Opinión de Locuras Cuerdas ·Onesimo Gallardo: Maestro y artista matamorense. Por Jorge Chávez Mijares.
- locurascuerdas1
- 24 may
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Onesimo Gallardo: Maestro y artista matamorense.
Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, la cita era a las dos de la tarde. Sin embargo, ayer sábado Matamoros parecía haberse propuesto ensayar uno de esos diluvios fronterizos donde el cielo descarga agua tan necesaria para nosotros, como si quisiera lavar de golpe el polvo, la memoria y las culpas acumuladas sobre la ciudad. Una lluvia torrencial, de esas que convierten las calles en espejos movedizos, me obligó a permanecer refugiado durante casi una hora dentro de mi casa.
Cuando finalmente pude salir, el centro histórico de Matamoros conservaba todavía ese olor húmedo de ladrillo mojado. Fue entonces cuando llegué a la Galería Gallardo, en la emblemática esquina de Calle Cuatro y Abasolo. El edificio, diseñado por mi amigo el arquitecto Edgar Gallardo, posee esa rara virtud de las obras inteligentes: no intenta derrotar al tiempo, sino dialogar con él. La fachada conserva la nobleza áspera del ladrillo expuesto, una agradable arquitectura vintage con las heridas deliberadamente visibles del antiguo muro, mientras que el remate superior parece susurrar que la modernidad también puede aprender a convivir con la memoria. No es una galería arrogante; es un edificio con conversación interior.
Entré finalmente a la Galería Gallardo y ahí estaba el Maestro Onésimo Gallardo, sentado en la cabecera de una larga mesa rectangular, acompañado por su hija Mirna Gallardo a un costado y por su esposa Susana Hernández de la Torre al otro, mientras alrededor fluía una conversación ligera, afectuosa y salpicada de recuerdos entre antiguos alumnos y alumnas que parecían haber regresado no solo al homenaje, sino también a una parte remota de su juventud.
La mesa había sido dispuesta con una sobriedad elegante: un largo mantel blanco atravesado por una franja de tela azul oscuro que descendía como un pequeño río nocturno entre velas encendidas, copas, servilletas cuidadosamente dobladas y discretos detalles ornamentales que daban al espacio una atmósfera íntima, casi teatral. Las pinturas alrededor parecían observar silenciosamente la escena, como viejos espectadores acostumbrados a contemplar las emociones humanas.
El Maestro sostenía el peso de sus 90 años apoyándose en un bastón donde descansaba parcialmente su cuerpo. Pero mientras lo observaba conversar, sonreír y escuchar atento a quienes se acercaban, tuve la impresión de que aquel bastón no solo sostenía la fragilidad física de la edad, sino también el cansancio acumulado de una mente que durante décadas cargó salones de clase, escenarios teatrales, pinceles, libretos y generaciones enteras de adolescentes matamorenses. Y, sin embargo, había algo intacto en él. Algo difícil de explicar. Como si el tiempo hubiese conseguido doblarle ligeramente la espalda, pero jamás domesticarle del todo el espíritu.
En algún momento del convivio, los asistentes comenzamos a recibir la palabra como quien recibe por turno una pequeña lámpara de memoria. Me tocó hablar después de mi amiga Claudia Olivares, y mientras escuchaba las distintas intervenciones comprendí que todos estábamos intentando describir algo muy difícil: la huella emocional que deja un maestro cuya intensidad termina marcando generaciones enteras.
Sesudo lector, las palabras que comenzaron a surgir alrededor de la mesa fueron inevitablemente laudatorias y apologéticas, aunque matizadas también por esas memorias estudiantiles donde el respeto y el miedo adolescente suelen convivir extrañamente. Porque el Maestro Onésimo Gallardo nunca fue un docente tibio. Era de esos personajes que uno ama o resiste, pero frente a los cuales nadie permanece indiferente.
