Opinión de Locuras Cuerdas ·Cuando Matamoros se volvió Iztapalapa por una noche. Por Jorge Chávez Mijares.
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Opinión de Locuras Cuerdas
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Cuando Matamoros se volvió Iztapalapa por una noche.
Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, hay conciertos donde la gente asiste a escuchar música. Y hay otros donde la gente acude a encontrarse con una parte de sí misma. Lo ocurrido anoche en el Auditorio de la Feria de Matamoros perteneció claramente a la segunda categoría.
A las 10:40 de la noche aparecieron sobre el “Escenario Matamoros” los integrantes de “Los Ángeles Azules”. Desde las primeras notas quedó claro que no se trataba de una presentación cualquiera. La enorme estructura metálica iluminada por cientos de luminarias, las pantallas gigantes que dominaban el recinto y una multitud que ya esperaba de pie anunciaban que la cumbia estaba a punto de asumir el control de la noche.

La apertura llegó con “Las Maravillas de la Vida”. María Belén tomó el protagonismo vocal mientras el acordeón del maestro Jorge Mejía Avante comenzaba a tejer esa combinación tan peculiar que Los Ángeles Azules han perfeccionado durante décadas: nostalgia y alegría bailando juntas. Bastaron unos cuantos compases para que el público matamorense comenzara a moverse. Los expertos del baile ocuparon inmediatamente los espacios libres entre las filas de sillas con la elegancia de quien ha dedicado media vida a la cumbia. Los demás, entre quienes me incluyo, descubrimos que la música volvía irrelevante cualquier carencia técnica. Era imposible permanecer inmóvil. Aunque fuera con el pie izquierdo, todos terminamos bailando.

