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Opinión de Locuras Cuerdas ·De Sinaloa al algoritmo: anatomía de una crisis. Por Jorge Chávez Mijares.

  • locurascuerdas1
  • 3 may
  • 5 Min. de lectura

Opinión de Locuras Cuerdas


De Sinaloa al algoritmo: anatomía de una crisis.

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, hay momentos, y este lo es, en que la realidad parece escrita por un novelista con exceso de cafeína y un leve resentimiento contra la cordura. Porque lo que hoy cruza el aire denso de la conversación pública no es solo una acusación, sino una atmósfera. Una niebla espesa donde las palabras pesan más que los hechos y donde la percepción, esa criatura caprichosa, comienza a gobernar más que la evidencia. Hace unos días, en una sobremesa sin protocolo, de esas donde el café se enfría mientras la conversación se calienta, un funcionario público, de esos que aún creen que el silencio es una forma de estrategia, me dijo con cierta resignación:

—“El problema ya no es lo que hagas, es lo que digan de ti en digital.”

Y luego, como si confesara un pecado moderno, añadió:

—“Antes te juzgaban en los periódicos. Hoy te ejecutan en la pantalla digital, sin juicio.”

No le faltaba razón. Porque en el ecosistema digital actual, sesudo lector, la verdad compite, y muchas veces pierde, contra la velocidad. Sin embargo, y aquí es donde la prudencia debe imponerse a la histeria colectiva, no todos los incendios digitales son iguales. Algunos son meras bengalas de ocasión; otros, como el que hoy sacude a Sinaloa y a su aún gobernador, exigen una lectura de 360 grados, con lupa y con temple. Porque en medio del ruido siempre hay rendijas por donde se cuela la realidad, y también la manipulación.

Fue en ese contexto que mi amigo Adrián Gallardo, desde la siempre vibrante Ciudad de México, me envió un documento. Quince puntos, como si fueran estaciones de un viacrucis analítico, elaborados por “AiGORITMIA Group”. Me di a la tarea de leerlo con detenimiento, no como quien busca confirmar prejuicios, sino como quien intenta comprender el pulso de una sociedad que ya no murmura: grita. Y lo que encontré, merece ser contado.

El estudio parte de una premisa tan simple como devastadora: la conversación digital ya no se mide solo en palabras, sino en cinco dimensiones, presencia, influencia, alcance, impacto y sentimiento. Es decir, no basta con decir algo; importa quién lo dice, cuántos lo ven, cómo reaccionan y, sobre todo, qué sienten. Y lo que sienten, ahí está el corazón del asunto, es mayoritariamente negativo. Son los tiempos que vivimos.

Viene la numeralia. Más de 133 mil publicaciones en apenas 24 horas. Más de 10.99 billones de impresiones potenciales. Un crecimiento de más del 3,000% en el volumen de conversación. Cada publicación impactando, en promedio, a más de 82 mil pantallas digitales. No es conversación: es saturación, una avalancha. El estudio lo dice con frialdad matemática, no hay para dónde hacerse: este es el tema dominante de la agenda nacional. Pero lo verdaderamente inquietante no es el volumen, sino su origen.

El 98.8% de la conversación es orgánica. Es decir, no son bots, no es una guerra artificial. Es la gente, la plaza pública digital hablando, (las ¿benditas? redes sociales) opinando, sospechando. Facebook, ese viejo foro que muchos creían envejecido, incluyendo mis hijos, concentra casi el 90% del debate. Ahí se libra la batalla real, la de los ciudadanos de a pie, donde el sentimiento negativo alcanza el 79%.

Mientras tanto, TikTok, todavía de los chinos, ese laboratorio emocional de las nuevas generaciones amplifica el enojo con una viralidad peligrosa. Porque no informa, conmueve y lo hace más rápido que lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, diría Joaquín Sabina. X (antes Twitter), por su parte, sigue siendo el reducto del círculo rojo: menos volumen, pero mayor intensidad política. La conclusión es clara: la crisis ya no es de élites, es de percepción social.

Y aquí, aparece una de las claves más finas del análisis que me compartió Adrián: aunque los grandes medios generan el alcance, son los ciudadanos quienes sostienen la conversación. El 92% de las publicaciones proviene de usuarios comunes, esos que opinan cómodamente desde el anonimato. Es el pueblo digital construyendo su propia narrativa. Una narrativa que, por cierto, no está siendo favorable para el actual régimen.

El sentimiento general: 72.2% negativo. Y aún más revelador, entre los usuarios comunes, el rechazo es mayor que en la narrativa institucional. Es decir, la desconfianza no viene de los medios, viene de abajo. De la calle convertida en pantalla. El documento también describe la secuencia casi teatral de los hechos: Primero, la acusación del Departamento de Justicia de Estados Unidos, luego, la amplificación mediática, después, la presión política, y finalmente, la reacción institucional en la mañanera.

El diagnóstico es letal comunicacionalmente, un ciclo dictado desde fuera. Una agenda impuesta. México reaccionando, no conduciendo. En cuanto a los temas, el estudio es implacable: el eje central no es político, es criminal. Las palabras que dominan la conversación son “Cártel de Sinaloa”, “extradición”, “cadena perpetua”. Y aquí radica el verdadero riesgo, la conversación ya no se queda en lo local. Se eleva al plano nacional e incluso internacional. No es Sinaloa, es el Estado mexicano.

Sesudo lector, las narrativas dominantes se agrupan en tres frentes, El legal, donde el miedo a las consecuencias es palpable. El político, donde la oposición encuentra terreno fértil. Y el diplomático, donde la relación México–Estados Unidos se tensiona justo en medio de la revisión del TEMEC. Pero hay una cuarta narrativa, más sutil y más peligrosa: la del “narcoestado” instalándose en el imaginario colectivo. No como acusación formal, sino como percepción cotidiana.

Y quienes le saben al tema saben que las percepciones, una vez arraigadas, son más difíciles de erradicar que los hechos. Del lado institucional, la defensa existe, pero no conecta. Frases como “carecen de veracidad” apenas logran eco. El lenguaje burocrático se estrella contra la emocionalidad ciudadana. Es una batalla desigual, razón contra sentimiento. Y en redes, el sentimiento suele ganar.

El diagnóstico final es tan claro como incómodo: no se trata de una crisis pasajera, sino de una reconfiguración de la percepción pública. La confianza, esa moneda invisible del poder, está siendo erosionada en tiempo real. Pero, como todo fenómeno humano, también hay oportunidades. La atención está centrada, la audiencia está escuchando y eso, bien gestionado, puede convertirse en una vía de reconstrucción narrativa. El estudio propone una ruta: unidad de mensaje, transparencia, y sobre todo, separar el proceso legal personal de la operación del Estado. No litigar en redes, blindar la gobernabilidad.

Querido y dilecto lector, al final de la lectura, recordé aquella frase que no me dijo, pero que flotaba en la conversación con aquel funcionario:

—“En política, no basta con ser, hay que parecer.”

Diría Hamlet de Shakespeare que hoy, más que nunca, parecer importa. Porque en esta era, la justicia se decide en tribunales, pero la reputación se sentencia en las ¿benditas? redes sociales. Y ahí, no hay apelación posible. ¿O sí?

El tiempo hablará.

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