Opinión de Locuras Cuerdas. La noche en que Don Quijote volvió a cabalgar en Matamoros. Por Jorge Chávez Mijares.
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- 13 jun
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Opinión de Locuras Cuerdas.
La noche en que Don Quijote volvió a cabalgar en Matamoros.
Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, las historias importantes rara vez comienzan donde creemos. Los espectadores llegaron aquella tarde-noche de lunes convencidos de que asistirían a una conferencia escénica sobre Miguel de Cervantes. El cartel de MACULT lo anunciaba con claridad. “Los molinos de La Mancha” aparecían impresos en los anuncios. El nombre de Ernesto Parga mi amigo, casi mi hermano, ocupaba el lugar central. Todo parecía dispuesto para que la noche comenzara cuando el conferencista subiera al escenario.
Pero no fue así. La noche comenzó exactamente a las seis y media. Y comenzó con una guitarra. A esa hora precisa, sin retrasos ceremoniales ni preámbulos burocráticos, apareció Valeria Gamboa. Vestía completamente de negro. Negro el pantalón. Negra la camisa. Negros los zapatos. Aquella elección cromática parecía obedecer a una antigua regla del arte: cuando la música es la protagonista, el intérprete debe aprender a desaparecer. Pude ver detrás de ella, proyectados sobre la pantalla, los molinos manchegos en una foto.
Era una imagen curiosa, porque mientras los asistentes ocupaban sus lugares y la audiencia terminaba de acomodar sus últimos murmullos, aquellos molinos permanecían inmóviles en la pantalla, detenidos en una eternidad fotográfica. Todavía nadie lo sabía, pero estaban a punto de comenzar a girar. No por el viento, por la música.
Valeria acomodó la guitarra sobre su pierna izquierda, apoyada sobre el pequeño banquillo de guitarrista que elevaba el instrumento hasta la posición clásica de concierto. Entonces ocurrió algo que suele pasar desapercibido para quienes no observan con atención: dejó de ser una joven sentada en una silla y se convirtió en una intérprete. La transformación fue inmediata.
Los dedos encontraron las cuerdas y comenzó “Romance Español”. Resultaba imposible imaginar una puerta de entrada más apropiada para la velada con “El Quijote”. Aquella melodía anónima, nacida en la niebla de la tradición popular española, parecía haber viajado durante siglos para llegar hasta Matamoros precisamente esa noche en Bellas Artes.
Amablemente nos explicó que nadie conoce con certeza el nombre de su compositor original. La obra fue pasando de músico en músico, de generación en generación, de memoria en memoria, hasta convertirse en patrimonio colectivo. Como tantas historias cervantinas, sobrevivió porque alguien la contó y alguien más quiso volver a contarla. Mientras la melodía avanzaba, algo interesante sucedía en nosotros, su audiencia.
La sala estaba llena, había jóvenes, matrimonios, profesores, jubilados, amantes de la literatura y curiosos ocasionales. Rostros distintos unidos por una misma disposición espiritual: escuchar, y escuchábamos. Escuchábamos de verdad. En tiempos donde el teléfono celular ha convertido la distracción en una segunda naturaleza humana, aquel pequeño auditorio parecía haber firmado una tregua con el ruido exterior.
Quizá por eso resultaba tan visible el fenómeno que comenzó a repetirse después de cada interpretación. Valeria concluía una pieza, las cuerdas dejaban de vibrar, pero ella no, permanecía inmóvil, suspendida. Como si una parte de su espíritu continuara habitando el interior de la obra. Los asistentes no sabíamos si aplaudir o esperar, y esperamos un segundo, dos, tres. Porque algo en su expresión indicaba que el viaje todavía no había terminado. Sólo después de ese breve silencio, cuando parecía regresar lentamente desde algún lugar invisible hacia el escenario, comenzaban los aplausos.
Stefan Zweig, que dedicó buena parte de su vida a estudiar esos instantes donde el alma humana se revela sin proponérselo, habría reconocido el fenómeno. Hay artistas que ejecutan una obra y regresan inmediatamente a la realidad. Otros necesitan unos segundos para abandonar el territorio donde estuvieron. Valeria pertenecía claramente a la segunda especie.
Después vino “Lágrima”, de Francisco Tárrega. Valeria explicó al público que la obra podía dividirse en dos partes: una primera sección semejante a una canción de cuna y una segunda más melancólica, quizá triste, quizá agresiva dependiendo del intérprete. Me gustaba su explicación técnica, pero también creo que fue una confesión involuntaria. Porque, dirían los clásicos, acababa de describir la condición humana. Todos tenemos una zona luminosa y otra sombría, todos somos capaces de arrullar y de herir, de consolar y de lamentar. Los grandes artistas sólo encuentran una manera elegante de recordárnoslo.
Después llegó el “Vals en Re Mayor”. Nosotros, la audiencia, observamos cómo ajustaba la afinación de la sexta cuerda. Lo hizo con naturalidad, incluso con humor, atribuyendo el desajuste a los cambios de temperatura y a las inevitables travesuras de la madera. "Gajes del oficio", dijo. Y aquella sencillez terminó de conquistarnos, a mi al menos, porque detrás de la técnica apareció la persona, la joven músico, la estudiante. La artista que todavía se permite sonreír mientras combate las pequeñas rebeldías de su instrumento.