Las pantallas gigantes acompañaban la experiencia con una explosión de colores. Flores tropicales, aves fantásticas y paisajes imposibles parecían surgir de algún mural mexicano reinventado por la inteligencia artificial. La música entraba por los oídos, pero el espectáculo también se construía con los ojos.
Después llegó “Ay Amor”. El acordeón abrió nuevamente el camino y la voz de Erick de la Peña condujo al público por uno de los territorios favoritos de “Los Ángeles Azules”, el amor perdido, la añoranza y el arrepentimiento de quien sigue enamorado aun después de la despedida. Sin embargo, ni siquiera el desamor lograba disminuir la energía de la pista. Fue entonces cuando el grupo hizo algo que solo los grandes artistas consiguen, convertir su propia historia en parte del espectáculo. Sin romper el ritmo de la canción, lanzaron una especie de manifiesto musical:
—Mis abuelos también se enamoraron con nuestras canciones, cantaban y bailaban; y hoy lo que tú escuchas es real... son los sones... somos los auténticos Ángeles Azules.
La frase resumía perfectamente lo que estaba ocurriendo frente a nosotros. Aquello no era solamente un concierto. Era una reunión intergeneracional. Había abuelos, padres, hijos y nietos compartiendo exactamente las mismas canciones.
La siguiente estación fue “Cumbia a la Gente”, una declaración de principios disfrazada de fiesta. Porque si algo ha conseguido esta agrupación surgida en Iztapalapa es demostrar que la cumbia funciona como un idioma común. No importa la edad, la profesión, la ideología o la condición social. Cuando suena una buena cumbia, todos terminan hablando el mismo lenguaje.
Habían transcurrido varias canciones cuando sucedió algo curioso. Desde algún punto del escenario emergieron las primeras notas de una melodía que no necesitó presentación. Fue apenas un puñado de sonidos, suficientes para quienes asistimos nos reconociéramos mutuamente en una misma emoción. Era “Nunca es Suficiente”. Por un instante la memoria colectiva pareció viajar inevitablemente hacia Natalia Lafourcade. Pero la ausencia de la cantante no pesó demasiado. María Belén asumió el reto con personalidad propia y convirtió la interpretación en uno de los momentos más sólidos de la noche.
Entonces apareció uno de esos rituales que explican por qué “Los Ángeles Azules” han sobrevivido a las modas, a los cambios tecnológicos y a las generaciones. Desde el escenario llegó el llamado:
—¡Los Ángeles!
Y la multitud respondió sin vacilar:
—¡Azules!
No hubo retraso. No hubo duda. Fue una respuesta instantánea. Como si la conversación hubiera comenzado hace décadas en algún patio de Iztapalapa y continuara intacta en Matamoros.
Sesudo lector, el líder visible de la agrupación, Elías Mejía Avante, "El Doc", aprovechó para jugar con la audiencia. Pidió el grito de las mujeres, luego el de los hombres, después el de los que estaban atrás y el de quienes ocupaban las primeras filas. La respuesta fue inmediata. Nadie se reservaba nada. La fiesta ya pertenecía tanto al público como a los músicos. La noche siguió avanzando.
Llegó “Mi Niña Mujer”, ese homenaje al amor a primera vista convertido en admiración profunda. Luego apareció “Cómo Te Voy a Olvidar”, probablemente la canción más emblemática de la agrupación. Y entonces el escenario cambió. Las flores multicolores desaparecieron para dar paso a enormes rostros pintados digitalmente, ojos cerrados y lágrimas convertidas en arte. Era como si las pantallas también entendieran el significado de la canción. Porque si existe una melodía capaz de resumir la derrota de la memoria frente al amor, es precisamente esa. Muchos de los asistentes dejamos de cantar una canción para comenzar a cantar una parte de nuestra propia biografía.
Después llegaron “20 Rosas” y “El Listón de Tu Pelo”. Para entonces el cansancio físico comenzaba a aparecer, pero nadie parecía dispuesto a reconocerlo. Había rostros sudorosos, piernas fatigadas, entre ellas las mias, y respiraciones aceleradas. Sin embargo, la pista improvisada seguía viva. Estábamos cansados, sí. Pero maravillosamente bien bailados. Y quizá esa sea una de las grandes virtudes de “Los Ángeles Azules”, logran que el esfuerzo físico se parezca a la felicidad.
Mientras avanzaba el concierto, las pantallas continuaban transformándose. Aparecieron retratos coloridos, luces blancas descendiendo como columnas luminosas, haces azules cruzando la noche matamorense, figuras románticas, enormes pasteles de boda y parejas bailando suspendidas en universos imposibles. Nada parecía estar colocado al azar. Cada imagen dialogaba con la canción que sonaba en ese momento.
Finalmente llegaron los últimos himnos de la noche. “Amor a Primera Vista”, “Mis Sentimientos”, “Rumbero” y “17 Años”. Cualquier otra agrupación habría comenzado a notar señales de agotamiento entre los asistentes. No fue el caso. La energía del público parecía desafiar al reloj. Lejos de disminuir, aumentaba. Los pies acusaban el esfuerzo de varias horas de baile, pero el ánimo permanecía intacto. Resultaba un fenómeno extraño: mientras avanzaba la noche, la audiencia parecía rejuvenecer.
Quizá porque las canciones tienen esa facultad de suspender temporalmente el paso del tiempo. Poco antes de la despedida, las enormes pantallas proyectaron simplemente el nombre del grupo: “Los Ángeles Azules”. Ya no hacían falta flores, aves tropicales, retratos ni efectos visuales. Cuando finalmente llegó el último acorde y las luces comenzaron a apagarse, a las 12:45 AM, el Auditorio de la Feria recuperó lentamente su condición de recinto ferial.
Querido y dilecto lector, durante poco más de dos horas había sido otra cosa. Había sido una gigantesca pista de baile donde varias generaciones de matamorenses encontraron un lenguaje común en el acordeón de Jorge Mejía Avante, en la voz de María Belén, en los himnos románticos de Erick de la Peña, Pepe en la batería, Elías Mejía en el bajo, y en esa vieja costumbre mexicana de convertir la nostalgia en fiesta. Porque al final, quizá esa sea la verdadera explicación del fenómeno llamado “Los Ángeles Azules”. No venden canciones, venden recuerdos. Y anoche, en Matamoros, hubo miles de personas dispuestas a comprarlos de nuevo.
El tiempo hablará.




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