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MOTIVOS Y DECISIONESPor: Mónica Deiterman 24 de septiembre de 2026 La dictadura del atuendo: de faldas en la corte a botas en el verano

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hace 4 días
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MOTIVOS Y DECISIONES

Por: Mónica Deiterman

24 de septiembre de 2026


La dictadura del atuendo: de faldas en la corte a botas en el verano

Hace unos días tropecé con una nota que me hizo detenerme a analizarla. Me sorprendió, aunque al mismo tiempo encontré una curiosa conexión con algo que yo misma he venido haciendo este año.

Todo comenzó con un proyecto personal: abrir una tienda en línea de botas para hombre. Al observar el producto y el mercado, descubrí algo bastante curioso: los hombres usan botas prácticamente todo el año.

Las llevan con jeans, para trabajos pesados y hasta con traje. Nadie parece preguntarse si no tienen calor, si el calzado “desentona” con la temporada o si deberían usar otro tipo de zapato.

Tienen, por alguna razón, una especie de licencia automática para la atemporalidad.

Así que me hice una pregunta sencilla:

¿Y por qué yo no?

O quizá la respuesta que durante años hemos aprendido sin cuestionarla sea: “Porque las mujeres no.”

Me propuse usar mis botas vaqueras con prácticamente todos mis atuendos durante este año. Las llevé a eventos formales, a reuniones casuales y hasta las empaqué para un viaje a Nueva York, donde caminé kilómetros enteros.

Y sí: atravesé el verano con botas.

¿El resultado práctico? Una pequeña revelación.

No solo no me estaba “quemando los pies”, como algunos vaticinaron, sino que descubrí que el cuero de buena calidad puede aislar mucho mejor de lo que imaginamos. Y en ciudades donde el aire acondicionado de los interiores parece diseñado para convertir una oficina en cámara frigorífica, mis pies estuvieron perfectamente cómodos.

En términos funcionales, el experimento fue un éxito.

En términos sociales, ahí empezó lo interesante.

“¡Te estás quemando los pies!”, me dijo alguien.

“Para ese evento no es apropiado ir en botas”, comentó otra persona.

“Ese atuendo no combina con ese estilo”, opinó alguien más.

Nunca me he tomado a mal las opiniones ajenas. Al contrario: para mí son un deleite escucharlas. Me interesa distinguir las intenciones, pero también observar quién se atreve a decir lo que piensa, porque habrá quienes callen y quienes incluso halaguen algo que no les gusta.

Lo interesante es que, cuando alguien finalmente lo expresa, suelen aparecer los conceptos estereotipados que hemos aprendido a considerar normales.

Mis pies estaban bien. Yo estaba cómoda. Mi desempeño no había cambiado.

Lo que se cuestionaba no era mi comodidad, sino la norma.

Esa norma silenciosa que nos dice cómo debería vestirse una mujer dependiendo del clima, del lugar o de la ocasión.

Y fue precisamente ahí donde la historia de Mariah Medina me hizo pensar que quizá el asunto va mucho más allá de unas botas.

El 21 de septiembre, en San Antonio, Texas, la abogada defensora Mariah Medina contó públicamente que una jueza cuestionó su vestimenta durante una comparecencia en un tribunal del condado de Bexar. Medina llevaba un vestido gris, sobrio, de cuello alto y sin mangas. Según su relato, la jueza consideró que no era apropiado para la sala y le pidió que se acercara al estrado para revisar el atuendo frente a otras personas presentes.

Y aquí aparece una pregunta que me parece importante.

¿Qué pasa si ella conocía las reglas? ¿Y si, aun conociéndolas, decidió vestirse de esa manera?

Porque no todo cuestionamiento a una norma significa necesariamente rebeldía, desafío o falta de respeto.

A veces simplemente significa que alguien se pregunta si esa norma todavía tiene sentido.

San Antonio, además, es una ciudad de clima cálido, y eso también debería formar parte de la conversación cuando hablamos de códigos de vestimenta.

Pero incluso dejando el clima de lado, hay algo más profundo.

Las sociedades cambian porque, en algún momento, alguien se atreve a preguntar por qué una regla tiene que seguir siendo exactamente como siempre ha sido.

Las reglas pueden organizar. También pueden modificarse.

Y una mujer que decide usar un vestido sin mangas no necesariamente está diciendo “no respeto las reglas”. Puede estar planteando, consciente o inconscientemente, otra pregunta: ¿realmente las mangas tienen alguna relación con mi capacidad para ejercer mi profesión?

Ahí la conversación deja de ser sobre moda.

Una cosa es que alguien mire mis botas y piense que no corresponden con el verano. Puedo escucharlo, observar de dónde viene esa opinión y seguir caminando.

Otra muy distinta es que una profesional tenga que enfrentar un cuestionamiento sobre su apariencia dentro del espacio donde está ejerciendo su profesión.

Por eso no me interesa convertir a Mariah Medina en heroína ni a nadie en villano. Me interesa la pregunta que deja sobre la mesa.

¿Cuántas reglas conservamos porque siguen siendo necesarias y cuántas simplemente porque nadie se ha detenido a preguntar si todavía tienen sentido?

No se trata de eliminar los códigos de vestimenta. Algunos espacios los necesitan. Se trata de revisar qué protegen, qué propósito cumplen y si realmente tienen relación con la función que desempeña una persona.

Porque si una profesional está preparada para hacer su trabajo, ¿qué importancia deberían tener unas mangas frente a sus argumentos?

Las mujeres vivimos rodeadas de posibilidades para vestirnos y, paradójicamente, también de innumerables formas de equivocarnos ante los ojos de los demás.

Quizá por eso me interesa tanto observar estas reacciones. No hice este experimento para provocar ni para demostrar que las botas son mejores que cualquier otro calzado. Lo hice porque me gusta observar las dinámicas humanas y descubrir cuánto de lo que consideramos “normal” responde realmente a una necesidad y cuánto simplemente a una costumbre.

Seguiré usando mis botas y disfrutando las opiniones que despierten. Cada comentario me ofrece una pequeña ventana hacia la manera en que construimos nuestras ideas sobre lo correcto y lo apropiado.

Porque quizá el verdadero cambio no siempre empieza con alguien que decide romper una regla.

A veces empieza con alguien que se atreve a preguntar por qué esa regla existe.

Y quizá esa sea una de las libertades más importantes que tenemos: no aceptar que una costumbre se convierta automáticamente en una verdad, ni que una apariencia termine convirtiéndose en una medida del valor, la capacidad o la dignidad de una persona.

La ropa puede decir mucho de nosotros.

Pero nunca debería decir más que nosotros mismos.

Y estos son los motivos que generan nuestras decisiones.

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