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Locuras Cuerdas ·La otra España: el salto cuántico de Monserrat Por Jorge Chávez Mijares

  • locurascuerdas1
  • 4 ago
  • 5 min de lectura

La otra España: el salto cuántico de Monserrat

Por Jorge Chávez Mijares


“Con la tierra a sus espaldas, la aventura en su mirada...”

—Juan Carlos Calderón, La otra España

Querido lector, hay noches en las que uno quisiera sobornar al reloj. Anoche sábado fue una de ellas. Estábamos alrededor de una mesa Jorge Isaac, Monserrat, una amiga de mi hija y yo. Había vasos, conversación, sonrisas y esa aparente normalidad con la que algunas veces la vida disfraza sus acontecimientos importantes.

Parecía una noche cualquiera, una de esas reuniones que uno supone destinadas a perderse mansamente entre tantas otras. Pero no era una noche cualquiera, era una despedida. Nosotros conversábamos, reíamos y prolongábamos la sobremesa mientras, sin advertirlo demasiado, intentábamos engañar al reloj. Como si alargar la conversación pudiera también alargar la noche; como si una sonrisa más consiguiera retrasar unas horas el porvenir. Pero debajo de aquella alegría había un reloj trabajando en secreto. Y el reloj sabía algo que nosotros procurábamos olvidar por unas horas: Monserrat se iba.

Hoy domingo, a las seis de la tarde, sale de Laredo, Texas, rumbo a España. Mañana, a las tres de la tarde, hora de Madrid, aterrizará para comenzar una nueva etapa de su vida. Y escribo “aterrizará”, aunque sospecho que el verbo resulta insuficiente. Los aviones aterrizan, las personas, cuando emprenden ciertos viajes, se transforman. Hace algunos días volví a escuchar “La otra España”, aquella hermosa canción que Juan Carlos Calderón escribió y que Mocedades convirtió en memoria sentimental de toda una generación. La canción comienza con un hombre que se hace a la mar dejando “la tierra a sus espaldas y llevando la aventura en la mirada”. Y pensé inevitablemente en Monserrat, sólo que ella hará el viaje en sentido contrario.

Aquel marinero imaginado por Calderón abandonaba España para atravesar el Atlántico rumbo a América. Mi hija cruzará ahora el mismo océano hacia la otra orilla. El mar es el mismo, la aventura también. Han cambiado solamente la dirección y el viajero. Hay viajes que trasladan el cuerpo y hay otros que desplazan la vida. Monserrat hará ambas cosas. Un avión recorrerá miles de kilómetros durante unas horas; ella, en cambio, realizará una distancia que ninguna aerolínea puede medir. A eso, desde hace algún tiempo, me gusta llamarlo salto cuántico. No utilizo la expresión con pretensiones de físico extraviado en una columna periodística. La utilizo como metáfora de esos momentos en los que la vida cambia de estado y establece silenciosamente una frontera entre lo que éramos y aquello que estamos comenzando a ser. Hoy ocurre uno de esos momentos. La persona que subirá al avión será Monserrat, la joven que algún día regrese también será Monserrat, pero entre ambas habrá ocurrido España, habrá ocurrido Madrid, habrá ocurrido la universidad, habrán ocurrido personas que todavía no conoce, conversaciones que aún no imagina, calles cuyos nombres todavía no significan nada para ella, equivocaciones que tendrá que cometer por cuenta propia, libros, maestros, viajes, alegrías, alguna inevitable tristeza y esa extraordinaria universidad que no expide títulos pero educa a todos, la vida. Uff, cuanta filosofía en un viaje.

Ahora mi hija se inaugura en el océano de Madrid. Me gusta pensar así esa ciudad inmensa que la espera, un océano. Y a los océanos no se va únicamente a contemplarlos, hay que aprender a navegarlos. Monserrat llega instruida en muchas cosas y, mucho más importante, con ganas de conocer el mundo. Va en busca de una experiencia constructiva que habrá de servirle para esa irremediable lucha de la vida que tarde o temprano nos exige comparecer a todos. No le tiene miedo al porvenir y eso me tranquiliza. Por el momento no parece inquietarle demasiado aquello que el futuro tenga reservado para ella. Quizá porque empieza a comprender una de esas verdades que solamente los años terminan confirmándonos: el porvenir es igualmente incierto para los ricos y para los pobres, para quienes creen tenerlo resuelto y para quienes todavía no saben qué harán mañana.

