Opinión de Locuras Cuerdas ·Doctor Rubén Montalvo Montelongo: El médico que sembró médicos. Historias del Bicentenario. Por Jorge Chávez Mijares.
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- 12 jul
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Opinión de Locuras Cuerdas
·Doctor Rubén Montalvo Montelongo: El médico que sembró médicos. Historias del Bicentenario.
Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, dentro de esta serie de Historias del Bicentenario de Matamoros haremos una pausa necesaria. Porque la historia de una ciudad no solamente se escribe con decretos, batallas, edificios antiguos o fechas solemnes colocadas en los libros. La historia verdadera también se construye con las manos de aquellos hombres que tocaron vidas, con las voces que enseñaron caminos y con los seres humanos que, sin proponérselo, terminaron convirtiéndose en instituciones.
El martes 7 de julio de 2026 falleció el doctor Rubén Montalvo Montelongo, un prócer de la medicina matamorense, un hombre cuya existencia tuvo una extraña relación con el tiempo: porque hay personas cuya partida física marca el final de una vida, pero también señala el inicio de una permanencia. A algunos hombres se les recuerda por lo que tuvieron. A otros por los cargos que ocuparon. Pero existen unos cuantos, muy pocos, a quienes se les recordará por aquello que dejaron sembrado en los demás. El doctor Rubén Montalvo pertenecía a estos últimos.
Lo conocí en primera instancia gracias a mi hermano, el doctor Guillermo Chávez, y posteriormente quien me permitió acercarme más a su historia fue su hijo, el también doctor Héctor Montalvo. Curiosamente, los tres unidos por una misma vocación: la pediatría. Después de dos largas conversaciones con el doctor Rubén Montalvo comprendí algo que he repetido muchas veces: los hombres que han vivido intensamente son bibliotecas caminantes. Cada recuerdo es una página; cada anécdota, un capítulo; cada experiencia, una ventana abierta hacia un tiempo que ya no existe, pero que sigue respirando a través de ellos.
Para entender la dimensión histórica de nuestro personaje debemos iniciar diciendo que en 1971 fue el primer especialista en cirugía pediátrica establecido en Matamoros. Fue quien realizó en nuestra ciudad la primera cirugía de labio leporino y paladar hendido en 1974 en el Hospital Alfredo Pumarejo. Fue el primer presidente del Colegio de Pediatría en Matamoros en 1992 y uno de los fundadores de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Pero antes de convertirse en maestro de generaciones, hubo un niño.
Rubén Montalvo Montelongo nació el 15 de enero de 1932 en Ocampo, Tamaulipas. Hijo de don José Montalvo, quien desarrolló una importante carrera dentro del sistema aduanal mexicano, y de la maestra Ernestina Montelongo. Dicen que todos los destinos tienen un instante secreto donde comienzan a escribirse. El suyo ocurrió cuando apenas tenía seis años. En aquel Ocampo de su infancia existía un personaje que parecía salido de una novela: el doctor Delfino Escobar. Un médico que recorría caminos a caballo para visitar pacientes, siempre vestido impecablemente de blanco, incluyendo sus zapatos. Para aquel niño llamado Rubén, esa imagen era casi fantástica.
El médico del pueblo no solamente curaba cuerpos; representaba respeto, conocimiento, elegancia y servicio. Ahí nació la primera semilla. También llevaba en su sangre historias de carácter. Su abuelo materno, Federico Montelongo, había sido general revolucionario. Quizá por eso aquel niño entendió temprano que algunas batallas se ganan con armas, pero otras más profundas se ganan con conocimiento. Terminó su educación secundaria en Tamatán, Ciudad Victoria, y después formó parte de un grupo de jóvenes tamaulipecos que decidieron enfrentarse a la inmensidad de la Ciudad de México.
Eran diez muchachos con una maleta llena de ilusiones. Pero la gran ciudad también prueba voluntades. Siete fueron seducidos por las luces de la metrópoli y solamente tres lograron culminar aquel sueño académico. Entre ellos estaba Rubén Montalvo, aquel joven nacido en Ocampo que egresaría como médico de la Escuela Superior de Medicina del Instituto Politécnico Nacional. Recordaba con una mezcla de orgullo y nostalgia aquella generación: “Ingresamos cincuenta y cuatro alumnos en 1954 y nos recibimos en 1959 los mismos cincuenta y cuatro”.
Una frase sencilla, pero que describía otra época. Una época donde abandonar un sueño no era una alternativa fácil. Al terminar sus estudios, el destino comenzó a acercarlo a Matamoros. Pidió realizar su servicio social en el poblado Control, motivado originalmente —decía con una sonrisa— porque alguien le había contado que ahí había mujeres muy guapas. Sin embargo, su tío Edmundo Castro Núñez, quien había sido Oficial Mayor durante el gobierno del doctor Norberto Treviño Zapata, terminó orientándolo hacia ese lugar. Así llegó en 1960 el joven médico Rubén Montalvo al poblado Control, era otro Matamoros. El vaso del Culebrón seguía abierto, todavía podía practicarse esquí acuático, existía la estación ferroviaria y la región vivía los últimos grandes días del algodón.
