Locuras Cuerdas ·Las trampas de Argentina: cuando la pelota también revela el carácter Por Jorge Chávez Mijares.
- locurascuerdas1
- 23 jul
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Las trampas de Argentina: cuando la pelota también revela el carácter
Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, hay conversaciones que comienzan con un intercambio de mensajes de WhatsApp y terminan convertidas en una columna. Ésta es una de ellas. Hace un par de días, platicando con mi amigo Miguel Guerra —uno de esos hombres que entienden el fútbol como otros entienden la literatura clásica— me dijo algo que se me quedó dando vueltas en la cabeza:
—Jorge, alguien tiene que escribir sobre las trampas de Argentina en este Mundial.
Confieso que la frase me incomodó. Porque las palabras importan. "Trampa" es una palabra demasiado pesada. Remite al engaño deliberado, a la intención de obtener una ventaja ilegítima. Sin embargo, después de revisar durante horas la final entre España y Argentina, las semifinales, algunos pasajes del encuentro contra Egipto y, sobre todo, la conferencia de prensa de Luis de la Fuente, entrenador español, comprendí que quizá Miguel no estaba hablando solamente de fútbol. Estaba hablando de dos maneras distintas de entender la vida.
No me interesa discutir si Argentina es una gran selección. Lo es. Nos guste o no Lionel Messi seguirá siendo uno de los futbolistas más extraordinarios que han pisado un campo de juego. Lionel Scaloni ha construido una generación memorable. Negarlo sería absurdo. Lo interesante es otra cosa. Lo interesante es preguntarnos qué ocurre cuando una cultura futbolística convierte la marrullería en virtud y cuando otra convierte el comportamiento en parte de su identidad. Porque el fútbol, querido lector, es muchas cosas, pero nunca miente. Tarde o temprano termina revelando quién eres.
Al minuto 61:29 de la final, las cámaras enfocaron al entrenador español. El marcador seguía 0-0. Su rostro era el de un hombre suspendido entre dos destinos posibles. Había tensión en la mandíbula, dureza en la mirada y una especie de soledad que solamente conocen los entrenadores. En ese instante, Luis de la Fuente todavía no sabía que estaba a menos de una hora de entrar en la historia. Dos horas después, en la conferencia de prensa, era otro hombre. No exagero. Entre un momento y otro hay menos de ciento veinte minutos. Entre un rostro y otro hay un océano. El primer hombre estaba discutiendo con el destino. El segundo acababa de recibir una respuesta. Y quizá por eso esta historia no trata sobre un gol de Ferrán Torres ni sobre una Copa del Mundo. Trata sobre el carácter. Porque mientras España parecía obsesionada con jugar al fútbol, Argentina parecía obsesionada con impedir que el otro jugara. Repasemos algunos momentos.
Leonardo Paredes ingresó al campo y apenas unos segundos después decidió darle una bienvenida muy argentina a Ferrán Torres: una falta para intimidarlo y, acto seguido, la indignación teatral ante el árbitro, como si la víctima hubiese sido él. Poco después, Nahuel Molina derribó a Álex Baena. Nicolás Otamendi empujó a Ferrán Torres. Cristian Romero puso una zancadilla a Pedri frente al árbitro. Nadie perdió la cabeza. Nadie respondió. España siguió jugando.
Más tarde, Enzo Fernández derribó a Pau Cubarsí en el área chica durante un tiro de esquina. Pedri fue empujado dos veces en una misma jugada, una de ellas dentro del área. Giuliano Simeone buscó la confrontación física. Nicolás Otamendi convirtió el arte de caer al césped en una disciplina olímpica. Y entonces ocurrió una escena extraordinaria.
Al minuto 92:24, Enzo Fernández fue expulsado por una entrada violentísima sobre Pau Cubarsí. Mientras el árbitro levantaba la tarjeta roja, Nicolás Tagliafico decidió tirarse al césped fingiendo una lesión. Lionel Messi señalaba a su compañero caído, intentando llamar la atención del árbitro en medio del caos. Era como observar una vieja compañía de teatro representando una obra conocida. He escuchado a muchos aficionados decir: "Eso también es fútbol". No estoy tan seguro. Eso también es supervivencia. Eso también es psicología deportiva. Eso también es una estrategia. Pero no necesariamente es fútbol.
