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Opinión de Locuras Cuerdas ·Border Patrol: El río, las torres y el muro. Segunda parte. Por Jorge Chávez Mijares.

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  • hace 4 días
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Border Patrol: El río, las torres y el muro.

Segunda parte.

Por Jorge Chávez Mijares.

may 9 2026.


Querido lector, después de estar abajo del puente Hidalgo nos desplazamos con rumbo al poniente, es decir a Mission, pero seguíamos en McAllen.

Íbamos en dos unidades, la agente Susana González manejaba una unidad de la Border Patrol y Rod Kise una Van, yo me vine en el grupo de Rod Kise. Llegamos al siguiente punto del río a las 6:25 AM, era una madrugada aún sin sol, parecía de noche, estaba nublado y comenzaba a caer ligeras gotas de agua, era una lluvia mínima, casi tímida, pero obstinada; una de esas lluvias que no buscan inundar la tierra, sino apoderarse lentamente del ánimo.

Nos detuvimos en medio de la oscuridad fronteriza y descendimos de las unidades. La llovizna seguía cayendo con esa terquedad silenciosa del amanecer texano, mientras el monte apenas se dejaba distinguir entre la penumbra. Entonces apareció frente a nosotros otro de los dispositivos invisibles de esta nueva arquitectura de vigilancia: una torre metálica levantándose solitaria junto al río, como una especie de centinela contemporáneo plantado en medio de la soledad de la ribera.

No era una torre particularmente monumental. Su fuerza provenía de otra cosa: del mensaje que emitía sin descanso hacia la oscuridad.

Desde la parte superior, un altavoz repetía una grabación una y otra vez, día y noche, bajo el sol abrasador o bajo la lluvia, como si la frontera hubiese aprendido a hablar mecánicamente consigo misma:

“Atención: el río es una zona militarizada…”

La frase flotaba sobre el monte con una frialdad casi quirúrgica. No parecía la voz de un hombre; parecía la voz de una época. Una advertencia automática surgida del corazón mismo de la seguridad nacional estadounidense.

Mientras escuchaba aquel mensaje repetirse sobre el Río Bravo, tuve la impresión de estar contemplando algo más profundo que un simple mecanismo de vigilancia. Aquella torre representaba el momento histórico en que el lenguaje militar comenzó a instalarse definitivamente sobre el paisaje fronterizo. El río ya no era solamente río. Ahora era también “propiedad de defensa”.

La agente Susana González nos explicó entonces que aquella estructura pertenecía al Departamento de Guerra y formaba parte de un sistema de prevención y rescate desplegado en distintos puntos estratégicos de la frontera. Porque la misma torre que advierte también salva.

Debajo del altavoz se encontraba un pequeño panel iluminado con instrucciones en inglés y español, acompañado por una bandera con una cruz verde y un botón rojo de emergencia. El contraste resultaba profundamente simbólico: arriba, la voz que amenaza con el enjuiciamiento; abajo, el mecanismo humanitario que promete auxilio.

Si un migrante se encuentra perdido, deshidratado o desorientado en medio del monte, puede aproximarse a la torre y presionar el botón rojo. La señal es enviada inmediatamente a la Patrulla Fronteriza, que responde en cuestión de minutos para intentar rescatar a la persona antes de que muera en la soledad de su desconcierto.

Hay varias torres similares dispersas a lo largo de la frontera, como faros inmóviles sembrados en medio de la nada. Algunas personas las buscan desesperadamente cuando el cuerpo ya comienza a rendirse bajo el calor, el miedo o la deshidratación.

Y mientras observaba aquella estructura iluminada bajo la lluvia tenue, no pude evitar sentir que estaba frente a una de las grandes contradicciones morales de nuestro tiempo: una torre diseñada al mismo tiempo para disuadir y para salvar; para advertir y para rescatar; para impedir el cruce, pero también para evitar que los seres humanos mueran intentando cruzar.

