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Opinión de Locuras Cuerdas. La epidemia de las mentiras perfectas. Por Jorge Chávez Mijares.

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  • hace 1 día
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Opinión de Locuras Cuerdas.

La epidemia de las mentiras perfectas.

Por Jorge Chávez Mijares.


Querido lector, alguna vez las mentiras tenían la decencia de parecer mentiras. Mentirles a mis padres y que me cacharan en la maroma era casi un deporte de alto riesgo. Mi madre poseía un detector de embustes más preciso que cualquier algoritmo moderno. Bastaba que yo dijera dos frases para que levantara una ceja y pronunciara aquella sentencia que helaba la sangre: '¿Seguro que así fue?'. En ese instante uno entendía que la operación había fracasado. Hoy las mentiras son más sofisticadas: aparecen en video, tienen narrador profesional, efectos especiales y, para colmo, miles de personas dispuestas a jurar que las vieron con sus propios ojos.


Había que esforzarse un poco para creerlas. Requerían imaginación, ingenuidad o una dosis considerable de fanatismo. Los rumores viajaban de boca en boca, en el café de la esquina, en la sobremesa familiar o en los pasillos de alguna oficina gubernamental. Eran lentos. Caminaban. Hoy corren, y no solo corren, vuelan.


Vivimos en la época de la infodemia, una palabra extraña que parece salida de un laboratorio lingüístico, pero que describe con precisión uno de los fenómenos más inquietantes de nuestro tiempo, la sobreabundancia de información mezclada con medias verdades, mentiras completas, datos ciertos, propaganda, rumores, manipulaciones y emociones diseñadas para secuestrar nuestra atención. La verdad ya no compite únicamente contra la mentira. La verdad compite contra miles de versiones de la realidad.


Sesudo lector, mientras tú y yo conversamos, millones de personas observan videos en la plataforma X, TikTok, Facebook o Instagram. Algunos son reales, otros son editados, otros más fueron fabricados completamente por inteligencia artificial. Aparece un político diciendo algo que jamás dijo, un empresario realizando actos que nunca ocurrieron, un militar disparando donde jamás estuvo, un candidato recibiendo dinero que nunca tocó.


De pronto vemos a Donald Trump anunciando en perfecto español que apoyará la construcción de un muro para impedir que los estadounidenses crucen ilegalmente hacia México; a Vladimir Putin interpretando una canción de rock frente a miles de ucranianos en una plaza de Kiev; a Xi Jinping declarando que el sistema democrático occidental es superior al modelo político chino y proponiendo elecciones multipartidistas en Pekín; o a Claudia Sheinbaum apareciendo en un video donde supuestamente anuncia la privatización de Pemex y de la Comisión Federal de Electricidad. Nada de eso ocurrió. Ninguno de esos hechos existió fuera de una computadora. Sin embargo, durante algunos segundos, quizá minutos, quizá horas, miles o millones de personas podrían creer que sí sucedieron.


Y el problema no es que sean falsos, el problema es que parecen verdaderos. La tecnología ha logrado algo que Joseph Goebbels seguramente habría admirado, la posibilidad de fabricar percepciones masivas con una velocidad que ninguna maquinaria propagandística del siglo XX pudo imaginar. Goebbels entendía que una mentira repetida muchas veces podía terminar pareciendo verdad. Lo que jamás conoció fue un mundo donde millones de personas pueden repetirla simultáneamente desde sus teléfonos celulares.


La vieja propaganda necesitaba periódicos, estaciones de radio y enormes aparatos estatales. La nueva propaganda necesita únicamente una cuenta viral. Y si además incorpora inteligencia artificial, música dramática, imágenes impactantes y un mensaje diseñado para despertar indignación, miedo o morbo, el resultado puede recorrer el país entero en cuestión de horas. Lo estamos viendo incluso durante el Mundial.


Millones de personas consumen diariamente toneladas de información deportiva. Algunas son noticias auténticas, otras son especulaciones, otras más son simple entretenimiento disfrazado de información. Entre goles, polémicas arbitrales, memes, teorías conspirativas y videos virales, la atención pública se dispersa en cientos de direcciones distintas. Nada de eso es necesariamente malo. El problema surge cuando la misma lógica invade la política, porque el fútbol puede sobrevivir a un rumor, la democracia no siempre.


México se acerca lentamente a los procesos electorales de 2027 y 2028. Y si algo podemos anticipar desde ahora es que las campañas no se parecerán a las que conocimos hace apenas una década, vendrán miles de videos, vendrán audios, vendrán fotografías, vendrán grabaciones aparentemente irrefutables, vendrán escándalos fabricados, vendrán acusaciones verdaderas mezcladas con acusaciones falsas, vendrán ejércitos digitales, vendrán granjas de bots, vendrán influencers improvisados y vendrán millones de ciudadanos intentando distinguir entre lo real y lo inventado. ¿Estamos listos para eso?


En ese contexto, la vieja frase popularizada por Andrés Manuel López Obrador adquiere una vigencia inquietante: "La calumnia, cuando no mancha, tizna." Porque aun cuando una acusación resulte falsa, aun cuando sea desmontada por completo, aun cuando las pruebas demuestren que nunca ocurrió, el daño muchas veces ya quedó sembrado en la percepción pública.


Y la percepción es un animal extraño, no siempre obedece a los hechos, no siempre escucha a la evidencia, no siempre se deja convencer por la verdad. A veces basta una imagen, a veces basta un video de treinta segundos, a veces basta una mentira emocionalmente atractiva.


La infodemia funciona precisamente así. No busca necesariamente convencer. Busca saturar, busca confundir, busca que el ciudadano termine agotado y concluya que todo es mentira o que todo da igual. Ese es quizá el mayor peligro, porque cuando nadie sabe dónde está la verdad, cualquier charlatán puede ocupar su lugar. Por eso resulta tan importante conservar algo que parece anticuado en tiempos de algoritmos, el escepticismo inteligente. Ni creerlo todo, ni negarlo todo, ni asumir que todo lo que favorece a nuestro adversario es falso, ni pensar que todo lo que beneficia a quienes simpatizamos es verdadero.


Querido y dilecto lector, la democracia necesita ciudadanos críticos, no creyentes automáticos. Porque la verdad sigue existiendo, los hechos siguen existiendo, los datos siguen existiendo, pero ahora viven rodeados de ruido, mucho ruido. Tal vez demasiado. Y sospecho que lo más difícil de los próximos años no será elegir entre izquierda o derecha, entre gobierno u oposición, entre candidatos buenos o malos. Lo verdaderamente difícil será distinguir entre la realidad y sus imitaciones. Esa es ya la gran batalla de nuestra época.


El tiempo hablará.

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