Opinión de Locuras Cuerdas. ·El Bicentenario que calló la música para honrar a sus héroes. Por Jorge Chávez Mijares
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Opinión de Locuras Cuerdas
El Bicentenario que calló la música para honrar a sus héroes.
Por Jorge Chávez Mijares

Querido lector, hay días en que una ciudad deja de ser geografía y se vuelve corazón colectivo. El homenaje póstumo a los bomberos caídos en Matamoros fue uno de esos días en que el tiempo pareció inclinar la cabeza, como si incluso el calendario reconociera que estaba presenciando un acto de heroísmo mayor.
La ceremonia comenzó con una frase que flotó en el aire como un evangelio civil: “No hay mayor amor que dar la vida por los demás.” Y, en efecto, desde la primera palabra de la maestra de ceremonias, el recinto, la histórica y tradicional Estación Central de Bomberos, ubicada en la esquina de la calle 12 y Río Bravo, en la colonia San Francisco, se transformó en templo laico del sacrificio, en altar del fuego, en acrópolis fronteriza donde la ciudad se miró a sí misma con respeto, duelo y reverencia.
El minuto de silencio no fue silencio: fue una presencia densa, una tristeza suspendida, un dolor que gravitaba sobre los hombros de la audiencia. Matamoros entero parecía contener la respiración. El aire pesaba. La memoria ardía. Luego vino el momento litúrgico, casi homérico: la intervención de la doctora Nancy Iliana Galarza Coello, directora de la Unidad Operativa de Protección Civil.
Con la voz quebrada, como quien nombra a sus muertos y, al mismo tiempo, a sus hermanos, habló de la corporación como familia, como segunda casa, como hermandad forjada entre humo, sirenas y servicio. Dijo que los caídos no solo fueron buenos bomberos, sino seres humanos nobles, ganadores del corazón público. Y era verdad: lo demostraba la multitud ciudadana, la asistencia masiva, la polis reunida en la Estación Central de Bomberos.
No era un acto vacío: era Matamoros en pleno, padres, madres, niños, voluntarios, rescatistas, vecinos, jóvenes, ancianos, todos, formando un coro trágico, un pueblo que honra a sus héroes. Entonces ocurrió uno de los instantes más poderosos de toda la ceremonia: el último pase de lista.
La doctora Galarza, con temple de sacerdotisa cívica, ordenó: ¡Atención personal, firmes, ya!
Los nombres de la corporación fueron pronunciados como si fueran columnas de un templo. Y después, como toque marcial del destino, nombró tres veces a cada uno de los caídos, acompañada por la banda de guerra:
Capitán instructor Ángel Gustavo Acuña Hernández.
Bombero Primero Carlos Emanuel Hernández Che.
Comandante Osvaldo Javier Cedillo López.
Cada nombre era una campanada. Cada repetición, un acto de inmortalidad. Era como si los héroes no respondieran porque ya estaban respondiendo desde otro plano, desde el panteón moral de la ciudad. Después, las sirenas, las alarmas, los aplausos prolongados. Un minuto y medio en que el ruido se volvió antorcha, eco eterno, juramento colectivo. Matamoros intentaba, a fuerza de aplausos, vencer a la muerte.
El Heroico Cuerpo de Bomberos, que hoy la palabra “Heroico” nos resuena con particularidad, formó guardia de honor como una orden sagrada del fuego. Los féretros, cubiertos con la bandera nacional, parecían naves solemnes rumbo a la eternidad. Los compañeros, hermanos de humo, lloraban sin pudor: rostros quebrados, miradas húmedas, dolor genuino, no actuado. Los héroes vivos de pie, pero rotos por dentro. La cofradía del fuego llorando a sus caídos como guerreros antiguos.
La multitud ciudadana, abundante, compacta, con niños en brazos y manos aplaudiendo, era la polis doliente, el pueblo convertido en asamblea moral. No era un funeral: era un acto de civilización.
Desde el presídium, convertido en coro trágico griego, estaban el alcalde Alberto Granados, el secretario del Ayuntamiento Lic. Cuauhtémoc Manuel Perusquia, la doctora Nancy Iliana Galarza Coello, autoridades civiles, mandos institucionales. Pero hubo un detalle que merece registrarse: el rostro del alcalde Granados, visiblemente triste, contenido, humano.
Una grata sorpresa para muchos, acostumbrados a otras facetas suyas, hoy superadas por la gravedad del momento. En esta ocasión, la sensibilidad lo colocó a la altura del duelo. Su mensaje fue breve, tres minutos, pero cargado de respeto. Recordó el siniestro ocurrido el 23 de enero, alrededor de la 1:00 de la mañana, cuando Protección Civil y Bomberos acudieron al llamado en el Parque Industrial…y no regresaron a casa.
Dijo una verdad que quedará grabada: “Servir a la patria no siempre se hace con armas; también se hace con valor, con fuego de frente y con la vida misma.” Anunció el compromiso institucional, económico y emocional con las familias, y tomó una decisión de profundo simbolismo en el año del Bicentenario del nombre de Matamoros: la suspensión del concierto del grupo Pesado el 28 de enero, como señal de duelo público. La reacción fue inmediata: aplausos espontáneos, como si la ciudad aprobara que la fiesta cediera el paso al respeto y al duelo.
Después vino la guardia de honor, la intervención religiosa de Monseñor Francisco Ignacio Loth Vaquera, la entrega de las banderas a los deudos, y finalmente, el recorrido por la ciudad, como si Matamoros escoltara a sus héroes en su último servicio.
Y en medio de todo, querido lector, estaba el edificio de Bomberos, la Estación Central, ese número 1 en la fachada, convertida en templo del sacrificio, cuartel homérico, puerta sagrada por donde salen, y a veces no regresan, los guardianes del fuego.
Querido y dilecto lector, hoy Matamoros está herido. Pero, repito, también está ennoblecido. Porque Ángel Gustavo Acuña Hernández, Carlos Emanuel Hernández Che, y Osvaldo Javier Cedillo López no murieron solo como servidores públicos: ascendieron al rango de héroes nacidos en la frontera norte. Porque mi Matamoros está herido. Pero también, gracias a ellos, está más digno. Descansen en paz.
El tiempo hablará.








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