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Locuras Cuerdas2 días ·El bisturí y la palabra. Periodismo en Tamaulipas.

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  • 11 ene
  • 4 Min. de lectura

Opinión de Locuras Cuerdas


El bisturí y la palabra. Periodismo en Tamaulipas.

Por Jorge Chávez Mijares

Querido lector, el Casino Victorense, a donde llegué con mi amigo Martín Sifuentes, amaneció el miércoles pasado, 7 de enero, con una respiración distinta. Después del medio día no era solo un salón lleno, más de trescientos periodistas de todo Tamaulipas ocupando mesas redondas y acompañados por los secretarios del Estado, en mi mesa nos tocó estar con Benjamín Hernández, secretario de turismo, era una suerte de república momentánea donde el murmullo no era ruido sino memoria compartida.

Sobre el muro, como una advertencia que no pedía permiso, la frase de Julio Scherer García recordaba que el periodismo, como la cirugía, entra, remueve y sale con exactitud. Nadie podía fingir no verla.

Abrió la palabra Francisco Cuéllar con un discurso de poco más de diez minutos que no buscó el aplauso fácil ni la consigna. Fue un inicio desde el gremio, desde la memoria. Nombró uno a uno a dieciséis colegas fallecidos durante el año anterior y pidió el aplauso de pie. Ese gesto, simple y humano, pesó más que cualquier cifra: recordó que el periodismo tiene costo, cuerpo, ausencia.

Habló en primera persona, con la franqueza del que sigue siendo periodista aun cuando ocupa una responsabilidad pública, y sostuvo una afirmación que no pasó inadvertida: hoy, en Tamaulipas, la libertad de expresión se ejerce sin hostigamientos ni cercos desde el poder. Lo dijo con el respaldo de la experiencia y con la sombra explícita de un pasado reciente donde el abuso y la persecución habían instalado una zona de silencio. El contraste fue claro y medido: interlocución institucional en lugar de presión; respeto en lugar de miedo. En un país donde, bajo el paraguas de la llamada 4T, hay estados como Veracruz, Campeche o Puebla marcados por descalificaciones, litigios intimidatorios y campañas de estigmatización contra periodistas, esa afirmación adquirió un valor político concreto. No fue un autoelogio; fue una toma de posición.

Apreciado lector, luego tomó la palabra el gobernador Américo Villarreal Anaya y durante quince minutos condujo el acto hacia otro registro: menos testimonial, más reflexivo, con una densidad cultural poco común en celebraciones de este tipo. Vestía camisa blanca, sin corbata, gesto contenido, la serenidad del médico que prefiere el diagnóstico al estruendo.

Recordó el origen del Día del Periodista en la figura del jalisciense Manuel Caballero y subrayó la coincidencia del centenario de su deceso, 4 de enero de 1926, un ejemplo de periodismo, quien gastó la vida en la palabra, en la crítica y en la formación de conciencia pública, me pareció que el gobernador quería anclar el presente a una tradición crítica que no se improvisa.

Y entonces, muy sesudo lector, elevó el tono intelectual del discurso sin afectación: trajo a la conversación a Ryszard Kapuściński, periodista y escritor polaco que pensó el poder desde la ética del testigo; a Albert Camus, escritor y filósofo francés, Premio Nobel de Literatura en 1957, para quien no hay buen periodismo sin buen ser humano; y a Gabriel García Márquez, periodista y escritor colombiano, Premio Nobel de Literatura en 1982, que insistía en la práctica, el rigor y la base cultural como condiciones del oficio. Al citarlos, el gobernador no adornó: colocó nivel. Le habló al periodismo desde una genealogía intelectual que entiende la verdad como responsabilidad y la palabra como trabajo.

Y como profesional de la medicina que es, la metáfora del bisturí volvió, ampliada: exactitud sí, pero también firma, rostro, responsabilidad. En tiempos de anonimato digital y narrativas falsas, Villarreal defendió el valor de la autoría como condición de credibilidad, con una comparación médica tan simple como contundente. No hubo amenaza ni censura en el planteamiento; hubo una exigencia ética. Y, de nuevo, el contraste nacional se hizo visible sin necesidad de nombres propios: frente a gobiernos de la misma 4T que confunden crítica con adversidad y responden con descalificación, en Tamaulipas se postuló una relación distinta, donde la prensa no es enemiga sino contrapeso.

Mientras las palabras avanzaban, el salón parecía escuchar con una atención rara vez concedida a los actos oficiales. Había conversaciones en voz baja, gestos de reconocimiento, silencios cargados de oficio. En clave de realismo mágico, podría decirse que las paredes del Casino —acostumbradas a otros festejos— ese día guardaron historias que no caben en boletines: coberturas difíciles, madrugadas sin firma, la persistencia de una curiosidad que no se rinde. Y sobre todo, la conciencia de que la libertad de expresión no se decreta: se practica, se defiende, se cuida.

Querido y dilecto lector, al final, cuando el gobernador cerró con Scherer: “Permanezca el periodismo en los seres que viven y en las cosas que son”. La frase dejó de ser cita y se volvió deseo. Diez minutos de Paco Cuellar y quince minutos del gobernador, bastaron para trazar una señal política clara: en Tamaulipas se quiso hablarle al periodismo desde la cultura, la memoria y el respeto.

En el mapa áspero del país, donde no faltan ejemplos de presión y hostigamiento, esa elección pesa. No resuelve todo, pero dice mucho. Y en este oficio, a veces, decir bien ya es una forma de gobernar mejor.

El tiempo hablará.

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