La grabación seguía repitiéndose sobre el río con una persistencia hipnótica. El viento la arrastraba entre los matorrales mientras la oscuridad comenzaba lentamente a ceder ante el amanecer. Y por un instante tuve la sensación de que toda la frontera contemporánea cabía dentro de aquella torre solitaria: vigilancia, miedo, tecnología, compasión, poder y supervivencia coexistiendo en el mismo pedazo de metal plantado frente al río.

El oficial Rod Kise nos explicó que aquellas estructuras forman parte del llamado “Programa de Migrantes Extraviados”, una red de auxilio distribuida estratégicamente a lo largo de la frontera sur de Texas. Nos dijo que existen alrededor de setenta torres de este tipo desplegadas desde el Valle del Río Grande hasta los ranchos cercanos a los puntos de revisión de Falfurrias y Sarita. El mensaje de emergencia puede entenderse en diez idiomas distintos, como si la frontera hubiese terminado aceptando que el drama migratorio ya no pertenece solamente a una nación, sino al idioma universal de la desesperación humana.

Mientras escuchábamos la explicación, la lluvia ligera seguía descendiendo sobre el monte con esa persistencia húmeda que parecía infiltrarse lentamente en todo: en la ropa, en los caminos y hasta en el pensamiento. La torre continuaba emitiendo su advertencia mecánica hacia la oscuridad, como un faro fronterizo programado para hablar eternamente.

La agente Susana González nos explicó entonces que muchos migrantes indocumentados se internan en estas rutas sin tener la menor noción real del territorio que van a enfrentar. Desconocen la densidad de la maleza, los kilómetros interminables de terreno irregular, los pantanos ocultos, los caminos de piedra, los cercos de alambre de púas y la humedad sofocante que permanece adherida al ambiente incluso antes de que salga el sol.

“Ellos no saben realmente lo que van a encontrar”, nos dijo.

Y mientras pronunciaba aquellas palabras, bastaba mirar alrededor para entenderlo. El monte fronterizo no tiene nada del paisaje romántico que suele imaginarse desde la distancia. Hay algo hostil y silencioso en esa vegetación cerrada que parece tragarse los caminos conforme uno avanza. La naturaleza misma opera ahí como una segunda frontera.

La agente comentó que todas esas condiciones disminuyen considerablemente las posibilidades de lograr un cruce sin ser detectados o arrestados. Sin embargo, aun sabiendo los riesgos, las personas continúan intentándolo.

La afluencia migratoria, nos explicó, ha disminuido sustancialmente en comparación con los años de mayor presión fronteriza. Pero el flujo nunca desaparece del todo. Ocurre a cualquier hora. No existe un horario específico para el tránsito humano sobre el río. La frontera, entendí entonces, jamás duerme realmente.

También habló de otro de los elementos que forman parte de esta nueva geografía de vigilancia: los globos aerostáticos instalados en algunas zonas cercanas a Rio Grande City y Roma, Texas. Desde la distancia parecen simples artefactos suspendidos en el cielo, pero en realidad funcionan como plataformas permanentes de observación equipadas con sistemas de cámaras capaces de detectar movimientos sobre enormes extensiones de territorio.

La descripción producía una imagen casi distópica: globos flotando inmóviles sobre el río mientras sensores, cámaras, drones, torres y patrullas observan constantemente el movimiento humano. Como si la frontera hubiese evolucionado hacia una especie de organismo tecnológico con ojos distribuidos en tierra, agua y aire.

Y aun dentro de aquella atmósfera de vigilancia permanente, hubo una frase de la agente Susana González que me pareció particularmente reveladora. En algún momento del recorrido nos dijo con absoluta serenidad:

“Ustedes pregunten… yo les digo si puedo contestar o no”.

La frase parecía sencilla, pero encerraba toda la lógica del poder fronterizo contemporáneo: apertura controlada, transparencia dosificada y límites invisibles perfectamente establecidos. Una frontera donde incluso las respuestas también tienen línea divisoria.

El tercer punto del recorrido nos llevó a un punto a dos kilómetros del Río Bravo. La mañana avanzaba bajo un cielo plúmbeo, cubierto por una capa grisácea de nubes que parecía aplastar lentamente el horizonte fronterizo. No llovía en ese momento, pero la humedad seguía suspendida en el ambiente como una respiración pesada del paisaje. Y en medio de aquella inmensidad silenciosa emergía otra estructura del sistema de vigilancia estadounidense: una torre metálica equipada con cámaras capaces de operar tanto de día como de noche.

