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Locuras Cuerdas ·Los desastres de Cabeza de Vaca enTamaulipas. Por Jorge Chávez Mijares.

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Los desastres de Cabeza de Vaca en Tamaulipas

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, imagino que en algún archivo del Gobierno de Tamaulipas los contratos han comenzado a hablar de noche. Primero fue un murmullo entre carpetas; después, un crujido de firmas. Ahora dos antiguos secretarios señalan hacia la misma oficina: la del hombre que, según sus testimonios, daba instrucciones sobre los negocios mientras ellos conservaban el nombramiento, el escritorio y una responsabilidad que hoy les reclama explicaciones.

Carlos García González y Gloria de Jesús Molina Gamboa describen, desde dependencias distintas, una semejanza inquietante: el reparto entre la autoridad formal y el control efectivo del dinero. Sus declaraciones son acusaciones que deben contrastarse con documentos y resoluciones; también son testimonios de quienes estuvieron dentro y ahora enfrentan procesos o denuncias relacionados con aquella administración.

En la entrevista del 23 de octubre de 2026 con Rosy Pereda, Carlos García, exsecretario de Desarrollo Económico, atribuyó los hechos que se le imputan a instrucciones del entonces gobernador Francisco García Cabeza de Vaca. Recordó que, desde los primeros días, lo citaron para indicarle que los proyectos llegarían de la oficina del Ejecutivo y que su dependencia actuaría solamente como área requirente. Hay una corrección suya que merece atención. Cuando la entrevistadora interpretó que aquello significaba ser solamente firmante, respondió: “No, ni eso, nada más requería un servicio”. Su defensa distingue funciones: sostiene que no seleccionaba proveedores, adjudicaba contratos, determinaba montos ni autorizaba pagos. Pide investigar quién instruyó, decidió, adjudicó, autorizó y ejecutó. La cadena de mando, ahora que pesa, necesita todos sus eslabones.

Gloria Molina había descrito una división parecida en su video del 14 de septiembre: ella atendería los asuntos técnicos y operativos de Salud; Cabeza de Vaca controlaría, según su declaración, la proveeduría y los contratos de interés económico o político mediante la Subsecretaría de Administración y Finanzas. Señaló a Alejandro Aguilar Poegner como conocedor y supervisor del cumplimiento de aquellas indicaciones. También atribuyó al exgobernador instrucciones para adjudicar contratos a Grupo Industrial Permart y Joser, empresas vinculadas con Sergio Carmona. La doctora manifestó que asumiría la responsabilidad que le correspondiera, pero rechazó que esta se concentrara en los subordinados y dejara fuera a quien, asegura, daba las órdenes.

Sesudo lector, los relatos coinciden en su arquitectura, aunque describen participaciones diferentes. Carlos sostiene que su intervención estaba limitada a requerir servicios. Gloria habla de instrucciones sobre adjudicaciones concretas. Esa diferencia importa: una columna crítica pierde fuerza cuando aplana los hechos para que todos quepan en la misma acusación. Si sus versiones se acreditan, estaríamos ante una forma de ejercer el poder que merece una disección: concentrar las decisiones económicas arriba y mantener abajo la estructura administrativa que debía responder por ellas. El gobernador conservaría el timón; los titulares viajarían con su nombre pintado en el casco.

Conviene distinguir, además, intención y efecto. Los testimonios permiten examinar una concentración del control; no prueban por sí solos que desde el inicio existiera un plan deliberado para fabricar futuros culpables. Pero el efecto que denuncian resulta evidente: quienes dicen haber tenido facultades recortadas son quienes hoy deben explicar actuaciones de sus dependencias.

Imagino al escritor francés Honorato de Balzac observando aquella primera conversación. Le interesaría menos el mobiliario que el instante en que un hombre escucha las condiciones del poder y decide quedarse. El austriaco Stefan Zweig quizá demoraría una página entera en ese silencio: la pequeña concesión que todavía parece manejable, el pensamiento tranquilizador de que nada malo ocurrirá. No podemos atribuirles una opinión sobre estos personajes. Podemos, sí, observar el episodio con esa atención suya a las contradicciones humanas.

En el esquema denunciado asoma una posible voracidad: reservarse las decisiones sobre contratos como si el presupuesto fuera una extensión del mando personal. A esa concentración puede acompañarla una soberbia todavía más peligrosa: creer que la obediencia de los colaboradores durará incluso cuando lleguen las consecuencias. Del otro lado está la seducción del cargo. ¿Qué hace una persona cuando acepta dirigir una secretaría y descubre que decisiones fundamentales quedan fuera de su alcance? Puede protestar, documentar sus objeciones, exigir facultades o marcharse. También puede acomodarse.

No conocemos todas las decisiones ni las objeciones que Carlos García y Gloria Molina pudieron formular entonces. Pero sus testimonios obligan a preguntar por qué permanecieron bajo unas condiciones que hoy presentan como explicación central de sus problemas. El anhelo de influencia, reconocimiento o pertenencia al círculo del gobernador ofrece una lectura humana posible; acreditarlo como motivo personal exigiría más evidencia. El poder tiene un perfume que vuelve tolerables ciertas advertencias. Uno cree que recibe una distinción y, años después, descubre que también aceptó un riesgo.

Cabeza de Vaca permanece en Estados Unidos y ha expresado aspiraciones presidenciales rumbo a 2030. Él sostiene que enfrenta una persecución política. Esa es su defensa, y corresponde consignarla. Pero la denuncia de persecución no responde, por sí sola, a la pregunta concreta que plantean sus antiguos colaboradores: ¿quién controlaba aquellas decisiones? Hay un descaro político en pretender dar lecciones de rectitud sin despejar señalamientos tan específicos de quienes integraron su gabinete. La ambición presidencial podrá apuntar hacia el futuro; los contratos siguen mirando hacia atrás.

Tampoco sabemos si paga por los espacios periodísticos donde aparece. Afirmarlo sin pruebas reproduciría el vicio que estamos criticando. Lo previsible es que continúe buscando micrófonos y entrevistas para defenderse. Cada aparición debería servir para preguntarle por estas versiones, no para permitir que una cátedra de honestidad sustituya las respuestas.

Querido y dilecto lector, por lo pronto, el pus político de su administración comienza a salir por las grietas de los testimonios. La imagen es áspera porque áspera resulta la escena, antiguos colaboradores explicando que el mando del dinero estaba en otra parte, mientras las responsabilidades llaman a sus puertas. Si el cálculo fue que guardarían silencio y cargarían solos con todo, ese cálculo empieza a fallar. Los expedientes ya encontraron voz. Falta que la investigación establezca quién les dictó.

El tiempo hablará.

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