Locuras Cuerdas. ·Martín Sifuentes: cuando la vocación encuentra su cauce. Historias del Bicentenario. Por Jorge Chávez Mijares.
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- 17 abr
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Martín Sifuentes: cuando la vocación encuentra su cauce. Historias del Bicentenario.
Por Jorge Chávez Mijares.

Segunda Parte.
Querido lector, si en la infancia la vocación suele presentarse como un susurro, apenas perceptible, casi lúdico, es en la juventud donde comienza a tomar cuerpo, a reclamar espacio y a exigir definiciones. Lo que en los primeros años fue intuición y juego, en esta etapa de la vida de Martín Sifuentes empieza a ordenarse como destino: una inclinación que ya no se insinúa, sino que se afirma.

En la secundaria, el destino volvió a insinuarse, ahora con una claridad casi reveladora. Recuerda a su maestra de español, Pilar Torres Zárate, quien el primer día de clases pidió a cada alumno presentarse ante el grupo. Cuando llegó su turno, lo hizo con naturalidad, con soltura, sin titubeos. Y fue ahí, en ese instante aparentemente trivial, donde tuvo una especie de revelación íntima: observó que para la mayoría de sus compañeros aquel acto sencillo, ponerse de pie y hablar, resultaba un desafío enorme. Para él, en cambio, era territorio propio. Ahí entendió, sin palabras, que había algo distinto en su forma de estar frente a los demás.
En esa misma secundaria, comenzó a escribir crónicas de los partidos de fútbol del salón y de cualquier actividad que mereciera ser contada. Las redactaba y las colocaba en un pequeño tablero de avisos, como quien deja constancia de lo vivido. No tardaron en bautizarlo: “Martín el Periodista”. Y el apodo, lejos de incomodarlo, le sentaba bien, como si ya le perteneciera.
El fútbol, por supuesto, ya formaba parte de su vida. Su afición por el Club América se remontaba a sus seis años, y desde entonces lo acompañaba con la fidelidad de las pasiones tempranas. Pero no solo lo vivía como espectador: lo reinterpretaba, lo narraba, lo hacía suyo.
Había en él una curiosidad metódica que iba más allá del juego. Recuerda que en Tampico las estaciones de radio se organizaban en el cuadrante con sus siglas y frecuencias, y él, por puro gusto, se dedicaba a registrarlas: anotaba las letras de cada estación, su nombre comercial, su ubicación en AM o FM, construyendo una suerte de mapa radiofónico personal. Era, sin saberlo, un ejercicio temprano de orden, de sistema, de comprensión del medio que algún día lo acogería.
Y en casa, el juego se volvía ensayo. Bajaba el volumen del televisor durante los partidos de fútbol y tomaba el control de la narración. Él hacía la crónica, él ponía la emoción, él construía el relato. Su referente, su guía invisible, era Ángel Fernández, cuya voz había dejado una huella profunda en su manera de sentir el deporte. Esos eran sus juegos. Pero en realidad, ya estaba ensayando su destino.
Ya en la Prepa “Madero”, en Ciudad Madero, el destino volvió a tomar forma concreta a través de una figura clave: el profesor Porfirio Muñoz, maestro de Literatura y Redacción. Fue él quien descubrió que el joven Sifuentes no solo escribía, sino que lo hacía con una naturalidad poco común. Comenzó entonces a encargarle ensayos, y Martín respondía con una soltura que no parecía aprendida, sino intuida.
Había en él una capacidad de observación que lo distinguía. Entendió, casi por instinto, que las notas periodísticas tenían una estructura, un ritmo, una lógica interna. Aprendía viendo, leyendo, descifrando. Y eso, el maestro Porfirio Muñoz lo percibía con claridad.
Reconoce, sin embargo, una paradoja que lo define: fue malo para la ortografía en términos formales, nunca aprendió sus reglas con disciplina académica; pero logró una ortografía impecable gracias a la lectura constante. No escribía bien por norma, sino por memoria visual, por familiaridad con la palabra bien escrita.
