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Locuras Cuerdas ·Rector Dámaso Anaya y la UAT: las cuentas sobre la mesa. Por Jorge Chávez Mijares.

locurascuerdas1
31 ago
5 min de lectura

Rector Dámaso Anaya y la UAT: las cuentas sobre la mesa.

Por Jorge Chávez Mijares.


Querido lector, hay documentos que uno firma para cumplir un trámite y documentos que, además de llevar una firma, llevan encima algo bastante más pesado, la confianza de los demás. En las universidades públicas ocurre esto último, porque detrás de cada número colocado en una hoja de balance hay algo que no pertenece enteramente a quienes administran la institución. Es dinero público, dicho sin el lenguaje alambicado de los contadores, dinero de todos.

El pasado 26 de agosto, mi cumpleaños, la Cámara de Diputados fue escenario de uno de esos actos que difícilmente competirían en espectacularidad con una sesión tormentosa del Congreso, pero que probablemente dicen mucho más sobre la salud de las instituciones. La Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, la ANUIES, reunió ahí a las universidades públicas estatales para la Entrega de Estados Financieros Auditados e Informes de Avances Académicos 2025. No era una ceremonia nueva. El propio encuentro llevaba estampada una frase que explica su importancia: “20 años de cumplimiento y transparencia”.

Treinta y cinco universidades públicas estatales acudieron a San Lázaro a colocar sus números frente a quienes tienen la responsabilidad constitucional de vigilar el uso de los recursos públicos. Y entre los rectores estaba el de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, Dámaso Anaya Alvarado. Pero el Rector Anaya no llegó solamente cargando las cuentas de la UAT debajo del brazo. Llegó también con la representación de las instituciones públicas de educación superior del noreste del país y desde esa condición habló ante legisladores y autoridades universitarias de algo que suele perderse entre balances, auditorías y presupuestos, una universidad no solamente debe demostrar en qué gastó el dinero; debe demostrar también para qué sirvió gastarlo.

Hay una diferencia enorme. Porque un peso puede estar perfectamente registrado en una contabilidad y, sin embargo, no haber cambiado absolutamente nada. La verdadera rendición de cuentas comienza cuando detrás del número aparece un laboratorio, un salón, una investigación, un profesor mejor preparado o un muchacho que termina convertido en profesionista. Quizá por eso, cuando posteriormente le preguntaron sobre la importancia de las auditorías, Dámaso Anaya respondió con una sencillez que terminó siendo más contundente que cualquier tecnicismo: “Nosotros como Universidad pública que dependemos de los dineros del pueblo, tanto del Gobierno Federal como Estatal, debemos sin duda ser muy transparentes y muy honestos en el manejo de los recursos”. La expresión merece detenerse un instante, los dineros del pueblo.

En una época en que el lenguaje burocrático posee la maravillosa habilidad de convertir el dinero público en algo aparentemente huérfano —recursos, partidas, ministraciones, capítulos, subsidios—, el rector de la UAT decidió regresarle propietario. El dinero es del pueblo, y precisamente por eso, agregó, la sociedad debe saber en qué se está invirtiendo, en cuestiones académicas, equipamiento, construcción y aulas. No descubrió con ello el Rector Dámaso Anaya ningún nuevo principio de administración pública. Hizo algo acaso más útil, recordó uno antiguo. La transparencia no debería ser una concesión del funcionario hacia la sociedad, sino la consecuencia natural de administrar aquello que pertenece a la sociedad.

Y los números que la UAT llevó hasta la Cámara de Diputados no son menores. Estamos hablando de una universidad cuyo Estado de Actividades correspondiente a 2025 reporta más de 5 mil 369 millones de pesos en gastos y otras pérdidas. Administrar una institución de semejante tamaño obliga necesariamente a convivir con auditorías, revisiones y observaciones. No como molestias administrativas, sino como parte de la responsabilidad inherente al cargo. Por eso resulta relevante otra afirmación del rector: “Hemos salido bien en los momentos de revisión”, dijo, al referirse tanto a las revisiones estatales como federales, y aseguró que el ejercicio 2024 transitó sin contratiempos, mientras que actualmente corresponde la revisión de 2025.

