Opinión de Locuras Cuerdas. Monserrat: la hija que convirtió la adversidad en fuerza. Por Jorge Chávez Mijares.
- locurascuerdas1
- hace 3 horas
- 4 min de lectura
Opinión de Locuras Cuerdas.
Monserrat: la hija que convirtió la adversidad en fuerza.
Por Jorge Chávez Mijares

Querido lector, hay fechas que el calendario marca con tinta. Otras, en cambio, las escribe el corazón. Hoy es 13 de junio y, como cada año, los pensamientos regresan inevitablemente a la niña de mis ojos, Monserrat, mi hija. Nació un domingo de 2004, en una de esas paradojas que la vida suele reservar para sus mejores historias. Su llegada ocurrió cuando su madre y yo ya habíamos decidido separarnos. No había en el ambiente la escenografía convencional de los cuentos románticos; no había promesas eternas ni fotografías perfectas. Había realidad. Había incertidumbre. Había un futuro desconocido esperando detrás de la puerta.
Y, sin embargo, allí estaba ella. Pequeña, silenciosa, ajena a las tormentas de los adultos. Quizá por eso aprendió tan temprano una de las lecciones más importantes de la existencia: que la realidad no siempre puede elegirse, pero sí puede enfrentarse. Y que incluso de las circunstancias más difíciles pueden brotar fortalezas inesperadas.
Cuando pienso en Monserrat descubro que el amor de un padre tiene un problema fundamental: nunca encuentra palabras suficientes, siempre faltan, siempre sobra sentimiento, por eso suelo comenzar por aquello que cualquiera puede ver. Sus manos. Esos ahusados dedos que parecen diseñados para el arte y la precisión. Dedos de pianista, de cirujana, de creadora. Dedos largos y elegantes que parecen haber heredado alguna antigua vocación de belleza. Pero las manos son apenas el prólogo.
Lo verdaderamente extraordinario está en su mente. Tiene una curva de aprendizaje sorprendentemente corta. Comprende con rapidez, relaciona ideas y personas con naturalidad y posee esa rara capacidad de apropiarse de los conocimientos como quien descubre algo que en realidad ya sabía desde antes. Hay personas que acumulan información; Monserrat la transforma.
A veces debo recordarme que soy su padre. Porque por esa misma razón estoy condenado a una parcialidad maravillosa. Veo a mi hija a través de una niebla de ternura que suaviza defectos y magnifica virtudes, lo reconozco. Soy un juez imposible de mi propia sangre. Y, aun tomando en cuenta esa inevitable subjetividad, sigo admirándola.
Desde niña hubo algo en ella que nunca pasó desapercibido: su temperamento. No uno de esos temperamentos pasajeros que cambian con las estaciones, sino una fuerza profunda que forma parte de su arquitectura interior. Con los años ha dejado de ser simple temperamento para convertirse en carácter. Y cuando intento describirlo me viene a la mente la imagen de las Murallas de Teodosio, aquellas gigantescas defensas que durante siglos protegieron a Constantinopla de invasores, asedios y tempestades de la historia. Así es ella, no inaccesible, no fría, simplemente fuerte. Capaz de resguardar aquello que considera valioso, capaz de resistir y capaz de mantenerse de pie.
La vida, además, le enseñó pronto una lección que muchos tardan décadas en comprender, la paciencia suele poseer más poder que la fuerza. He visto cómo enfrenta dificultades. He visto cómo tropieza. He visto cómo vuelve a levantarse. Y siempre encuentro el mismo patrón, la adversidad no la destruye, la construye. Mientras otros buscan refugio en la comodidad, ella parece desconfiar de ella. Como si entendiera intuitivamente que el crecimiento rara vez habita en las zonas confortables.
Tal vez por eso nunca le ha temido demasiado a las dificultades. Parece comprender algo que los grandes creadores de la historia conocieron bien: que Beethoven encontró música en el silencio; que Cervantes escribió después de la prisión; que Dostoievski regresó transformado del cautiverio; que Dante escribió desde el exilio; que los grandes espíritus suelen atravesar desiertos antes de encontrar su destino. Sabe, quizá sin haberlo formulado nunca de ese modo, que para las personas verdaderamente fuertes la adversidad no es una disminución. Es un entrenamiento.
Me asombra también la intensidad con la que piensa. No se conforma con observar el mundo, lo examina, lo cuestiona, lo analiza y después intenta imaginar cómo podría ser mejor. Posee un corazón inmensamente sensible acompañado de una inteligencia prudente. Una combinación poco común. Porque la sensibilidad sin juicio puede perderse en las emociones, y la inteligencia sin sensibilidad corre el riesgo de volverse fría. Ella conserva ambas.
Heredó además una característica que me hace sonreír cada vez que la veo: la obsesión por la limpieza que distinguía a mi madre. Algunas herencias no vienen escritas en documentos ni en fotografías familiares. Viajan silenciosamente de generación en generación hasta aparecer de nuevo donde menos se espera.
También posee una relación singular con el dinero, lo utiliza, no se deja utilizar por él. Lo considera un instrumento y no un amo. Un recurso útil, jamás una divinidad. Y esa libertad interior vale mucho más que cualquier patrimonio.
Pero más allá de todas sus virtudes, de su inteligencia, de su fortaleza, de su belleza evidente, existe algo que para mí tiene un valor imposible de medir. Ella produce en mí un extraño fenómeno, algo que yo denomino trasvasamiento mágico, concepto que le aprendí a John Goethe. La sustitución del mundo real por el ideal. Porque cuando pienso en ella desaparecen durante un instante los ruidos cotidianos, las preocupaciones, los desencantos y las fatigas de la vida adulta. Entonces emerge algo más profundo, la certeza de que una parte de mí continúa caminando por el mundo bajo otro nombre, Monserrat. Quizá por eso como padre entiendo tan bien aquello del alter ego. Porque, Monserrat, en la luz y en la sombra de la vida, es una prolongación espiritual de mí mismo.
Y Monserrat es eso para mí, mi hija, mi orgullo, mi alegría. Una mujer hermosa que jamás ha necesitado depender de su belleza para demostrar su inteligencia. Una joven que ha sabido convertir las caídas en impulso. Una persona que entiende el valor de la paciencia, la disciplina y el carácter.
Hoy, en el día de su cumpleaños, solo puedo agradecer. A Dios por su vida, por su salud, por cada una de sus risas y las groserías que juntos decimos en la intimidad de la confianza, por cada uno de sus sueños, por la mujer que ha llegado a ser y por la mujer extraordinaria que todavía está destinada a convertirse.
Feliz cumpleaños, Monserrat. Que la vida te conceda largos años, grandes alegrías y desafíos dignos de tu fortaleza. Y que nunca olvides algo que tu padre sabe con absoluta certeza, desde aquel domingo de junio de 2004, el mundo es infinitamente mejor porque tú estás en él.
El tiempo hablará.




Comentarios