Primer informe de gobierno de Carlos Peña Ortiz. El umbral de Las Canteras en Reynosa. Por Jorge Chávez Mijares..
Primer informe de gobierno de Carlos Peña Ortiz.
El umbral de Las Canteras en Reynosa.
Por Jorge Chávez Mijares.
sep 12, 2025.

Querido lector, el Salón de Eventos Las Canteras no amaneció como un edificio cualquiera; parecía un templo civil que, en lugar de campanas, convocaba con reflectores y cámaras. Sus columnas, pétreas y serenas, guardaban el secreto de lo que estaba por acontecer: el primer informe del alcalde Carlos Peña Ortiz. La luz de una mañana calurosa se filtraba entre nubes barrocas que parecían pintadas para la ocasión, un cielo de algodones caprichosos que bajaban a bendecir —o vigilar— la ceremonia.
La entrada era un hervidero humano. Hombres de traje y corbata, mujeres de mirada expectante, periodistas que blandían micrófonos como lanzas y cámaras como escudos. Era una muchedumbre que no sólo aguardaba la crónica del poder: la encarnaba. Afuera, los vehículos oficiales se detenían en un desfile discreto, mientras la Guardia Nacional se erguía con el aire solemne de custodios de otro mundo.
Llegué con Martín Sifuentes y dentro, el aire olía a nervio contenido. En cada rincón se escuchaba el murmullo de conversaciones breves, el roce de zapatos sobre el mármol, el teclear de laptops de acreditación, como si cada golpe de tecla fuese un compás de preludio. Había un orden invisible, casi coreográfico: filas de asistentes formaban pasillos humanos, y los reflectores instalados convertían cualquier gesto en espectáculo.
Fui testigo que entonces ocurrió la primera irrupción: la senadora Maki Ortiz, madre del alcalde, atravesó el portal de piedra. No caminaba, flotaba en un halo de luz de sol inmisericorde que la envolvió de inmediato. Los periodistas, como enjambre que detecta el polen, la cercamos hasta cubrirla con micrófonos, cámaras y celulares. Su rostro aparecía multiplicado en las pantallas de quienes, a centímetros, buscaban capturar la frase inaugural, el gesto mínimo, la confirmación de una continuidad política que iba más allá de madre e hijo.
Y poco después, el esperado protagonista: el presidente municipal de Reynosa: Carlos Peña Ortiz. El emprendedor alcalde se abrió paso entre cámaras como si entrara a un confesionario colectivo. Vestía un traje oscuro de líneas sobrias, camisa blanca inmaculada y corbata color vino, un conjunto que no era casual: evocaba seriedad institucional y, al mismo tiempo, la juventud de un gobernante que aún busca imprimir un sello propio y que sabe que a pesar de las adversidades tiene el control.
Esa vestimenta, clásica pero vibrante en el detalle del tono, lo envolvía como un uniforme de batalla política. Su fisionomía la vi mejorada con el matrimonio. Y justo cuando entró al recinto que lo esperaba, las luces lo acorralaron, lo inmovilizaron en medio de un mar de preguntas y flashes. Había en su rostro un rictus doble: el del político que sonríe ante las exigencias del instante y el del hombre consciente de que cada palabra pronunciada quedaría tatuada en la memoria de la ciudad.
La sala de recepción del salón Las Canteras se transformó en un escenario barroco: reporteros, guardias, funcionarios, ciudadanos distinguidos y curiosos se entremezclaban como actores improvisados de una obra donde el libreto aún no estaba escrito. El rumor de la gente subía como oleaje contra los muros de cantera, recordándonos que el poder, antes de proclamarse en tribuna, debe abrirse paso entre el pueblo que lo mira y lo interroga.
Querido y dilecto lector, ese fue el verdadero preludio del informe: no los discursos ni los números, sino ese instante de caos ritual donde la expectación, la solemnidad y la curiosidad popular se entrelazaron para recordarnos que el poder en Reynosa, como en los viejos relatos, siempre se estrena en la puerta, en el umbral donde la multitud decide si concede legitimidad o si se la guarda para más tarde.
En la próxima entrega más detalles del primer informe del segundo periodo del alcalde Carlos Peña Ortiz.
El tiempo hablará.




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