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Locuras Cuerdas ·Secretaria de Finanzas en Tamaulipas: Cuando Lolita no se convierte en Dolores. Por Jorge Chávez Mijares.

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hace 19 minutos
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Secretaria de Finanzas en Tamaulipas: Cuando Lolita no se convierte en Dolores.

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, desde los primeros indicios de mi vocación periodística aprendí —y después asumí como disciplina— que el periodista debe procurar, con puntual pulcritud profesional, no convertirse en parte de la nota. A la audiencia, después de todo, deberían importarle tres cacahuates la vida de quien proporciona la información. Amén de que siempre he tenido presente aquella máxima según la cual el elogio en boca propia es vituperio. Y ya que apareció la palabra, vale detenernos un instante. El vituperio es la censura áspera, el reproche severo, incluso la afrenta. De modo que hablar demasiado de uno mismo entraña siempre sus riesgos. Pero hay excepciones que valen la pena.

Te menciono lo anterior porque, en un inevitable acto de mea culpa, debo confesarte que durante el último año de mi vida transité por una suerte de orfandad fiscal, no exenta de cierta incuria tributaria. Puesto en castellano llano y sin buscar coartadas semánticas, no estuve a plenitud en el cumplimiento de mis responsabilidades con el fisco. Y el fisco, sesudo lector, posee una virtud que no siempre tenemos los seres humanos, memoria.

Hace cosa de cuatro meses llegó a mi casa uno de esos documentos de la Secretaría de Finanzas del Gobierno del Estado que uno jamás coloca con entusiasmo sobre la mesa del comedor. Dicho sin ambages, era un requerimiento. Y plasmaba una deuda más o menos elevada para mi nivel y circunstancia. Una cantidad que Carlos Slim seguramente trae en el cenicero del automóvil para resolver algún imprevisto cotidiano. Pero ya se sabe, cada quien carga sus tragedias de acuerdo con el tamaño de sus bolsillos.

El acercamiento a la Oficina Fiscal de Matamoros se volvió entonces inexorable. Había llegado el momento de impedir que, fiscalmente hablando, Lolita terminara convirtiéndose en Dolores. Los lectores de cierta edad seguramente recordarán aquella formidable campaña hacendaria de finales de los setenta que jugaba precisamente con esos dos nombres, cumplir significaba encontrarse con Lolita; incumplir, enfrentarse a Dolores. La metáfora sobrevivió a la campaña porque pocas cosas envejecen mejor que el miedo al fisco. Con ese ánimo llegué a la Oficina Fiscal.

Ahí me recibió su titular, Elda Reséndiz, quien me explicó que estaba en marcha un programa para que contribuyentes con adeudos pudieran actualizar su situación fiscal. La escuché con una incredulidad que confieso sin pudor. Yo hacía cuentas mentalmente y pensaba que, entre principal, multas, recargos y demás parentela tributaria, no habría gobierno capaz de hacer aquella deuda razonablemente digerible. En el mejor de los escenarios imaginaba uno de esos convenios que podrían resumirse con una frase bastante menos técnica: “Muérase pagando poquito, pero toda la vida”. Mi paranoia fiscal trabajaba horas extras.

Pensaba que aquello del humanismo pregonado por el gobierno de Américo Villarreal pertenecía al territorio de la retórica política; que una cosa eran los discursos y otra muy distinta encontrarse frente a una ventanilla con una deuda real, pesos reales y un contribuyente real. Mis pensamientos, debo admitirlo, no concebían demasiada magnanimidad dentro del criterio fiscal del Estado. Y ocurrió algo que también merece contarse.

Durante muchos años, particularmente en el México de los setenta, hablar mal del gobierno podía representar un pequeño acto de audacia. Hoy pareciera haberse producido un curioso clinamen, en ciertos espacios, la audacia consiste en reconocer cuando un gobierno hace algo bien. Pues con el perdón de quienes esperan encontrar invariablemente una pedrada en cada una de mis columnas, hoy me corresponde contar mi experiencia. No porque me la hayan pedido, no porque alguien me haya sugerido escribirla. La cuento porque hay seguramente muchos tamaulipecos que, por descuido, dificultades económicas, desorganización o cualquiera de esas circunstancias que convierten a un contribuyente puntual en moroso, pueden encontrarse exactamente donde yo estaba.

