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Opinión de Locuras Cuerdas. El arte de fabricar víctimas. Roberto Lee en la mira. Por Jorge Chávez Mijares.

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Opinión de Locuras Cuerdas. El arte de fabricar víctimas. Roberto Lee en la mira.

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, A diferencia de la presidenta Claudia Sheinbaum yo sí estoy leyendo, casi devorando, el libro “Ni Venganza Ni Perdón” de Julio Scherer y Jorge Fernández Menéndez, y gracias a los primeros capítulos leídos puedo inferir que la política mexicana tiene una pedagogía secreta: cuando no puede derrotar a alguien en las urnas, intenta derrotarlo en la narrativa. Y a veces, no siempre, pero a veces, el tiro sale por la culata.

En el capítulo cuatro del mencionado libro titulado “El Desafuero” dice que en 2004, mientras los videoescándalos estallaban como fuegos artificiales tóxicos sobre el Zócalo, muchos pensaron que Andrés Manuel López Obrador estaba acabado. Los sobres amarillos de Carlos Ahumada parecían dinamita suficiente. Pero entonces vino el desafuero, y lo que debía ser jaque mate terminó siendo resurrección. El jefe de Gobierno pasó de sospechoso a perseguido, de señalado a símbolo. El país se partió en dos, y en esa fractura nació un mito.

Sesudo lector, Julio Scherer lo explicó sin adornos: el líder social que logra colocarse en el lugar de víctima despierta el instinto protector de la multitud. Nuestra gente, decía, quiere a las víctimas, no a los victimarios. Y así, el desafuero dejó de ser expediente y se convirtió en altar. En lo personal no comparo dimensiones históricas. No es lo mismo un jefe de Gobierno capitalino en vísperas presidenciales que un dirigente estatal que concentra su operación en Matamoros. Pero los mecanismos del poder suelen repetirse con variaciones de acento.

En Tamaulipas, el nombre de Roberto Lee comenzó a aparecer en notas digitales con palabras de alto voltaje: lavado de dinero, huachicol, red de contrabando, bebida peligrosa, riesgo juvenil. Investigaciones en curso. Fuentes anónimas. Expedientes abiertos. Y un detalle curioso: menciones a medios nacionales donde, al buscarlos, no aparece la nota citada. Fantasmas editoriales que flotan como neblina.

Conspicuo lector, debo aceptar que el lenguaje es bastante grave. Pero la sentencia, es inexistente. La acusación, contundente. Pero la prueba pública, difusa. Y entonces ocurre lo interesante. En los comentarios, esa plaza pública digital donde la gente no tiene guion, el instinto no siempre es lapidario. Muchos no celebran el ataque; cuestionan la intención. Sospechan del timing. Intuyen el golpeteo. Y cuando la sospecha de maniobra supera la gravedad del señalamiento, la narrativa cambia de signo.

Lo que debía ser desgaste puede convertirse en cohesión. Así comenzó el giro del desafuero: cuando la sociedad percibió exceso. Cuando el castigo parecía anticipado. Cuando el expediente olía más a estrategia que a justicia. No afirmo inocencias ni culpas. Eso pertenece al terreno judicial, no al literario. Pero sí observo el fenómeno político: en tiempos de hipercomunicación, el ataque masivo puede producir el efecto inverso si se percibe como intento de demolición anticipada.

Y conviene decirlo con serenidad: no deberíamos acostumbrarnos a consumir denuncias sesgadas que parten de hipótesis y se presentan como si fueran pruebas irrefutables. La sospecha no es sentencia. La insinuación no es veredicto. Cuando la narrativa sustituye al debido proceso, todos, absolutamente todos, quedamos expuestos a la lógica del linchamiento preventivo.

Ayer lo platicaba con un buen amigo, el día que aceptemos como normal que la hipótesis se disfrace de certeza, ese día no solo se habrá debilitado a un personaje público; se habrá erosionado el suelo mismo sobre el que descansa la confianza colectiva. El poder, decía Maquiavelo sin decirlo, debe golpear de una sola vez y con legitimidad. Cuando golpea en ráfagas mediáticas, sin sentencia, corre el riesgo de fabricar aquello que intenta destruir.

En 1981 el ataque de Agapito González a Jorge Cárdenas hizo más fuerte al opositor. En 2004, el desafuero de Fox convirtió a un AMLO en causa. Me queda claro que en política, el exceso es alquimista: transforma plomo en oro simbólico. ¿Está ocurriendo algo semejante en Tamaulipas? ¿O es solo ruido pasajero en el ecosistema digital? Pero hay una ley no escrita en la Matamoros, esa tierra donde los rumores caminan más rápido que las caravanas: cuando la gente huele injusticia, aunque no conozca todos los detalles, se alinea emocionalmente.

Querido y dilecto lector, en política, la emoción precede al voto. Las puertas de la historia no se abren con martillo. Se abren con bisagra. Y a veces la bisagra no está en el expediente, sino en la percepción. Porque el verdadero poder no está en la acusación. Está en quién logra convencer a la multitud de que está siendo injustamente señalado. El resto, como en el desafuero, lo decide la calle. Y la calle, ya lo sabemos, tiene memoria selectiva, pero instinto infalible.

El tiempo hablará.

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