Sesudo y docto lector, Martin Seligman, el padre de la psicología positiva, sostiene que existen veinticuatro fortalezas universales del carácter. Entre ellas se encuentran la honestidad, la perseverancia, la autorregulación, la justicia y el liderazgo. Curiosamente, muchas de ellas parecían estar repartidas aquella tarde entre los dos banquillos. Luis de la Fuente habló de solidaridad, valores, generosidad y bien común. No habló de táctica. No habló de esquemas. No habló de posesión de balón. Habló de personas. "La gente buena, solidaria, generosa, con valores, que son capaces de formar un auténtico equipo..." Y después añadió algo que me parece una de las frases más importantes pronunciadas en una sala de prensa en muchos años: "La victoria es la consecuencia de un trabajo bien hecho." Observe sesudo lector la diferencia.
Mientras unos buscaban sacar de quicio al rival, otros seguían hablando de trabajo. Mientras unos reclamaban al árbitro, otros hablaban de gratitud. Mientras unos terminaban repartiendo puñetazos y empujones después del silbatazo final, otros abrazaban al entrenador derrotado. Hay un momento particularmente hermoso en la conferencia. Un periodista le pregunta a Luis de la Fuente qué sintió cuando Ferrán Torres anotó el gol del campeonato. El seleccionador recuerda inmediatamente a Vicente del Bosque y aquella frase pronunciada en Sudáfrica: "Todavía queda, todavía queda." Eso es España.
La memoria de un campeón enseñando a otro campeón cómo comportarse cuando el mundo comienza a rendirse ante tus pies. Más adelante, otro periodista le pregunta qué les dijo a sus jugadores antes de iniciar la final. La respuesta merece ser enmarcada: "Señores, tenemos una cita con la historia, vamos a llegar los primeros." Y llegaron. Pero lo hicieron sin necesidad de convertirse en aquello que enfrentaban.
No quiero ser injusto con Argentina. Ningún país puede resumirse en once futbolistas. Borges también era argentino. Favaloro era argentino. Ernesto Sábato era argentino. René Favaloro le regaló un bypass coronario a la humanidad y jamás cobró una patente. Pero el fútbol posee una extraña capacidad para exagerar las virtudes y defectos de las sociedades. Los italianos hicieron del catenaccio una filosofía. Los brasileños convirtieron la alegría en un sistema táctico. Los alemanes industrializaron la eficiencia. Los ingleses inventaron el deporte. Y los argentinos, durante décadas, han coqueteado peligrosamente con la idea de que la picardía es una forma superior de inteligencia.
El problema es que la picardía tiene una fecha de caducidad. La clase, no. Por eso me impresionó tanto la respuesta de Luis de la Fuente cuando le preguntaron qué sentía después de ganar la Copa del Mundo: "Pues la felicidad debe ser algo así, pero sobre todo, más que eso es orgullo..." No dijo venganza. No dijo justicia. No dijo que había derrotado a Messi. Dijo orgullo. Y entonces comprendí algo. La verdadera historia de este Mundial no es que España haya derrotado a Argentina uno a cero. La verdadera historia es que un grupo de muchachos decidió demostrar que todavía es posible ganar siendo decente.
En tiempos donde confundimos el cinismo con la inteligencia y la desconfianza con la experiencia, Luis de la Fuente apareció para recordarnos una idea casi revolucionaria: que la buena gente también puede ganar. Quizá por eso resulta tan poderoso comparar los dos momentos. Al momento del juego, durante el partido, se le veía mirando hacia el campo con la expresión de quien todavía no sabe si será recordado o simplemente olvidado por la historia. Horas después, ya en la conferencia de prensa, su rostro era distinto: la mandíbula relajada, una media sonrisa y los ojos mucho más tranquilos. Ahora sabemos que hay personas que envejecen veinte años en una década. Otras envejecen una década en noventa minutos. Entre aquellos dos momentos ocurrió un pequeño salto cuántico. El entrenador salió al campo siendo Luis de la Fuente y compareció después convertido en el hombre que llevó a España a conquistar el mundo.
Querido y dilecto lector, sin perder de vista que el fútbol es lo más importante de lo menos importante, seguirá enseñándonos una de sus lecciones más antiguas, puedes engañar al árbitro algunas veces, puedes engañar al VAR algunas veces, puedes incluso engañar a millones de aficionados durante algunos años. Pero nunca podrás engañar a la historia. Porque la historia, a diferencia de los árbitros, siempre termina revisando la jugada. Felicidades España.
El tiempo hablará.




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