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Opinión de Locuras Cuerdas Navidad en la plaza de Matamoros. Por Jorge Chávez Mijares.

  • locurascuerdas1
  • 13 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

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Navidad en la plaza de Matamoros.


Por Jorge Chávez Mijares

dic 13, 2025.



Querido lector matamorense, camino la Plaza Hidalgo como quien recorre un libro abierto. No la miro: la leo. Cada tramo del empedrado es una frase antigua; cada banca, un párrafo donde alguien dejó suspendida una conversación; cada árbol, una nota al margen escrita por el tiempo. Aprendí —caminando— que la ciudad no se explica: se recorre. Las palabras pintan, tienen trazos, colores y texturas, y esta plaza, leída con atención, confirma que la escritura urbana también se percibe con los sentidos.

Visité la plaza poco antes de que la luz del sol se fuera y vi que de día la plaza escribe en prosa llana. El quiosco levanta su arquitectura como una oración bien construida, sin alardes. El mismo quiosco donde cantó Amanda Miguel. También me queda claro que los boleros, ese trabajo que nos deja presentables nuestro calzado, con su paciencia de oficio antiguo, son personajes recurrentes de esta crónica urbana: están ahí como han estado siempre, resistiendo al olvido con cepillo y betún. Así como el escritor ruso Dostoievski lo percibió en San Petersburgo, yo en Matamoros testifico que la gente pasea sin saber que está participando en una narración colectiva. Nadie actúa. Todos habitan.

Y entonces aparecen los signos: los túneles aún apagados, el gran pino en su esqueleto metálico, las casas blancas de ornamento alineadas como una ciudad en miniatura, las letras de Feliz Navidad dialogando con el quiosco, que les hace falta iluminación de noche para estar a tono con toda la iluminación. De día, todo es arquitectura desnuda, estructura sin adjetivos. La plaza espera la noche, como esperan los libros antes de ser leídos en voz alta.

Y cae la noche y la ciudad cambia de género. Vaya que sí. Como buen noctambulo escritor que soy, las fotos que ves en la presente narrativa las tome a las dos de la mañana.

Sesudo lector, el pino se enciende y deja de ser estructura para convertirse en metáfora. De todos los puntos por donde se le vea, la luz no invade: acompaña. Ordena el espacio y el ánimo. Desde cualquier ángulo, el árbol funciona como un faro cívico, un punto y aparte que obliga a detenerse. La plaza ya no se camina: se contempla, extasiado, atrapado por la intensa luz navideña del pino blanco inmaculado.

Atravesar los túneles de luz es como pasar de un capítulo a otro. Entonces el tránsito se vuelve ritual. Camino despacio, como caminan los lectores atentos. La gente hace lo mismo: saca sus celulares para dejar constancia del momento, se detiene, regresa, vuelve a mirar. Nadie corre. Nadie empuja. Por unas horas, Matamoros suspende la prisa y recupera el arte de la caminata.

Romántico lector, me detengo un momento a contemplar las casas blancas de ornamento que cuentan una historia de escala humana. Son párrafos breves, claros, casi infantiles, que despiertan una nostalgia compartida: la idea de Navidad en la residencia y en el barrio, de comunidad posible. Los personajes navideños irrumpen como ilustraciones al margen, provocando sonrisas espontáneas, sobre todo en los niños, que entienden antes que nosotros que la ciudad también puede ser juego.

Y ya entrado en la espiritualidad, en el centro simbólico del relato aparece el nacimiento. Blanco, sobrio, contenido. No grita. No compite. Es una escena bíblica escrita en silencio. El momento culminante del nacimiento de Jesús el Salvador, el celebrado, la razón de la Navidad, se presenta como una pausa espiritual en medio de la crónica urbana. No adoctrina: sugiere. No impone: invita. Me gustó la alegoría.

El letrero de Feliz Navidad funciona como una frase clara, sin ironía ni cinismo. Le hace falta iluminación de noche para convertirse en la prosa urbana nocturna perfecta. En tiempos donde el discurso público suele esconder el deseo de bienestar detrás de tecnicismos, aquí la ciudad se permite decirlo sin rodeos. Feliz. En plural. En voz alta. Para todo Matamoros.

Y definitivamente el texto no estaría completo sin sus lectores caminantes. Familias, parejas, abuelos, niños mirando hacia arriba como si la luz fuera una promesa cumplida. La animosidad es evidente: no es curiosidad pasajera, es apropiación emocional del espacio público. La plaza deja de ser tránsito y vuelve a ser encuentro.

Querido y dilecto lector, de día, la Plaza Hidalgo escribe con sobriedad: oficio, rutina, conversación. De noche, escribe con luz: celebración, tregua, respiro colectivo. La arquitectura no cambia. Cambia la lectura. Y cuando cambia la lectura, cambia también la ciudad que creemos conocer. Justo es reconocer que, en esta espiral navideña en la plaza, la actual administración hizo las cosas bien. He caminado por la plaza y confirmo algo esencial: Matamoros, esta Navidad, no solo encendió adornos. Encendió su relato común. Celebre la Navidad, camine por nuestra plaza de noche y cómase un elote.

El tiempo hablará.

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