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Locuras Cuerdas ·Una visa no te define, pero sí comienza a definir una narrativa. Por Jorge Chávez Mijares.

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  • hace 2 días
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Una visa no te define, pero sí comienza a definir una narrativa.

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, ayer sábado en Tampico fue la inauguración del nuevo Hospital General del ISSSTE y al analizarlo terminé pensando no solamente en médicos, camas, quirófanos y derechohabientes, sino en algo bastante más pequeño, rectangular y políticamente explosivo, una visa estadounidense. Así es la política mexicana. Uno entra a un hospital y puede terminar conversando mentalmente con Marco Rubio. El edificio estaba ahí, enorme, nuevo, inevitable. En el escenario, la Presidenta Claudia Sheinbaum; el gobernador Américo Villarreal; el director general del ISSSTE, Martí Batres; el secretario de Salud, David Kershenovich, y otros funcionarios. Entre el público, trabajadores, invitados y teléfonos celulares levantados como pequeñas antenas contemporáneas tratando de capturar un pedazo de historia.

La alcaldesa de Tampico, Mónica Villarreal, estuvo presente pero no en el presídium. Antes de que algún alquimista de la grilla convierta una silla en mensaje político, conviene decirlo, el protocolo presidencial ha venido operando de esa manera. Tampoco estuvieron en el templete Carlos Peña Ortiz en Reynosa ni el alcalde Alberto Granados en Matamoros. No todo asiento vacío es una conspiración.

Américo Villarreal habló primero y construyó una especie de mapa del bienestar tamaulipeco. Recordó que la gira presidencial había comenzado en el norte, con vivienda en Reynosa y Matamoros; había continuado en Ciudad Victoria con la segunda línea del acueducto y programas para jóvenes, y llegaba finalmente al sur para hablar de salud. Vivienda, agua, juventud y hospitales. Cuatro estaciones de una misma narrativa, colocar a la persona en el centro de los gobiernos que él llamó humanistas y de transformación. Hasta ahí, todo transcurría dentro de la liturgia previsible de una inauguración.

Pero tomó turno la Presidenta Claudia Sheinbaum. Y la Presidenta decidió hacer algo más que inaugurar un hospital. Recordó que conoce a Martí Batres desde hace casi cuarenta años. Ella estudiaba Física en la Facultad de Ciencias y él era dirigente estudiantil de la Prepa 7. Evocó las movilizaciones universitarias de 1986 y 1987, el Consejo Estudiantil Universitario (CEU), la defensa de la gratuidad educativa y aquellos años en que, desde su perspectiva, comenzaba a instalarse con mayor fuerza el modelo neoliberal. Entonces comprendí que el hospital también iba a servir como aula de historia política. Sheinbaum contrapuso dos modelos. De un lado, aquel en el que educación y salud podían convertirse en mercancías; del otro, el que sostiene que ambas deben entenderse como derechos. Y aquí vale la pena separar ideología de realidad.

México necesita educación y salud públicas fuertes. Eso difícilmente admite discusión seria. Una persona no debería quedar condenada por no tener dinero para pagar una cirugía, ni un joven debería perder la posibilidad de estudiar por haber nacido en una familia sin recursos. Pero una cosa es reconocer el principio y otra decretar que el problema está resuelto. Ya tuvimos durante el sexenio anterior aquella hipérbole de que México tendría un sistema de salud mejor que el de Dinamarca. Nunca terminó de explicarse por qué se escogió semejante comparación cuando la realidad cotidiana de hospitales, medicamentos, especialistas y tiempos de atención podía desmentirla con demasiada facilidad.

Sheinbaum fue ayer más prudente. Dijo que se está consiguiendo “poco a poco” recuperar la salud como un derecho. Esa expresión me parece bastante más compatible con la realidad. Porque los hospitales no se evalúan el día de su inauguración. Se evalúan un martes cualquiera a las tres de la mañana, cuando llega un paciente, ahí desaparecen los discursos. Entonces sabremos si hay médico, medicamento, cama, equipo y enfermera. Pero ocurrió algo más.

La Presidenta comenzó a hablar de la convicción que, según ella, debe acompañar al servidor público de la Cuarta Transformación, honestidad, amor al pueblo, vocación de servicio. Y de pronto apareció una palabra que nadie necesitaba explicar, visa. “Una visa no define una persona”, dijo. Y en ese instante, aunque no pronunciara su nombre, Andrés Manuel López Beltrán entró políticamente al Hospital General del ISSSTE de Tampico. Andy había informado apenas un día antes que Estados Unidos revocó su visa y sostuvo que se trataba de una decisión políticamente motivada. Reuters reportó además que las cancelaciones estadounidenses han alcanzado a decenas de figuras mexicanas de distintos partidos.

Por eso la frase presidencial difícilmente podía flotar inocentemente en el aire. Sheinbaum la enlazó con otra palabra todavía más poderosa, soberanía. Habló de reconocer la historia de México, la lucha del pueblo y sostuvo que aquí nadie manda más que el pueblo mexicano. Y entonces me apareció una de esas preguntas incómodas que suelen estacionarse en mi cabeza. ¿Estamos presenciando el nacimiento de una nueva virtud política dentro de la 4T? Porque algo curioso puede ocurrir cuando una sanción externa es reinterpretada por un movimiento político como agresión extranjera: aquello que originalmente pretendía señalar al individuo puede terminar otorgándole una credencial de pertenencia. Mutatis mutandis, la visa cancelada podría convertirse en una especie de medalla invisible.

“¿A ti también te la quitaron?” “Sí.” “Bienvenido al club de los soberanos.” Naturalmente estoy exagerando, pero sólo un poco. Lo verdaderamente interesante será observar qué sucede durante los próximos días. La declaración de Sheinbaum fue recogida inmediatamente como respuesta política al caso de López Beltrán. ¿Washington responderá? ¿Las cancelaciones continuarán? ¿Morena terminará convirtiéndolas en una causa política? ¿Pasaremos del incómodo “le quitaron la visa” al orgulloso “me quitaron la visa porque defendí la soberanía”? Y todavía hay preguntas mayores.

México puede reivindicar su soberanía, debe hacerlo, pero comparte con Estados Unidos una relación económica, comercial, migratoria y de seguridad demasiado profunda para reducirla a consignas. En algún momento habrá que sentarse a discutir asuntos bastante menos poéticos: T-MEC, migración, seguridad, agua, inversiones y hasta los aguacates michoacanos. La soberanía puede pronunciarse desde un micrófono. La vecindad tiene que administrarse todos los días.

Mientras pensaba todo esto observé nuevamente aquel hospital. Tal vez ahí estaba la paradoja completa de la tarde. Se acudió a inaugurar un edificio destinado a curar enfermedades y terminamos escuchando síntomas de otra dolencia mucho más antigua, la complicada relación entre México y Estados Unidos. Dos países que se necesitan, se vigilan, se reclaman, comercian, discuten y vuelven inevitablemente a sentarse en la misma mesa. Como esos matrimonios que llevan doscientos años amenazándose con dormir en habitaciones separadas pero jamás terminan de dividir la casa.

El Hospital General del ISSSTE quedó inaugurado. Los médicos comenzarán a trabajar, los pacientes llegarán y aquella frase seguirá caminando durante algunos días por la conversación política mexicana, “Una visa no te define”, puede ser. Pero habrá que observar si, en la nueva gramática política de la Cuarta Transformación, terminará definiendo algo distinto, una causa. Y esa respuesta todavía no la conocemos.

El tiempo hablará.

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