El propio maestro, orgulloso, solía “placearlo” por otros salones, presentándolo casi como un ejemplo: “Miren a este muchacho, escribe bien”. Y aquel reconocimiento, lejos de inflarle el ego, le provocaba una pena profunda, una incomodidad tímida ante la exposición pública.
Fue también en esos años, 1978, cuando conoció a quien habría de convertirse en su compañera de vida: Soraya Cortez. Con ella se casó el 21 de octubre de 1984, a los 21 años, iniciando una historia que ha trascendido el tiempo. Juntos procrearon tres hijos: Martín, Omar y Brenda. A Soraya la define como una mujer extraordinaria, no solo por el vínculo afectivo, sino porque ha sido su ayuda idónea, su sostén silencioso y firme en el largo trayecto de casi 42 años de matrimonio. Porque si algo enseña la vida, y él lo ha aprendido bien, es que detrás de toda vocación que perdura, suele haber también una presencia que acompaña, y que nunca falla.
Ya en 1979, en las aulas de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, Martín inició su formación en la carrera de Derecho. Sin embargo, el destino, siempre puntual en sus citas, le tenía preparada una bifurcación decisiva: al año siguiente, en 1980, se anunció la apertura de la carrera de Ciencias de la Comunicación en la misma facultad. No lo dudó. Dio el giro, pero sin moverse de lugar. Cambió de ruta, para encontrarse a sí mismo.
Ahí conoció a la maestra Ana Luisa García, periodista y entonces jefa de redacción de “El Heraldo de Tampico”, hoy columnista en Ciudad Victoria. Fue otra mirada experta la que supo leer en él lo que aún se estaba gestando: una facilidad natural para redactar, una intuición periodística que no se enseña, pero sí se pule. Ella lo orientó, lo encauzó, le dio herramientas académicas que terminaron de afinar una vocación que ya venía anunciándose desde la infancia.
Y es que, visto en perspectiva, cada maestro, desde la primaria hasta la universidad, que detectó en él ese germen de periodista dejó una huella indeleble. No fueron encuentros aislados, sino una cadena de señales que, al cruzarse entreveradamente, terminaron por delinear con claridad su destino: ser periodista no era una opción, era su naturaleza.
El tiempo avanzó. Ya en la etapa del servicio social, la vida volvió a tocar a su puerta en forma de oportunidad. Su amigo Marco Reyna lo invitó, junto con otros estudiantes, Raquel Ponce, Alfonso Chong y Christopher Mora, a visitar el canal 9 de Tampico, una televisora independiente, y entonces ocurrió. El 23 de mayo de 1985, siendo aún estudiante, Martín Sifuentes cruzó por primera vez el umbral del fascinante y vasto mundo de la televisión. No entró como un extraño, sino como quien, sin saberlo del todo, regresaba al lugar al que siempre había pertenecido.
Al término de su Servicio Social, la puerta que había tocado con curiosidad terminó por abrirse de par en par. Lo invitaron, junto con otros compañeros, a quedarse en el canal 9 de Tampico, donde ya existía un pequeño noticiero al que se integraron en 1986 para fortalecerlo. No era aún la gran televisión, pero sí el escenario donde comenzaban a templarse las vocaciones verdaderas.
Y así, lo que comenzó como una intuición infantil, una voz que se ensayaba frente a un televisor en silencio empezaba a adquirir forma, oficio y destino. Pero toda vocación, para consolidarse, debe enfrentarse a la prueba de la realidad, los ritmos de la noticia, las tensiones del medio y las decisiones que marcan una vida entera.
Querido y dilecto lector, lo que sigue no será ya el descubrimiento, sino la forja. Porque hay momentos en que el talento deja de ser promesa, y se convierte en responsabilidad. Esta historia, como la vida misma, aún tiene mucho que decir.
El tiempo hablará.




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