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Opinión de Locuras Cuerdas · El embajador, la frontera y el silencio. Por Jorge Chávez Mijares.

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Opinión de Locuras Cuerdas · El embajador, la frontera y el silencio. Por Jorge Chávez Mijares


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Querido lector, por momentos, la diplomacia se parece a un animal nocturno: camina sin hacer ruido, observa sin anunciarse y deja huellas solo para quien sabe mirar el suelo. Así fue la visita del embajador de Estados Unidos Ronald Johnson a esta franja donde el río no divide, sino que administra tensiones.

Matamoros lo recibió sin aspavientos. No hubo alfombra, ni boletines prematuros, ni la cortesía excesiva de la política local. El embajador vio primero la ciudad desde sus símbolos: La Gran Puerta de México, ese arco rojo que no grita, pero insiste. Allí posó con su esposa, allí escuchó, quizá sin que nadie se lo dijera, que esta ciudad se piensa a sí misma como umbral, no como patio trasero. Una frontera que no pide permiso para existir.

Luego vino el Consulado. Puertas adentro. Sin cámaras abiertas, sin público. Un encuentro reservado con quienes sostienen la relación bilateral en el terreno donde se prueba de verdad: la ventanilla, el expediente, la decisión cotidiana. El embajador habló de seguridad, de prosperidad compartida, de vidas que se tocan todos los días sin necesidad de discursos. No fue una arenga: fue un reconocimiento. En esa sala, banderas al fondo, sillas alineadas, silencio atento, se respiraba algo más cercano al oficio que al protocolo.

Pero hubo un tercer momento, más íntimo aún. En la casa de la Cónsul, lejos de reflectores y comunicados, se sostuvo una conversación estratégica con actores empresariales de la ciudad. Allí estuvieron Poncho Sánchez, Manuel García y Rolando González Barrón. No fue reunión multitudinaria ni foro abierto; fue mesa corta, diálogo directo. El embajador escuchó diagnósticos sin maquillaje, habló de competitividad regional, de cadenas de suministro y de esa palabra que en frontera pesa doble: confianza. En esa residencia consular, donde el protocolo se vuelve discreción, la diplomacia tomó la forma más eficaz que conoce: la conversación franca entre quienes producen y quienes deciden.

Si el embajador pensó en el alcalde de Matamoros, lo hizo en clave indirecta. Aquí la autoridad municipal está ausente del escenario binacional, encapsulada en su propio laberinto doméstico, más preocupada por su reflejo que por el mapa. La ciudad, sin embargo, sigue funcionando a pesar de sus administradores. Y eso, para un diplomático experimentado como el embajador Ronald Johnson, no pasa desapercibido.

Sesudo lector, el cruce fue el momento más revelador. El paso de Matamoros a Brownsville no fue una travesía simbólica, sino una operación medida al minuto. Los agentes del CBP ya sabían cuándo cruzaría el embajador. No por cortesía, sino por eficiencia. La frontera se tensó apenas lo necesario para dejarlo pasar sin fricciones. Un convoy discreto. Papeles listos. Nadie improvisa cuando se trata de un Embajador de EU.

Del otro lado, el contraste fue inmediato. En Brownsville no hubo silencio: hubo estructura. El puerto lo recibió como se recibe a quien entiende el lenguaje del acero y la logística. La reunión ocurrió en la sala donde se deciden rutas, inversiones y toneladas. Mesa cerrada, mapas proyectados, café servido sin ceremonia. Tres interlocutores. Nada más.

El embajador caminó el puerto que sí existe, acompañado de Virginia Hantsch, Cónsul General del Consulado de Estados Unidos en Matamoros. No posó: caminó. Entre grúas, patios industriales y barcos que no entienden de discursos, solo de horarios. Escuchó, preguntó, midió con la vista. Allí estaba la frontera que sí produce: la que conecta cadenas de suministro y convierte el río en infraestructura.

Si el embajador pensó en el alcalde de Brownsville, lo hizo ya no solo en clave de eficacia, sino de excelencia cívica. Como se piensa en un gobernante que ha comprendido que una ciudad fronteriza es, ante todo, una pieza mayor del tablero geopolítico: un nodo donde convergen comercio, seguridad, innovación y futuro. Brownsville aparece entonces como una ciudad conducida con rigor, con visión de largo plazo y con una autoridad municipal que ha sabido estar a la altura de su tiempo, ejercer el poder sin estridencias y convertir la administración local en una plataforma creíble para el diálogo internacional. Un liderazgo, en suma, que no improvisa: gobierna.

Y luego SpaceX. Starbase no es una visita: es una declaración de intenciones. El embajador miró los cohetes como se mira una tesis nacional. Innovación, riesgo, audacia. Allí, inevitablemente, la frontera se desdibuja. Matamoros aparece al fondo, silenciosa, viendo despegar el futuro desde la banqueta de enfrente. Brownsville, en cambio, está sentada en la mesa donde se diseña.

Quizá el embajador pensó, no lo dijo, pero pudo pensarlo, que las ciudades no compiten por discursos, sino por capacidad de estar listas. Que la historia no espera a quien se distrae en su propio espejo. Y que la frontera no es un problema: es una prueba permanente. La visita terminó como empezó: sin estridencia. La noticia se soltó tarde, casi a regañadientes, cuando ya todo había ocurrido. Como debe ser cuando lo importante no es la foto, sino lo que queda después.

Querido y dilecto lector, las veces que embajadores de Estados Unidos han visitado Matamoros fue en octubre de 2019 con Christopher Landau y el 16 de febrero del 2022 Ken Salazar quien regresó el 17 de octubre de 2023. En la visita de Christopher Landau se permitió algo que hoy parece casi de otra época: la cercanía. Dialogó con la prensa, convivió con los actores políticos locales y tuvo incluso palabras públicas en el Festival Internacional de Otoño. No fue ligereza; fue el reflejo de un momento distinto, de una frontera que todavía admitía gestos abiertos y pedagogías cívicas.

La visita actual, más sobria y reservada, no desmiente aquella, sino que la contrasta. Porque la frontera, al rodar de los años, cambia de tono según las circunstancias que la rodean. Gracias por venir a nuestra ciudad, embajador Ronald Johnson. Regrese pronto.

El tiempo hablará.

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