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Opinión de Locuras Cuerdas De Herodes a Cirilo: tolerancia poder y la naturaleza humana

  • locurascuerdas1
  • 27 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

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De Herodes a Cirilo: tolerancia, poder y la naturaleza humana

Por Jorge Chávez Mijares


Querido lector hay momentos, raros, silenciosos, en que la Historia deja de ser un catálogo de fechas y nombres para convertirse en espejo. No ocurre en medio del ruido, sino en la pausa. A mí me ha sucedido en estos días de asueto navideño, cuando el calendario afloja y el alma baja la guardia. Me invadió un sentimiento bucólico, tenía ganas de usar este concepto: el tiempo lento, la vida reducida a lo esencial, el mundo, por un instante, sin estridencias.

Escribo la presente en el mero día de Navidad, 25 de diciembre de 2025 y fue ahí, en esa calma casi pastoral, donde tuve algo parecido a una teofanía laica. Dos personajes de la Historia aterrizaron con peso real sobre mi conciencia y me obligaron a pensar, no tanto en ellos, sino en la naturaleza humana. Uno fue Herodes el Grande. El otro, Hipatía de Alejandría.

Sesudo lector, debo aclarar que, durante mucho tiempo, Hipatía había sido para mí un ser espectral, ajeno, casi etéreo: una figura lejana de manual, un nombre citado con respeto, pero sin carne. Dices Benito Juárez, Napoleón o Kissinger y tienen sentido histórico de cercanía. Pero en estos días, quizá por la tregua emocional que impone la Navidad, Hipatía de Alejandría dejó de ser abstracción y se volvió presencia. Y entonces dolió.

Buscando historias de Navidad me encuentro que la tradición cristiana cuenta que Herodes el Grande, nombre hiperbólico, temeroso de perder su trono, ordenó la matanza de los inocentes pretendiendo fulminar a Cristo mismo como bebé. No fue un arrebato sanguinario: fue razón de Estado. El poder, cuando se siente amenazado, actúa siempre desde el mismo lugar profundo: el miedo. Herodes no perseguía niños; perseguía una posibilidad. Y cuando la posibilidad no puede identificarse con precisión, la naturaleza humana opta por la eliminación en masa.

Jesús, llevado por sus padres, huyen a Egipto. Egipto como refugio, como promesa provisional de tolerancia. Se convirtieron en una familia errante, el polvo del camino, la vida sostenida apenas por la esperanza. Por un momento, la Historia concede una tregua y parece casi benévola.

Pero la tolerancia, y esta es una de las grandes lecciones de la humanidad, nunca ha sido permanente. Es frágil, transitoria, vigilada. Requiere conciencia, límites y voluntad. Cuando se descuida, el poder ocupa su lugar sin pedir permiso. Siglos después, ese mismo Egipto ya no sería refugio, sino escenario de otra forma de violencia. En Alejandría, el cristianismo había dejado de huir y había comenzado a administrar certezas. Ahí emerge Cirilo de Alejandría, figura compleja, obispo influyente, hijo también de su tiempo.

Quisquilloso lector, Cirilo no empuñó el arma. Pero la naturaleza humana no siempre necesita hacerlo. A veces basta con definir quién sobra. Se puede hacer desde el ágora en Alejandría o desde cualquier mañanera. Hipatía enseñaba. Pensaba. Dialogaba. No atacaba la fe cristiana, pero tampoco se sometía a ella. Y eso, en cualquier etapa de la Historia, ha sido suficiente para volverse intolerable. La turba que la asesinó no actuó solo por fanatismo religioso: actuó obedeciendo una pulsión más antigua y más incómoda de aceptar: el miedo a lo que no se controla.

Puntualmente Herodes mata cristianos para conservar el poder político. La Alejandría cristiana tolera la muerte de una no cristiana, Hipatía para preservar el poder moral. Los nombres cambian. La lógica persiste.

Y aquí la reflexión se vuelve inevitable: la violencia no es monopolio de una fe ni de una época. Es una posibilidad latente de la naturaleza humana cuando la tolerancia se retira, cuando la duda se castiga y cuando la certeza se vuelve absoluta. Por eso Hipatía incomoda hoy más que antes. Porque deja de ser espectro y se convierte en advertencia. Porque nos recuerda que la tolerancia no es un adorno moral, sino una condición de supervivencia civilizatoria.

La Historia no avanza en línea recta: oscila. Y en cada oscilación, la pregunta es la misma: ¿qué hacemos con quien piensa distinto? En Belén, un niño tuvo que huir de aquel que pretendía matar el cristianismo. En Alejandría, una mujer no pudo huir de los cristianos que mataban. Me suena bastante paradójico. Eso es lo que somos como seres humanos: impredecibles y contradictorios. Locos cuerdos.

Querido y dilecto lector, entre uno y otro episodio no hay solo siglos de distancia: hay una lección reiterada sobre lo que somos capaces de hacer cuando olvidamos que la tolerancia no es debilidad, sino contención de nuestra propia sombra. Para más detalles de Hipatía de Alejandría te recomiendo ver la película “Ágora” en la plataforma de Paramount.

El tiempo hablará.

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