Locuras Cuerdas ·UCEN: El desayuno donde la ley se sentó a la mesa. Por Jorge Chávez Mijares.
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- 3 may
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Opinión de Locuras Cuerdas

UCEN: El desayuno donde la ley se sentó a la mesa.
Por Jorge Chávez Mijares.
Querido lector, el miércoles pasado, llegué poco antes de las 9 de la mañana, con esa puntualidad que trata de no ser virtud sino manía, al restaurante “La Traviata”, ese rincón donde la madera conversa con la luz y los espejos antiguos parecen guardar secretos de otras tertulias, de otros tiempos. El salón, íntimo y cálido, con lámparas colgantes como ideas suspendidas en el aire, parecía más un refugio para la confidencia que un escenario para la formalidad. Pero la formalidad llegó.

A las 8:57 en punto, como si el tiempo también tuviera disciplina empresarial, el secretario de la Unión de Comerciantes y Empresarios del Noreste (UCEN), Orlando Hernández, abrió la sesión con ese tono que mezcla protocolo con camaradería. Lista de asistencia. Quórum legal. Orden del día. La liturgia mínima de toda reunión que aspira a ser algo más que una conversación.
Y entonces apareció la figura de esta nueva etapa de la UCEN: Héctor Castillo. No como un presidente que impone, sino como uno que convoca. Hay en su estilo, y esto se percibe más en los silencios que en las palabras, una intención clara de renovación, de abrir las ventanas sin tirar la casa. Mantener a los de siempre, sí, pero invitar a los nuevos a sentarse a la mesa. No es poca cosa. Porque las organizaciones que no se regeneran, se repiten, y las que se repiten, se agotan. Héctor Castillo parece entenderlo y lo ejerce.
Entre los asistentes, rostros conocidos, otros no tanto, y algunos, como este que escribe, convocados más por la curiosidad que por la pertenencia. La mesa larga, casi monástica, obligaba a la horizontalidad: nadie más arriba que nadie, salvo la palabra. Y la palabra la tomó el invitado central: el juez laboral, Juan Carlos Ruiz. Un hombre que no habló como juez, sino como alguien que ha visto suficientes historias terminar mal como para intentar evitarlas desde el inicio. Su tema: “Cómo prevenir demandas laborales”.
Sesudo lector, en realidad lo que nos ofreció fue una radiografía del matrimonio más delicado de todos: el que existe entre el patrón y el trabajador. Porque, como él mismo dijo, con una claridad casi doméstica, la relación laboral es eso: un matrimonio, y como todo matrimonio, vive de acuerdos, y muere de descuidos. Dígamelo a mi querido lector. La sala, que al inicio era un murmullo contenido, comenzó a despertar cuando el juez lanzó una pregunta que parecía inocente pero no lo era:
—“¿Quién ha molestado a su trabajador por WhatsApp fuera de horario?”
Algunas manos se levantaron. Otras se quedaron quietas, pero no por inocencia, sino por prudencia. Ahí, en ese gesto, se reveló uno de los grandes pecados modernos del empresariado: creer que la disponibilidad es infinita porque la tecnología lo permite. Error. La ley, esa que muchos conocen de oídas, no perdona esas confianzas. Y entonces la charla se volvió útil. No en el sentido académico, sino en el práctico, en el que duele si no se atiende.
Habló también de Vacaciones dignas, aguinaldo antes del 20 (no el 20, antes), de días de descanso, de contratos por escrito de la peligrosa costumbre que se vuelve derecho. Cada punto era una advertencia envuelta en cortesía. Pero lo verdaderamente revelador no fue la ley, sino la reacción.
Porque entre café, pan y miradas cruzadas, se entendía que muchos no estaban ahí para aprender lo que no sabían, sino para confirmar lo que sospechaban. Que el sistema cambió, que la justicia laboral ya no es aquella maquinaria lenta que permitía el olvido como estrategia. Hoy, en siete meses, puede haber sentencia, wow, Siete meses. Menos de lo que dura una mala decisión mal gestionada.
Y entonces apareció otro concepto, casi poético en su brutalidad: la conciliación. Resolver antes de pelear. Cerrar antes de escalar. Porque cuando el conflicto llega al tribunal, ya no es conversación, es factura. Mi padre decía que mas vale un mal acuerdo que un buen pleito.
En medio de todo esto, el desayuno avanzaba. Tazas que se vaciaban, platos que llegaban, y una sensación extraña: la de estar en un espacio donde la ley dejaba de ser abstracta para volverse cotidiana. Donde el error no es jurídico, es humano.
La UCEN, bajo esta nueva conducción, parece haber entendido algo que muchas organizaciones olvidan: que el conocimiento no se presume, se comparte. Y que abrir la puerta a nuevos perfiles, jóvenes, inquietos, ajenos a la inercia, no es un gesto de cortesía, sino una estrategia de supervivencia. Porque el futuro no se hereda, se invita.
Al final, cuando las palabras comenzaron a disiparse y el murmullo regresó a su estado natural, quedó flotando una idea, no dicha, pero evidente: En el mundo empresarial actual, no basta con trabajar bien. Hay que hacerlo conforme a la ley, y demostrarlo. Porque, como en tantas cosas en la vida, no gana el que tiene la razón, sino el que puede probarla.
Querido y dilecto lector, en esa delgada línea entre la costumbre y la norma, entre la confianza y el contrato, se juega hoy, en silencio, pero con consecuencias, el destino de muchas empresas. El desayuno terminó, pero la conversación, apenas comienza.
El tiempo hablará.




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