En medio de aquella conversación histórica, llena de nombres, fechas y acontecimientos, el doctor hizo una pausa inesperada. Como si entre todos sus recuerdos hubiera uno guardado con especial cariño. Entonces me dijo: “Ahí disfruté las mejores tortillas de harina que he probado en mi vida”. Esa frase aparentemente pequeña explica mucho de la condición humana. Porque al final los hombres extraordinarios también están hechos de recuerdos sencillos, un aroma, un sabor, una tarde, una mesa. La grandeza siempre necesita un poco de humanidad para no convertirse solamente en estatua.
Años después llegaría otro momento definitivo de su vida. Mayo de 1965. En una fiesta de quince años en Ciudad Mante, a la que asistió incluso el gobernador Praxedis Balboa, el joven doctor vio a una mujer llamada Aracely López Espinosa. Quedó hechizado desde el primer momento. Algunas historias comienzan con discursos enormes. Otras solamente con una mirada. Ella era hija del doctor Julio López Landín, médico encargado del ingenio azucarero de Ocampo y reconocido además por su extraordinaria caligrafía, al grado de elaborar títulos universitarios en San Luis Potosí.
Aquella noche Rubén Montalvo invitó a bailar a Aracely. Y quizá sin saberlo, bailó hacia el resto de su vida. La vio en el esplendor de su juventud y entendió que había encontrado a la persona con quien quería compartir su camino. Meses después, el domingo 5 de septiembre de 1965, contrajeron matrimonio en Ciudad Mante y posteriormente viajaron a Ocampo para celebrar una fiesta inolvidable que duró tres días, como las fiestas de José Arcadio Buendía en Macondo como nos contaba García Márquez en “Cien años de Soledad”, la vida real superaba la ficción. Una de esas celebraciones de antes, cuando los pueblos parecían detener el reloj para acompañar una alegría.
De ese matrimonio nacieron cinco hijos: José Rubén, licenciado en sistemas; Julio Javier, licenciado en derecho; Héctor Ernesto, cirujano pediatra y urólogo pediatra, y mi amigo; Rodolfo, arquitecto, y Aracely, licenciada en educación. Porque la herencia más importante de una familia no siempre es material. Algunas veces son valores, disciplina y ejemplo.
La llegada del doctor Montalvo como cirujano pediatra transformó la medicina en Matamoros. Antes de él, los procedimientos quirúrgicos infantiles eran realizados por médicos que atendían diferentes áreas, pero él llegó con una nueva visión. Solía explicar algo fundamental: Los niños no son adultos pequeños, son pacientes distintos, con necesidades distintas, su presencia marcó un antes y un después.
Una ocasión recibió una llamada del reconocido doctor Antonio Cavazos Garza. “Rubén, ¿cómo estás? Habla el doctor Antonio Cavazos”. Después de los saludos vino la petición. Necesitaba apoyo para operar una hernia hiatal y le preguntó si tenía experiencia. La respuesta del doctor Montalvo fue clara: “He operado muchas hernias hiatales de niño”. Cavazos respondió: “Pues las de adulto son más fáciles, te espero en mi clínica”. La sorpresa vendría después. El paciente era nada más y nada menos que el líder obrero Agapito González Cavazos. La cirugía fue exitosa y quedó como uno de esos capítulos donde dos grandes médicos unieron experiencia y talento.
Pero quizá una de las obras más trascendentes del doctor Rubén Montalvo no ocurrió solamente dentro de un quirófano, sino dentro de un salón de clases. Fue fundador y pilar de la Facultad de Medicina de Matamoros. Recordaba aquellos primeros años junto a médicos como Ernesto Chanes, Valerio Zivec, Pedro Garza Cantú, la doctora Vela y el doctor Irurita de León, entre otros pioneros. La primera generación tuvo 117 alumnos. Pero jamás entendió la medicina únicamente como ciencia. Invitaba a sus alumnos a leer más allá de los libros médicos, porque sabía que un doctor necesita conocer enfermedades, pero también comprender seres humanos. Por eso fue maestro, por eso fue decano, por eso durante más de medio siglo no solamente formó médicos: formó conciencias.
El doctor Rubén Montalvo Montelongo fue un maestro fundador, un impulsor de generaciones de médicos cirujanos, un humanista y un referente de la docencia universitaria. Hay quienes pasan por una ciudad y hay quienes hacen que una ciudad ya no sea la misma después de su paso. El doctor Montalvo modificó la realidad de Matamoros desde una trinchera silenciosa: un consultorio, un quirófano, un aula. Porque un médico salva vidas. Pero un maestro de medicina multiplica las manos que seguirán salvándolas cuando él ya no esté.
Querido y dilecto lector, el 7 de julio de 2026 Matamoros despidió al hombre. Pero la historia recibió al personaje. Y ahora aquella frase que he usado mirando hacia el futuro cambia inevitablemente de tiempo. Porque en el caso del doctor Rubén Montalvo Montelongo...
El tiempo habló.




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