Pero inmediatamente añadió algo que me parece más importante que presumir una auditoría favorable, manifestó que la Universidad permanecerá “siempre presta” a atender las indicaciones que pueda señalar la Auditoría Superior de la Federación. Ahí existe una prudencia institucional que vale la pena reconocer. Porque una auditoría no debería convertirse en medalla cuando sale bien ni en declaración de guerra cuando formula observaciones. Es precisamente el mecanismo mediante el cual una institución pública demuestra que está dispuesta a que alguien más abra los cajones. Pero aquella mañana en San Lázaro hubo otra dimensión en el discurso de Dámaso Anaya. El rector habló también de las universidades como instrumentos del desarrollo regional. Y ahí abandonamos momentáneamente la contabilidad para entrar en algo bastante más interesante.

Sesudo lector, una universidad pública asentada en Tamaulipas no puede comportarse como una isla académica rodeada por el estado que la financia. Tiene que mirar lo que ocurre afuera, la industria, el campo, la frontera, el comercio internacional, la energía, la salud, la tecnología y, particularmente, el mercado laboral al que terminarán llegando sus estudiantes. El Rector Anaya habló de apoyar a los gobiernos estatales en el desarrollo de proyectos regionales capaces de convertirse, según sus propias palabras, en un “boom de desarrollo”. La expresión puede parecer coloquial, pero detrás existe una concepción universitaria perfectamente defendible, vincular el conocimiento producido dentro de las aulas con las necesidades económicas y sociales de la región. Porque al final de toda esa arquitectura institucional aparece alguien mucho menos solemne que un rector, un auditor o un diputado. Aparece un estudiante.

Un joven que entra a la Universidad con una mochila y varios años después debe salir de ella con una profesión que encuentre acomodo en el mundo real. De poco serviría presumir universidades cada vez más grandes si las economías regionales fueran incapaces de absorber a quienes egresan de ellas. De ahí que la vinculación entre universidad, gobierno y sectores productivos no sea un adorno discursivo: puede convertirse en una de las diferencias entre fabricar títulos profesionales y formar profesionistas con futuro.

Tal vez por eso la participación del Rector Dámaso Anaya en aquel encuentro tuvo un simbolismo adicional. No habló únicamente por la Universidad Autónoma de Tamaulipas, sino desde la representación de las universidades públicas del noreste, planteando ante el Poder Legislativo la necesidad de construir una agenda común y fortalecer las condiciones que permitan a estas instituciones cumplir sus responsabilidades. Y conviene aquí no caer en excesos.

No corresponde convertir el cumplimiento de una obligación en epopeya. Rendir cuentas no constituye una hazaña para una universidad pública; constituye su deber. Tampoco una auditoría favorable debería provocar fanfarrias. Para eso existen precisamente las auditorías. Pero en tiempos donde tantas instituciones parecen experimentar alergia cuando alguien pronuncia las palabras fiscalización, transparencia o rendición de cuentas, tampoco resulta desdeñable que un rector se plante frente a la Cámara de Diputados y diga públicamente que administra “los dineros del pueblo” y que, precisamente por eso, está obligado a explicar su destino.

Querido y dilecto lector, acaso ahí radique el reconocimiento prudente que merece lo ocurrido. El Rector Dámaso Anaya llegó a San Lázaro con números, pero habló de estudiantes; llevó estados financieros, pero terminó hablando de desarrollo regional; entregó cuentas del pasado y aprovechó la tribuna para plantear parte del futuro. Y mientras abandonaba la Cámara de Diputados, quiero imaginar que aquellos gruesos expedientes de la Universidad Autónoma de Tamaulipas permanecieron sobre alguna mesa esperando la mirada minuciosa de los auditores. Así debe ser. Porque tratándose de una universidad pública, el prestigio no consiste en que nadie revise las cuentas. Consiste precisamente en poder ponerlas sobre la mesa.

El tiempo hablará.

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