Finalmente llegaron las Variaciones sobre un tema de Las Folías de España, de Mauro Giuliani, la obra más extensa, la más compleja, la despedida. Antes de comenzar, explicó al público que las pausas corresponderían a las distintas variaciones y que podían aplaudir si así lo deseaban. No se enojaría. La observación provocó algunas sonrisas. Pero encerraba una verdad profunda. La música clásica suele parecer solemne porque muchas veces olvidamos que fue creada por seres humanos y para seres humanos. Valeria parecía empeñada en recordarlo.
Cuando terminó la última nota, los aplausos llenaron la sala. Y entonces ocurrió algo curioso. Nadie hablaba ya de una introducción musical, porque aquello no había sido una introducción. Había sido una preparación. Un rito de entrada. Una especie de aduana espiritual. Los asistentes habíamos llegado para escuchar a Cervantes.
Sin embargo, antes de que apareciera Cervantes, antes de que Ernesto Parga pronunciara una sola palabra, antes de que Don Quijote volviera a cabalgar por los caminos de La Mancha, una joven guitarrista había realizado silenciosamente la tarea más difícil de la noche: aflojar las costuras de la realidad cotidiana para que todos pudieran entrar al sueño. Y sólo entonces los molinos estuvieron listos para comenzar a girar.
Fue una noche que nació como conferencia y terminó convertidas en conjuro. Lo que ocurrió en el escenario de Bellas Artes, promovido por MACULT no fue solamente una disertación sobre Don Quijote de la Mancha. Fue un raro instante en que la erudición, el teatro, la música y la memoria colectiva decidieron caminar juntos. Y cuando eso sucede, la realidad cotidiana se adelgaza como una cortina y deja pasar algo más antiguo, más profundo, más humano.
Antes de Parga estuvieron las palabras de Carlos Rodríguez, presidente de Matamoros, Arte y Cultura, AC. Habló de la tarea cultural de MACULT con esa mezcla de convicción y modestia que caracteriza a quienes trabajan por la cultura sin esperar recompensa inmediata. Después tomó la palabra Ernesto Parga. Lo primero que hizo fue pelear amistosamente con el micrófono de diadema, confesando su nerviosismo y bromeando sobre el vino que había quedado demasiado lejos. La sala rió. Y con esa risa se rompió la distancia entre el escenario y el público.
Parga apareció impecable: traje negro, presencia sobria y esos calcetines coloridos que parecían guiñar un ojo a la solemnidad, al más puro estilo de Joaquín López-Dóriga. Era la indumentaria perfecta para alguien dispuesto a hablar de Cervantes sin convertirlo en estatua de mármol.
Entonces comenzó el viaje. Parga habló del Quijote como el libro más editado del mundo después de la Biblia, de su permanencia inexplicable durante más de cuatro siglos, de la ejemplaridad de Cervantes y de ese humor inteligente que convierte la reflexión en fiesta. Pero mientras hablaba sucedía algo curioso: las palabras no quedaban suspendidas en el aire; empezaban a encarnarse. Porque apareció la Compañía del Gallo Arlequín, Producciones Escénicas. Y el Quijote dejó de ser solamente un tema para convertirse en presencia.
Julio Romero entró a escena como Miguel de Cervantes. No era una caricatura histórica, sino un hombre cansado, irónico y orgulloso. Su voz recitó el célebre autorretrato cervantino: el rostro aguileño, las barbas de plata, los pocos dientes, el cuerpo entre dos extremos, la herida de Lepanto. Mientras hablaba, el público escuchaba algo más que un texto del siglo XVII; escuchaba a un hombre que había perdido una mano por su patria, sufrido cautiverio y conocido la pobreza sin perder el humor.
Después vino el prólogo del Quijote dramatizado. Y ahí ocurrió uno de esos milagros escénicos que no pueden planearse del todo: el piano comenzó a sonar. Escondido entre las cortinas, casi invisible, estaba Carlos Chávez. Tocaba sin buscar reflectores. Su música aparecía como una respiración del escenario. Hay artistas que necesitan ser vistos para existir; otros, los verdaderamente grandes, se permiten permanecer en penumbra. Carlos Chávez pertenece a esa especie rara. Su presencia tenía algo de valioso como una perla: discreta, luminosa, valiosa sin estridencia. Y mientras sus manos recorrían el teclado, parecía que la noche entera se volvía más profunda.
La conferencia continuó y se transformó en teatro. Parga explicaba la revolución literaria del Quijote: la destrucción del decoro, la quijotización de Sancho, la sanchificación del Quijote, la novela polifónica, la amistad que cambia a los personajes. Pero ya no era una clase. Era una conversación con fantasmas vivos. Entonces apareció Justo Sánchez Gaitán como Don Quijote. Entró con lanza, armadura y esa mezcla imposible de dignidad y fragilidad que define al caballero de la Mancha. El escenario dejó de ser un teatro de Matamoros: por un instante fue una venta castellana, una llanura manchega, una playa de Barcelona y un sueño.
