentado y reacio de toda Inglaterra».
Y el genial G. K. Chesterton en su Ortodoxia:
«Yo soy ese hombre que salió a la mar con audacia y descubrió la tierra en que ya estaba. He intentado fundar una herejía por mi propia cuenta; y cuando le di los últimos toques, me encontré con que era la ortodoxia».
Yo pienso ahora que muchas de las tragedias, de los engaños y de los robos patrimoniales perpetrados por los falsos profetas en nombre de la fe, pudieron eventualmente detectarse. Creo que mucha de la manipulación de los vendedores de salvación puede entenderse y exhibirse si se piensa en estos criterios: la humildad del genuino y el culto grosero a la personalidad de los mercachifles de la fe.
La manipulación de los falsarios y soberbios enfermos —como el padre Maciel; David Koresh, del triste caso de Waco, Texas; Osho, como el paladín de la abundancia, o Jim Jones, responsable del suicidio colectivo de Guyana en donde murieron más de 900 personas— radica en su habilidad para hacer creer a sus seguidores que ellos, y no Dios, son el camino, la verdad y la vida.
Pensemos que justo ahora, en algún lugar de este mundo, quizá a nuestro lado, se está fraguando a través del culto a la personalidad de un pseudolíder religioso la próxima estafa, manipulación, robo o tragedia que lastimará a muchos y que hará, por desgracia, descreídos a muchos en la fe y en la religión como camino a la salvación.




Comentarios