Vista desde la distancia, la torre parecía una aguja tecnológica clavada en medio del monte. Alta, inmóvil y silenciosa. Pero detrás de aquella quietud aparente existía un flujo constante de información viajando hacia la estación de McAllen, desde donde, nos explicó el oficial Rod Kise, se controla el sistema de monitoreo en tiempo real.

Debajo de la torre se extendía una red de canales y depresiones naturales cubiertas por vegetación. Rod Kise nos explicó que, en numerosas ocasiones, esas hondonadas son utilizadas por migrantes indocumentados como escondites temporales para intentar evadir la vigilancia de la Patrulla Fronteriza. Desde arriba, el paisaje parecía casi vacío; pero bastaba escuchar las explicaciones de los agentes para comprender que aquel monte funciona como un tablero invisible donde diariamente se enfrentan estrategias, paciencia, tecnología y supervivencia.

Había algo profundamente simbólico en aquella escena: cámaras observando desde las alturas mientras, abajo, seres humanos avanzan ocultándose entre la maleza. Una especie de duelo silencioso entre vigilancia y necesidad.

Y entonces comprendí que la frontera moderna ya no se parece a las antiguas líneas dibujadas en los mapas de mí escuela primaria. Ahora se asemeja más a un sistema nervioso extendido sobre el territorio: sensores, torres, globos aerostáticos, drones, patrullas, alambres, cámaras térmicas y monitores funcionando permanentemente para detectar movimiento humano en medio del monte.

Pero incluso si alguien logra atravesar el río, esquivar las cámaras, avanzar entre canales, evitar los caminos vigilados y recorrer kilómetros de terreno hostil, todavía queda otro obstáculo esperando más adelante. Rod Kise nos señaló entonces el siguiente cinturón de contención: más alambre de púas del Departamento de Guerra y, posteriormente, el muro fronterizo. Y cuando finalmente estuve frente a él, entendí que ninguna fotografía alcanza realmente a transmitir su dimensión. Aquello no parecía un simple muro fronterizo. Era una declaración física de poder levantándose contra la fragilidad humana.

La estructura se levantaba descomunal sobre el paisaje, como una muralla contemporánea salida de una civilización obsesionada con contener el movimiento humano. Casi diez metros de altura elevándose verticalmente sobre una base masiva de concreto. Desde abajo, los barrotes parecían no terminar nunca. El muro no solamente divide territorios; aplasta la escala humana.

En algún momento me coloqué frente a él y extendí los brazos casi por instinto, quizá intentando medir inconscientemente la pequeñez del individuo frente a aquellas construcciones del poder moderno. Y fue entonces cuando comprendí algo perturbador: el muro no está diseñado únicamente para impedir el paso físico. También busca producir una sensación psicológica de imposibilidad.

Visto desde cerca, el acero adquiere una presencia intimidante. Las barras verticales, si remotamente las alcanza un ser humano, permiten mirar hacia el otro lado, pero justamente ahí radica parte de su fuerza simbólica: puedes ver el horizonte, pero no tocarlo, me recordó a Moisés frente a la tierra prometida en el libro de Exódo, solo la vio de lejos.

El cielo seguía cubierto por aquel tono plúmbeo que volvía todavía más severo el paisaje. La luz grisácea parecía adherirse al acero oscuro del muro, fundiendo estructura y atmósfera en una misma sensación de rigidez fría. Por momentos daba la impresión de que la muralla no terminaba en la tierra, sino que continuaba elevándose hacia las propias nubes.

Querido y dilecto lector, mientras observaba aquella gigantesca barrera en medio del paisaje texano, tuve la sensación de estar contemplando una de las imágenes más representativas de Donald Trump: naciones levantando estructuras cada vez más sofisticadas para contener algo tan antiguo como la necesidad humana de buscar otro destino.

El tiempo hablará.

(Esta Historia Continuará)

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