Alexa Cortinas encarnó a Dulcinea. Primero desafiante, luego inquisitiva, después casi conmovida. Su diálogo con el Quijote fue un duelo entre el desencanto y el ideal.
—El mundo es un estercolero y nosotros no somos más que gusanos que se arrastran por él.
—Mi doncella sabe tener cosas más nobles en su corazón.
Y cuando preguntó qué era un ideal, Justo Sánchez Gaitán respondió con una serenidad que parecía venir de otro siglo: “Es la razón del auténtico caballero”. Entonces cantó “El Sueño Imposible”. No fue una interpretación de musical; fue una declaración de principios. El público escuchó en silencio primero y luego estalló en aplausos. Había algo conmovedor en ver a un hombre vestido de Quijote cantar sobre perseguir ideales imposibles mientras, detrás de él, el piano de Carlos Chávez sostenía la emoción sin reclamar protagonismo.
Parga aprovechó ese momento para lanzar una de las ideas centrales de la noche: quizá el verdadero realista no es quien acepta resignadamente el mundo tal como es, sino quien insiste en verlo como debería ser. El Quijote, dijo, no es un soñador ingenuo; es un hombre que se niega a llamar realidad al defecto de la realidad.
La representación avanzó hacia el episodio del Quijote apócrifo de Avellaneda. Allí la frontera entre conferencia y teatro desapareció por completo. Parga se sentó a la mesa con los actores mientras los personajes discutían el falso Quijote. Julio Romero, Alexa Cortinas y Justo Sánchez Gaitán jugaron con una naturalidad extraordinaria esa escena meta-literaria en la que el propio Don Quijote irrumpe para defender su amor por Dulcinea y denunciar al impostor. Nosotros, el público no vimos una explicación académica; vimos a los personajes pelear por su identidad.
Y luego llegó el final. Parga relató la derrota del Quijote en las playas de Barcelona, el regreso a casa, la recuperación de la cordura y la muerte de Alonso Quijano. Su voz se volvió más lenta. El piano volvió a aparecer como una corriente subterránea. Y cuando recitó aquello de “Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura de Don Quijote pasar”, la sala quedó suspendida en un silencio extraño, ese silencio que sólo se produce cuando la emoción colectiva ha encontrado una misma frecuencia, yo pensé en el síndrome de Stendhal afectando a todos los que estábamos presentes.
Los aplausos tardaron unos segundos en llegar. No por frialdad, sino porque todos los presentes necesitábamos regresar. Después vinieron los consejos de Don Quijote a Sancho: humildad, justicia, compasión, gratitud, prudencia, virtud. Parga los leyó no como reliquia literaria, sino como manual para gobernarse a uno mismo antes de pretender gobernar a los demás. En tiempos acostumbrados a confundir cinismo con inteligencia, aquellas palabras sonaron casi revolucionarias.
Al final, Justo Sánchez Gaitán presentó al equipo completo de la Compañía del Gallo Arlequín, Producciones Escénicas: Froilan Sánchez, Carolina Cisneros, Alexa Cortinas, Julio Romero y él mismo como director general y actor que interpretó al Quijote. También agradeció a MACULT y a Ernesto Parga por la confianza y el trabajo compartido.
Lo más notable de la noche fue que nadie compitió por el protagonismo. Parga condujo, Julio Romero encarnó, Alexa Cortinas dio cuerpo a Dulcinea, Justo Sánchez Gaitán sostuvo el corazón quijotesco, Carlos Chávez envolvió todo con su música, y detrás de ellos un equipo técnico permitió que la ilusión existiera. Esa armonía rara entre palabra, escena y sonido produjo algo que el público percibió de inmediato: autenticidad.
Y aquí es justo detenerse en la labor de MACULT. En una época donde la cultura suele ser tratada como adorno presupuestal o entretenimiento secundario, resulta profundamente valioso encontrar instituciones que apuestan por proyectos capaces de unir pensamiento, arte y comunidad. Lo realizado el lunes pasado en Bellas Artes, aquí en Matamoros, no fue un acto rutinario de programación cultural; fue una demostración de que la cultura todavía puede convocar, emocionar y hacer pensar al mismo tiempo. Por eso merece reconocimiento la labor de Carlos Rodríguez y de todo el equipo de MACULT. Sostener espacios para la literatura, el teatro y la música en una ciudad fronteriza es una tarea silenciosa y, precisamente por eso, indispensable.
Querido y dilecto lector, gracias a ese trabajo persistente, Matamoros pudo vivir una noche en la que Cervantes volvió a hablar, Don Quijote volvió a cabalgar y el piano de una perla escondida entre cortinas recordó que el arte verdadero no necesita gritar para permanecer. Al salir, quedaba la sensación de que algo improbable había ocurrido: durante unas horas, la Mancha y Matamoros habían sido el mismo lugar. Gracias MACULT.
El tiempo hablará.










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