Opinión de Locuras Cuerdas ·Jorge Cárdenas González: cuando la radio todavía olía a vapor y destino.
- locurascuerdas1
- 6 mar
- 5 Min. de lectura
Jorge Cárdenas González: cuando la radio todavía olía a vapor y destino. Historias del Bicentenario.
(Primera parte)
Por Jorge Chávez Mijares

Querido lector, dentro de las doscientas crónicas dedicadas a los matamorenses distinguidos en este año del Bicentenario, hoy corresponde la tercera entrega. Y no podía ser menor el desafío: hablar de Don Jorge Cárdenas González, cuya vida, amplia como horizonte fronterizo, difícilmente cabe en una sola columna. Por ello comenzamos hoy apenas el primer capítulo de una historia que, más que biografía, parece novela escrita por la paciencia del tiempo. Agradezco de manera especial a su hijo, Alfonso Cárdenas, por las facilidades otorgadas para reconstruir este merecido homenaje familiar y ciudadano.
Don Jorge nació en Ciudad Victoria el 22 de octubre de 1925, cuando México todavía aprendía a reconciliarse consigo mismo después de las tempestades revolucionarias. Fue hijo de Francisco Cárdenas Rodríguez y Josefa González Martínez, quienes formaron una familia de cinco hijos: Francisco, Eva, Jorge, Enrique y Jaime.
Detrás de ellos estaban las raíces profundas, esas que sostienen silenciosamente a los hombres destinados a dejar huella: sus abuelos paternos Candelario Cárdenas Guerrero y Rosa Rodríguez de Cárdenas, y por la línea materna Francisco González Perales y Gertrudis Martínez de González.
La infancia de Jorge transcurrió en aquella Ciudad Victoria todavía provinciana y abierta al viento, la misma donde muchos años después su propio hijo, Gustavo, habría de convertirse en alcalde, como si la historia tuviera la elegante costumbre de cerrar círculos. Él mismo recordaba esos años como felices: correteando descalzo por calles sin pavimento, bañándose en el río bajo el sol generoso del norte, trepando árboles con la naturalidad de quien todavía no conoce el peso de las responsabilidades. Y, sobre todo, mirando pasar el tren. Porque en aquellos años el tren no era únicamente transporte: era promesa. Las locomotoras de vapor cruzaban el paisaje como animales mitológicos de hierro y humo, dejando en el aire una sensación extraña, casi profética, como si anunciaran destinos aún invisibles.
Después de cursar la primaria y dos años de secundaria en su ciudad natal, sus padres tomaron una decisión que cambiaría su rumbo. En 1940, con apenas quince años, fue enviado a Monterrey para estudiar en la Escuela Industrial y Preparatoria Técnica "Álvaro Obregón", fundada el 4 de octubre de 1930, apenas dos años después del asesinato del propio general sonorense, episodio sombrío de la historia nacional al que muchos atribuían la sombra política de Plutarco Elías Calles, presente ese día de la inauguración en representación del presidente Pascual Ortiz Rubio.
Sesudo lector, ahí comenzó a revelarse el talento. El joven Jorge ingresó inicialmente a la carrera de técnico en radio, pero sus maestros, esos raros detectores de destino que aparecen en la juventud, advirtieron algo más profundo y le sugirieron cambiar a Ingeniería Mecánica Eléctrica. Sin embargo, la radio ya había sembrado su semilla.
Durante las vacaciones de 1942, con diecisiete años recién cumplidos, viajó a la Ciudad de México para visitar a su hermano Francisco, quien trabajaba para Emilio Azcárraga Vidaurreta en la radiodifusora XEQ, fundada apenas cuatro años antes, en 1938. La radio era entonces una magia nueva. Una voz podía atravesar montañas, cruzar fronteras y sentarse sin permiso en la sala de miles de hogares. Y aquella magia atrapó definitivamente a Jorge.
Aceptó trabajar en la estación junto a su hermano y decidió estudiar formalmente en la Academia Mexicana de Radiocomunicaciones, donde permaneció cuatro años absorbiendo el oficio como quien aprende un idioma secreto. En 1946, a los veintiún años, obtuvo el certificado de técnico en radiodifusoras comerciales, expedido por la entonces poderosa Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, además del certificado de locutor. Quizá sin saberlo, o quizá sí, estaba diseñando su propio porvenir.