Mi trámite tuvo dos vertientes. Una correspondía a las multas y otra al adeudo principal. Las cantidades me las reservaré. Hay intimidades que pertenecen al dormitorio, otras al confesionario y algunas, definitivamente, a uno y a la Secretaría de Finanzas que encabeza Carlos Irán Ramírez González. Lo verdaderamente importante ocurrió después. El procedimiento se prolongó alrededor de dos meses. Durante buena parte de ese tiempo estaba convencido de que terminaría, como coloquialmente decimos, bailando con la más fea. No ocurrió. El programa de actualización fiscal representó, en mi caso, una ayuda real.

Y entonces aquella palabra tantas veces pronunciada desde los discursos —humanismo— dejó momentáneamente el atril y apareció convertida en números. Ahí cambió mi percepción. Porque una política pública puede anunciarse cien veces, acompañarse de fotografías, discursos y boletines impecables; pero adquiere sentido cuando aterriza sobre la circunstancia concreta de una persona. Y aquí quiero traer a cuento una historia muchísimo más antigua que nuestra legislación fiscal.

En el Evangelio según San Mateo, capítulo 18, versículos 23 al 35, Jesús cuenta la parábola de un hombre que debía a su rey una cantidad descomunal: diez mil talentos. Incapaz de pagar, pidió misericordia y el rey terminó perdonándole la deuda. Hasta ahí, una historia sobre la clemencia. Pero aquel hombre salió y encontró a otro que le debía apenas cien denarios. Entonces ocurrió la contradicción, quien acababa de recibir misericordia fue incapaz de concederla. Exigió el pago y actuó implacablemente contra su deudor. La desproporción entre ambas cantidades es precisamente el corazón de la parábola.

No pretendo, desde luego, convertir una política fiscal en exégesis bíblica ni al Gobierno de Tamaulipas en personaje evangélico. Sería una larga digresión, además de pueril. Pero la enseñanza posee una vigencia pasmosa, quien alguna vez ha estado del lado del deudor comprende el valor de que el acreedor tenga criterio, proporción y misericordia. Yo estuve del lado del deudor y recibí consideración. Cuando finalmente me comunicaron la cantidad con la que podía regularizar mi situación, francamente no lo podía creer. Una vez determinada, disponía de diez días para realizar el pago. Escogí hacerlo ese mismo día, no quería tentar nuevamente a Dolores.

Me importa un bledo que alguien quiera colocarme por esto la etiqueta de aplaudidor del Gobierno en turno. El periodismo pierde su razón de ser tanto cuando se convierte en propaganda como cuando decide que su única función consiste en vituperar. Si una política pública funciona, también debe decirse. Y si mañana deja de funcionar, habrá que decirlo con idéntica claridad. Apreciado y acaso atribulado deudor moroso, nadie me pidió esta columna. La escribo por una elemental sindéresis, esa vieja facultad moral de reconocer lo que consideramos correcto y actuar en consecuencia.

Si tienes adeudos fiscales con el Gobierno del Estado de Tamaulipas, acércate, pregunta, revisa tu situación y conoce las alternativas existentes. No estoy diciendo que todos los casos sean idénticos al mío ni prometiendo resultados que solamente la autoridad puede determinar. No están vendiendo humo. Estoy contando lo que ocurrió conmigo. Y ocurrió bien.

Querido y dilecto lector, no vivas instalado en esa peculiar ansiedad que provoca una deuda que sabemos que existe, pero preferimos imaginar dormida. Las deudas fiscales, como ciertos fantasmas familiares, tienen la incómoda costumbre de aparecer cuando menos queremos verlas. Yo decidí enfrentar la mía. Llegué pensando que conocería a Dolores. Y terminé arreglándome con Lolita.

El tiempo hablará.

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