Nadie posee escrituras sobre el futuro, se llega a él viviendo y Monserrat quiere vivir. Tal vez por eso he pensado también estos días en Don Quijote. Antes de que partiera quise explicarle quién era aquel hidalgo manchego que un día decidió abandonar la seguridad de su aldea porque afuera había un mundo que necesitaba conocer. Mi hija no va a combatir molinos de viento ni a desfacer entuertos, eso espero, pero todo viaje importante conserva algo quijotesco, hay que abandonar durante un tiempo la seguridad de lo conocido para descubrir aquello que podemos llegar a ser.

Sesudo lector, por otro lado, Monserrat ha sido siempre, de alguna manera, mi alter ego. No porque sea una reproducción mía, sería una injusticia pretenderlo. Ella tiene su propia inteligencia, su temperamento, vaya que lo tiene, sus decisiones y una manera particular de plantarse frente al mundo. Pero existen ciertos espejos en los hijos, gestos, curiosidades, preguntas, formas de mirar, particularmente sus manos. Pedazos de uno mismo que un día descubrimos caminando independientemente dentro de otra persona y entonces comprendemos algo desconcertante, aquella niña que tanto quise formar ya no me pertenece. Quizá nunca me perteneció. Mi tarea como padre solamente consistía en acompañarla hasta que pudiera caminar sola, como cuando aprendió a andar en bicicleta en el parque Olímpico de Matamoros.

Monserrat y yo hemos vivido durante años en ciudades distintas. Sin embargo, la geografía jamás consiguió hacer su trabajo completo. La distancia estuvo siempre en el mapa, nunca entre nosotros. Las ciudades pudieron separarnos por kilómetros; nunca encontraron la manera de colocar una frontera entre padre e hija. Ahora habrá un océano, pero los océanos tampoco saben demasiado de afectos. En ese mapa sentimental de Monserrat existe alguien a quien quiero mencionar con justicia: Rebecca, su madre. Ella ha sido durante todos estos años la presencia físicamente cercana a nuestra hija, la madre de la cotidianidad, de los días ordinarios, de esas pequeñas cosas que aparentemente no hacen historia pero terminan construyendo una vida.

Y está también Jorge Isaac, su hermano, su cómplice. Isaac ejerció durante algún tiempo ese antiquísimo oficio que parece venir incluido en el acta de nacimiento de muchos hermanos, fastidiar a la hermana. Lo hizo con razonable aplicación, pero el tiempo posee una extraña alquimia. Aquel hermano ocasionalmente fastidioso terminó convirtiéndose en el hermano amado, en el confidente, en ese muchacho al que Monserrat puede contarle prácticamente todo. Hoy sabemos que hay hermanos que comienzan disputándose el territorio doméstico y terminan convirtiéndose en custodios de los secretos del otro. Eso son ahora Isaac y Monserrat.

Hoy domingo llegará la hora. Y aparecerá inevitablemente aquella expresión que como padre he utilizado durante años: la niña de mis ojos. Esa aludida se va. Monserrat dejará atrás su entorno familiar y mientras ella atraviese el océano, probablemente yo vuelva a escuchar a Mocedades. Pensaré en aquel marinero de “La otra España” que se hizo a la mar con “la tierra a sus espaldas y la aventura en la mirada”. Cincuenta años después, una joven llamada Monserrat hace el viaje contrario. No lleva sombrero de ala ancha, ni lleva un clavel en la solapa. Lleva cosas bastante más importantes y completamente invisibles. Lleva su infancia, Lleva a Rebecca, su madre, lleva a Jorge Isaac, su hermano, algunas amistades y supongo que lleva también un poco de mí. Lleva las conversaciones, las risas, los desencuentros, los consejos que escuchó y probablemente algunos que decidió prudentemente ignorar. Lleva todo aquello que constituye su entorno familiar.

Querido y dilecto lector, mañana, cuando las ruedas del avión toquen tierra española, comenzará lentamente el proceso inverso, Madrid comenzará a envolverla. Algún día regresará hablando de calles que hoy desconoce como si siempre hubieran formado parte de su memoria, tendrá amistades cuyos nombres todavía no existen para nosotros. Habrá lugares donde habrá reído, estudiado, llorado o descubierto alguna cosa importante acerca de sí misma. Mañana comienza otra Monserrat. Dios la bendiga.

El tiempo habló y hablará.

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