Opinión de Locuras Cuerdas ·Hey Jude: en menos de dos minutos. Por Jorge Chávez Mijares.
- locurascuerdas1
- 12 jul
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Opijnión de Locuras Cuerdas
Hey Jude: en menos de dos minutos.
Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, existe una vieja canción de los Beatles que comienza con un consejo: Hey Jude, don't make it bad. Curiosamente, el futbol suele burlarse de las metáforas. Aquella melodía nació para consolar a un niño. Esta historia, en cambio, comienza con un hombre llamado Jude que no vino al Estadio Azteca a recibir consuelo, sino a repartir lecciones. No fueron dos goles. Fue una clase magistral de cómo el tiempo, en el futbol, puede medirse de una manera distinta al reloj.
Jude Bellingham metió ayer sábado dos goles contra Noruega que tienen al equipo ingles en semifinales. Pero antes de esos dos goles contra los nórdicos hijos de los fiordos, metió dos goles a nuestra selección mexicana que me tomé la libertad en mi calidad de aficionado, que no de experto, de analizar milimétricamente y el resultado lo pongo ante ti estimado lector.
Contra México, entre el primer gol y el segundo transcurrieron apenas un minuto con treinta y ocho segundos. Sin embargo, para la Selección Mexicana aquello representó una eternidad psicológica, entendiendo que hay derrotas que duran noventa minutos, pero otras que caben en menos de dos. Todo comenzó en el minuto 34:55. México tenía el balón, México dominaba. Julián Quiñones encontró a Luis Romo frente al muro inglés. El problema no era técnico. Inglaterra había construido un cerrojo donde sus defensivos Ezri Konsa, Jarell Quansah y Marc Guéhi parecían administrar cada centímetro de césped. Romo comprendió que no existía el pase vertical y decidió reiniciar la jugada.
Entonces apareció una escena que pocas veces llama la atención del espectador. El balón comenzó a viajar hacia atrás. Johan Vázquez. César Montes. Roberto Alvarado. Jorge Sánchez. De nuevo Alvarado. Otra vez Montes. Otra vez Vázquez. No era cobardía. Era paciencia. México buscaba mover el tablero para encontrar una rendija. El problema consiste en que cuando enfrente está Inglaterra, mover el tablero también significa darle tiempo al rival para acomodar sus propias piezas.
Finalmente, Johan Vázquez envió un balón largo desde la media cancha hacia Raúl Jiménez. El portero inglés Jordan Pickford lo atrapó con absoluta tranquilidad al minuto 35:36. Y ahí terminó el ataque mexicano. O, mejor dicho, ahí comenzó el ataque inglés. El futbol moderno posee una característica fascinante: la transición ya no es una fase del juego. Es el juego mismo.
Pickford no despejó. Pensó. Con las manos encontró inmediatamente a Declan Rice sobre la derecha. Rice aceleró mientras Luis Romo iniciaba la persecución. El balón llegó a Bukayo Saka. Hasta ese instante todo parecía controlado. Jesús Gallardo estaba frente a Saka. César Montes vigilaba a Harry Kane. Anthony Gordon esperaba unos metros atrás. Y Jude Bellingham venía siguiendo la jugada desde segunda línea, aparentemente contenido por Roberto Alvarado. "Aparentemente."
Ésa fue la palabra que decidió el partido. Porque el futbol de élite no castiga solamente los errores. Castiga las suposiciones. Jorge Sánchez observó que Alvarado seguía a Bellingham y dejó de verlo apenas un instante. Un instante diminuto. Un microsegundo. Ese espacio temporal es suficiente para un futbolista común. Para Jude Bellingham representa una invitación. Mientras Saka eliminaba a Gallardo por velocidad y técnica individual, Bellingham leyó algo que únicamente los jugadores extraordinarios parecen capaces de leer: no la posición actual de los defensores mexicanos, sino el lugar donde dejarían de estar medio segundo después.
Entonces ocurrió esa magia invisible que distingue al gran futbol europeo. No corrió hacia el balón. Corrió hacia el vacío. Entre Roberto Alvarado, Érik Lira y Jorge Sánchez apareció una grieta que ningún mexicano alcanzó siquiera a percibir. Cuando el centro de Saka comenzó a viajar por el aire, Bellingham ya no estaba donde todos creían. Había desaparecido. Y reapareció exactamente donde debía.
