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Opinión de Locuras Cuerdas ·La noche en que Octavio Paz se sentó a la mesa de MACULT. Por Jorge Chávez Mijares.

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  • hace 7 días
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La noche en que Octavio Paz se sentó a la mesa de MACULT.

Por Jorge Chávez Mijares.


Querido lector, el viernes pasado ocurrió una de esas veladas que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en pequeños seminarios de civilización. La invitación había llegado de Abelardo Martínez y su esposa Gloria, anfitriones de esos que entienden que una casa no se mide por sus muros sino por la calidad de las conversaciones que alberga.

Acudimos algunos amigos: el que suscribe, un servidor; Ernesto Parga acompañado de su esposa Tere; Ramón Lie y Evelyn; el pintor matamorense Joaquín García Quintana junto a Gladys; Martín Sifuentes con Soraya; y el arquitecto Manuel Robledo, cuya presencia siempre añade esa mirada geométrica que a veces hace falta en las conversaciones demasiado literarias.

La mesa estuvo bien dispuesta: vino, quesos y algunos bocados discretos, suficientes para sostener la conversación sin interrumpirla. Porque lo verdaderamente abundante esa noche no fue la comida, sino la inteligencia que circulaba entre los presentes. Y ya se sabe: cuando el vino afloja un poco el ánimo y la amistad relaja la solemnidad, las ideas suelen caminar con mayor libertad.

En algún momento, como si la conversación hubiese decidido subir un peldaño en la escalera del espíritu, apareció el nombre de Octavio Paz. Alguien comentó, con esa mezcla de ironía y admiración que despiertan los grandes polemistas: “Qué interesante que no estemos de acuerdo”. La frase flotó un instante en el aire, como una pequeña declaración de principios. Porque en el fondo, el desacuerdo inteligente es una de las formas más nobles de la amistad.

Fue entonces cuando el pintor matamorense Joaquín García Quintana tomó la palabra. Con ese tono de quien acaba de descubrir una veta de pensamiento en un libro subrayado, nos dijo que recientemente había encontrado en un texto de Octavio Paz, a quien se refirió como “El Maestro”, una reflexión que le había llamado poderosamente la atención. Recordó que Paz, además de poeta, era un lector agudo de las artes visuales. Sus ensayos sobre pintura, más cercanos al poema que al tratado académico, tenían siempre ese filo elegante que distingue al verdadero crítico.

El Maestro Paz, decía Joaquín, nunca fue un devoto del muralismo mexicano. Reconocía su dimensión histórica, pero desconfiaba de los dogmas estéticos. Y eso, añadió con buen sentido, es bastante sano para cualquier cultura. En ese libro, nos contó Joaqueín, aparece una idea deliciosa: hay que cultivarse un enemigo artista todos los días. No un enemigo vulgar, aclaraba Paz, sino un adversario inteligente que obligue a pensar mejor, a afinar el criterio, a evitar que el gusto se vuelva perezoso.

Sesudo lector, Joaquín recordó también una de esas pequeñas leyendas del mundo cultural mexicano: que en ese mismo libro Octavio Paz dedicó un capítulo entero al muralismo, pero no le concede una sola línea a Francisco Toledo. Me pareció buen chisme, el morboso que me habita se sintió a gusto. Las malas lenguas, esas cronistas discretas de la vida artística, dicen que la omisión tenía un origen sentimental: Toledo le habría arrebatado una novia a Paz en París. Nadie sabe con exactitud si la historia pertenece al archivo o al folclore, pero como todas las buenas anécdotas culturales, sigue sobreviviendo al paso del tiempo. Mi vocación de chisme se sintió satisfecha.

El libro, según relató Joaquín, abre con una escena casi simbólica de la historia del arte moderno. Paz recuerda que en 1923 el artista francés Marcel Duchamp da por terminada su obra “La mariée mise à nu par ses célibataires, même”, conocida en español como “La novia desnudada por sus solteros, incluso”. Una obra realizada sobre cristal: mitad máquina erótica, mitad metáfora filosófica del deseo humano.

Y mientras Duchamp cerraba en Europa esa pieza radical, un arte que desmontaba la pintura tradicional y convertía el deseo en mecanismo, en México comenzaba a levantarse el gran proyecto del Muralismo, que transformaría los muros públicos en narración épica de la historia nacional.

Joaquín, con la libertad que concede la amistad y el vino, (y el mezcal) agregó entonces una reflexión provocadora: que el muralismo tuvo una etapa heroica, sin duda, pero que con el tiempo terminó adquiriendo algo de sindicato estético, extendiéndose casi sin cuestionamientos desde 1923 hasta mediados de los años cincuenta.

Por eso, recordaba Octavio Paz en ese ensayo, conviene no olvidar una advertencia fundamental: no dejen la cultura exclusivamente en manos del gobierno. Porque cuando el arte se convierte en política oficial, corre el riesgo de transformarse en doctrina, y la doctrina, ya se sabe, suele ser mala compañera de la imaginación.

La cultura, decía Paz, necesita también del impulso de la sociedad, de los individuos, de la iniciativa privada, de esos espíritus inquietos que crean y apoyan el arte por pasión más que por consigna. En ese punto de la conversación derivamos naturalmente hacia un concepto antiguo y siempre vigente: el mecenazgo. El término proviene de Gaius Cilnius Maecenas, consejero del emperador Augustus, quien protegió a poetas como Virgilio y Horacio. Desde entonces, su nombre quedó asociado a esa noble tradición según la cual el poder económico se convierte en fertilizante de la creación artística.

Siglos más tarde, esa tradición alcanzaría una de sus cumbres en Florencia con la célebre familia Lorenzo de Medici y los Medici, quienes impulsaron a artistas como Michelangelo, Sandro Botticelli y Leonardo da Vinci, convirtiendo a la ciudad en uno de los grandes faros del Renacimiento. Otro ejemplo más fue en la España del Siglo de Oro, la corte de Felipe IV permitió florecer a un genio como Diego Velázquez, cuya pintura transformó para siempre la relación entre el poder, la representación y el arte.

La lección histórica es clara: cuando la sociedad civil se compromete con el arte, las culturas florecen, y así esa noche surgió el nombre de “Matamoros Arte y Cultura A.C, mejor conocido por su acrónimo como MACULT. Una alianza de ciudadanos matamorenses que se dedican a impulsar el arte desde la trinchera de Bellas Artes en la calle 8 entre Hidalgo e Iturbide. Nadie lo hace como una inversión, sino por amor a Matamoros, pero hace falta que se sumen más voluntades que aporten dinero o aporten trabajo.

Querido y dilecto lector, cuando la conversación llegó a ese punto, alguien volvió a llenar las copas con vino y los shots con destilados. La noche ya estaba avanzada y los brebajes habían cumplido su tarea más noble: hacer que la inteligencia se volviera conversación y la conversación se volviera amistad. Y mientras las voces seguían cruzándose alrededor de la mesa, uno tenía la impresión, muy querida para quienes creemos en estas cosas, de que las mejores ideas suelen nacer no en los auditorios, sino en las casas donde aún se cultiva el arte de conversar.

El tiempo hablará.

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