Fue siempre un maestro intenso, estridente a veces, disruptivo casi siempre. Un hombre cuya personalidad parecía entrar primero al salón de clases antes que su propio cuerpo. Y quizá por eso mismo terminó convirtiéndose en una figura imposible de olvidar para tantas generaciones de estudiantes de secundaria y preparatoria en Matamoros. Mientras algunos evocaban anécdotas, otros reían recordando los temidos exámenes extraordinarios a los que fueron enviados por él alguna vez. Y entonces el título del evento adquiría una dimensión casi teatral: “Una plática ‘Extra’ ordinaria”.
La frase funcionaba como una travesura nostálgica del destino. Porque muchos de aquellos antiguos alumnos que décadas atrás llegaron nerviosos ante el maestro para intentar salvar una materia, regresaban ahora con el inexorable paso del tiempo, no para responder preguntas, sino para agradecerle haber sido precisamente ese tipo de maestro que no pasaba desapercibido.
En algún momento de la tarde, el Maestro Onésimo Gallardo tomó la palabra. Y entonces ocurrió algo curioso: el homenajeado dejó por instantes de ser únicamente la figura solemne del maestro, del hombre de teatro o del artista, para convertirse nuevamente en aquel joven inquieto que comenzaba a descubrir el mundo entre escenarios, libretos y páginas impresas.
Con una voz pausada, interrumpida ocasionalmente por sonrisas y silencios breves donde parecía acomodar recuerdos muy antiguos que se escabullían de su mente, comenzó a relatar anécdotas amenas de su vida. Habló de sus inicios en el teatro, de los años donde la escena parecía un territorio sagrado y precario al mismo tiempo, y también de su etapa como creador de imágenes editoriales para el periódico “El Bravo”, cuando el arte todavía se elaboraba con paciencia artesanal.
Había en sus palabras algo profundamente humano. Algunas confesiones desmontaban discretamente la figura casi mítica que muchos exalumnos construyeron alrededor de él durante décadas. Y eso, lejos de disminuirlo, lo engrandecía. Porque de pronto el gran artista rodeado por las pinturas de la Galería Gallardo, todas de su autoría, dejaba ver las pequeñas fragilidades, dudas y pasiones que también forman la materia secreta de los creadores auténticos.
En algún momento, su hija Mirna Gallardo compartió el proceso detrás de uno de los cuadros, una historia condimentada por un pequeño drama familiar que arrancó sonrisas y miradas cómplices entre los asistentes. Y fue entonces cuando entendí que aquellas pinturas no solo contenían color, técnica o composición, también almacenaban discusiones domésticas, obsesiones, afectos y pedazos enteros de vida. Naturaleza humana.
Al final, como ocurre inevitablemente en toda liturgia de la memoria, llegó la fotografía obligada del recuerdo. Nos agrupamos alrededor del maestro mientras las cámaras intentaban capturar algo que en realidad resulta imposible fijar por completo: el paso del tiempo. Ahí quedó para la posterioridad la imagen de todos los asistentes: Los ya mencionados en esta columna y además Maricela Trejo, Alicia Lara, Adriana de los Santos, Lilia Guillen Hernández, quien se ganó un cuadro del Maestro Gallardo en una rifa que se hizo en ese momento, también el profesor Roberto Juárez, Neter Nua Camero, Adriana Luna y Sylvia González.
La tarde concluyó entre conversaciones suaves, abrazos y esa agradable melancolía que dejan los encuentros donde la admiración sincera marca el ritmo de las horas. Y mientras abandonaba la galería pensé que quizá existen maestros que enseñan una materia, y otros que terminan enseñándole algo a la ciudad misma.
Querido y dilecto lector, a sus 90 años, el Maestro Onésimo Gallardo ya no pertenece solamente a sus antiguos salones de clase ni a los escenarios teatrales que alguna vez habitó. Pertenece también a la memoria cultural de Matamoros. A esa zona invisible donde sobreviven los personajes que, al rodar de los años, terminan dejando una huella más duradera para la eternidad.
El tiempo hablará.




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