El cabezazo al minuto 35:55 fue solamente el acto final de una obra que había comenzado 19 segundos antes con el portero Pickford. Después vino el gesto inevitable. Jorge Sánchez reclamó a Roberto Alvarado. Pero en realidad no había nadie a quien reclamar. La velocidad mental de Bellingham había derrotado a la comunicación defensiva mexicana. Ésa es probablemente la primera gran enseñanza. Contra futbolistas de esa dimensión nunca basta con saber dónde están. Hay que imaginar dónde estarán dentro de dos segundos.
El segundo gol resulta todavía más cruel porque nace exactamente del lugar donde México pretendía construir. Minuto 37:24. César Montes entrega el balón a Gilberto Mora. El joven mediocampista recibe de espaldas. En el futbol profesional esa imagen equivale a escuchar el sonido de un fósforo encendiéndose cerca de un barril de pólvora. Anthony Gordon y Elliot Anderson no fueron hacia el balón. Fueron hacia la decisión. Anderson roba la pelota apenas un segundo después y la pone en los pies de Gordon quien acelera. Gilberto Mora y Érik Lira intentan detenerlo. Incluso alcanzan a derribarlo parcialmente. Pero Inglaterra juega una velocidad diferente. Gordon consigue entregar. Bellingham recibe. Dos toques. Harry Kane. Un toque. Devolución inmediata.
Y entonces aparece una sociedad futbolística inglesa que explica por qué Inglaterra resulta tan peligrosa. Kane jamás se enamora del balón, lo utiliza, Bellingham jamás espera el pase, lo provoca. Mientras Kane devolvía la pelota de primera intención, Bellingham ya había iniciado el desmarque entre Érik Lira y César Montes. Visto con lupa y con el paso del tiempo, eso no fue improvisación, fue memoria colectiva, fue entrenamiento, fue sincronización, fue confianza absoluta en que el compañero comprendería exactamente la misma idea.
Sesudo lector, cuando el balón regresó a sus pies ya nadie podía alcanzarlo. Al minuto 37:33 Inglaterra había marcado el segundo gol. Ocho segundos. Eso tardó el equipo inglés desde la recuperación hasta la red, 19 segundos en el primer gol y Ocho segundos en el segundo gol a partir de la recuperación. En menos tiempo del que muchos espectadores tardan en levantarse de su asiento para celebrar un gol, Inglaterra ya había fabricado uno.
La diferencia entre ambos equipos no fue el talento individual. México posee futbolistas capaces de competir contra cualquiera. La diferencia estuvo en la velocidad con la que Inglaterra procesa la información. Mientras México todavía interpreta una jugada, Inglaterra ya está ejecutando la siguiente. Eso también es entrenamiento, eso también se aprende. Y ésa quizá sea la enseñanza más valiosa que deja esta derrota.
Durante muchos años en México hemos discutido si nuestros jugadores tienen calidad suficiente para competir con las potencias. Tal vez hemos estado haciendo la pregunta equivocada, la verdadera diferencia ya no reside únicamente en la técnica, reside en la velocidad cognitiva. En la rapidez para percibir, decidir y ejecutar. En entender que el futbol moderno ya no pertenece solamente al que corre más rápido con las piernas, ni si quiera al que tiene más tiempo el balón. Pertenece al que piensa más rápido con el cerebro. ¿Y eso cómo se entrena?
Por otro lado, no deja de ser simbólico que Inglaterra volviera a cruzarse en el camino mexicano. En 1966, sobre suelo británico, ambos países escribieron uno de aquellos capítulos que alimentaron la historia del futbol entre dos naciones de estilos profundamente distintos. Inglaterra ganó 1-0 en aquel entonces. Sesenta años después, el escenario es diferente, los protagonistas también, pero permanece una constante: Inglaterra sigue recordándole a México que el margen entre competir y ganar suele medirse en detalles casi invisibles.
Querido y dilecto lector, quizá por eso la vieja canción del cuarteto de Liverpool, “Hey Jude” que alude a nuestro verdugo futbolero, terminó encontrando su lugar en este partido. Porque durante un minuto con treinta y ocho segundos todo el estadio escuchó, sin necesidad de música, el mismo estribillo. Hey Jude. Y Jude respondió como responden los grandes futbolistas. No cantando. Jugando.
El tiempo hablará.




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