Ese mismo año solicitó una concesión para instalar una radiodifusora comercial en Matamoros. La solicitud quedó dormida en algún escritorio capitalino, enterrada entre expedientes y burocracias, esperando el momento exacto en que el destino decidiera despertarla. Porque el destino, querido lector, también tiene horarios administrativos.
El siguiente punto del mapa fue Nuevo Laredo. Llegó con poco dinero y mucho frío. Un frío de esos que atraviesan el abrigo y llegan hasta las dudas. Se hospedó en el Hotel Juárez y consiguió empleo en un taller de radios, donde el propietario tuvo incluso que adelantarle veinticinco pesos porque prácticamente no llevaba nada consigo. Trabajó quince días. Después ingresó a la radiodifusora XEBK, propiedad de la familia Cortez. Ahí continuó aprendiendo el oficio.
En esos días recibió la visita de su hermano Enrique, quien le propuso mudarse a Matamoros para trabajar en la agencia Ford como vendedor. “Lo voy a pensar”, respondió Jorge. Y el universo escuchó. Porque días después, sentado en un café de Nuevo Laredo, escuchó accidentalmente a unos hombres hablar del negocio de la radio. Eran de Matamoros. Sin timidez alguna, virtud indispensable de los pioneros, se integró a la conversación y terminó pidiéndoles trabajo. El interlocutor era José María González, propietario de la XEO. Al día siguiente viajaba rumbo a Matamoros. Ya era locutor.
En la XEO conoció a Bob Pinckerton, gerente operativo de la estación, cuya programación se limitaba a música “fara-fara” de acordeón y bajo sexto. Pero Jorge Cárdenas tenía otra visión: introdujo boleros, danzones y tangos. Modernizar siempre tiene costo. La innovación provocó tensiones y terminó su relación laboral. Pero había quedado claro algo: Don Jorge no estaba hecho para obedecer inercias. Estaba destinado a construir.
Después vinieron años de comercio: vendió automóviles Nash junto a Miguel Rubiano y recorrió casas puerta por puerta trabajando con Don Gregorio Garza Flores ofreciendo artículos para el hogar. Hasta que llegó 1952. A Matamoros visitó el recién nombrado Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas del presidente Adolfo Ruiz Cortines, el arquitecto Carlos Lazo. Jorge fue a recibirlo al aeropuerto de Brownsville. Al día siguiente conversaron. Y fiel a su carácter directo le dijo algo memorable: que años atrás había solicitado una concesión, pero que en la Secretaría en la Ciudad de México había puro bandido que no resolvía nada. Lazo, lejos de molestarse, le pidió copia del expediente. Quince días después llegó la respuesta. La concesión estaba otorgada. Nacía la futura XEEW 1420. Inspirado en la legendaria XEW, La Voz de la América Latina desde México, Don Jorge decidió añadir simplemente una letra más. Una “E”. Como si dijera: también desde Matamoros se puede hablarle al mundo.
La emoción fue absoluta. Viajó a la Ciudad de México en busca de transmisor. Se lo pidió a Filiberto Solís, confesándole que no tenía dinero.
—¿De cuántos watts será? —preguntó.
—De 250.
—Pues te lo hago con los pedacitos que tengo.
Así nació literalmente aquel transmisor: armado con piezas dispersas y voluntad entera. Lo cargaron en una camioneta rumbo a Matamoros. En el kilómetro tres de la carretera a la playa, junto a quienes serían los primeros trabajadores, levantaron la antena. Y el 7 de noviembre de 1954, el aire de Matamoros cambió para siempre. Comenzó a transmitir la estación que hoy conocemos como W 1420. Después vendrían las mudanzas: Guerrero entre 5 y 6, luego 9 y Bustamante, hasta llegar finalmente a su sede actual en la 12 y Diagonal Cuauhtémoc.
Fue entonces cuando su padre, Don Francisco, le sugirió el lema que terminaría definiendo una época: “La Voz del Bajo Bravo.” Y así quedó. Porque hay frases que no se inventan, simplemente llegan.
Querido y dilecto lector, es indudable que Don Jorge dejó huella en cada uno de los giros que desempeñó, como empresario de la radio, como comerciante y en los escabrosos caminos de la política. Su vida no cabe en una sola columna pero es indudable que debe ser recordado en este año del Bicentenario del nombre de Matamoros.
El tiempo hablará.
(Esta historia continuará.)




Comentarios