Locuras Cuerdas ·Humberto Prieto Herrera: anatomía de un camaleón en traje legislativo Por Jorge Chávez Mijares.
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- 27 nov 2025
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nov 25, 2025.
Humberto Prieto Herrera: anatomía de un camaleón en traje legislativo
Por Jorge Chávez Mijares

Querido lector: hay personajes en la política que no requieren lupa para reconocer su naturaleza; basta observarles la piel. Y luego está Humberto Prieto Herrera, ese espécimen singular que no cambia de colores para camuflarse: cambia de colores porque es su modo de existir. Si Joseph Fouché, el príncipe del oportunismo francés, resucitara en Tamaulipas, encontraría en Prieto a un discípulo aplicado, un alumno encantador, sonriente, y peligrosamente hábil para sobrevivir en cualquier régimen, en cualquier bandera, en cualquier padrinazgo.
A veces pienso que Stefan Zweig, en su libro “Fouché, retrato de un hombre político”, se quedó corto. No imaginó que un día, en el noreste mexicano, iba a surgir un personaje que lo mismo se aferra al azul, luego se viste de guinda, después se proclama defensor del pueblo, antes sirviente de clanes, y siempre, siempre, servilísimo a quien tenga la chequera, el poder o la bendición del momento.
Porque ese es Humberto Prieto: un hombre que no defiende causas, sino coyunturas; no sigue principios, sigue patrocinadores; no honra lealtades, honra oportunidades. Y Tamaulipas lo ha visto todo.
Prieto nació a la vida pública con el cobijo del PAN y del gobernador Cabeza de Vaca. En 2012, ganó su diputación federal con 60,372 votos, ocupando el quinto lugar estatal. Y lo hizo bajo el amparo del panismo más crudo, el de clanes, compadres, padrinazgos y pagos políticos. Fue el muchacho estrella. Acción Juvenil lo adoraba. El PAN estatal lo presumía. Para muchos panistas era “el muchacho con futuro”.
Qué futuro tan peculiar: Impugnaciones en su elección interna, denuncias de compra de votos, acarreados, 26 panistas votando desde otro distrito, escritorios a la intemperie para pagar compromisos políticos. El “proyecto limpio”, como solían llamarlo, desde entonces apestaba a gasolina derramada. Pero, claro, Prieto sonreía. Siempre sonríe. Decía Honorato de Balzac que la sonrisa es el camuflaje de los que no tienen escrúpulos. Como buen aprendiz del fouchismo político, pronto entendió que el PAN le quedaba chico. Y el PAN lo entendió también: “traidor”, le llamaron. No sin razón.
Doce años de militancia, y un día simplemente dijo: “Mis principios ya no coinciden con el PAN.” ¡Ah, los principios! Esos objetos de utilería que Humberto guarda en un cajón, y saca sólo para decorar discursos huecos. Renunció al PAN, se arrojó a los brazos de Morena, y fue recibido como recién convertido al culto de la honestidad valiente. Le creyeron. Lo arroparon. Y claro, lo utilizaron: Carlos Peña y Maki Ortiz lo impulsaron para la diputación local.
Él correspondió como corresponde un camaleón: olvidando rápido. Cuando Américo ganó, Prieto ejecutó un acto de alquimia política: desapareció su gratitud a los Peña-Ortiz y nació, casi de inmediato, como un “americano devoto”, lo cual —a juzgar por su trayectoria— durará únicamente mientras el viento sople desde Palacio de Gobierno.
Hoy, con 41,028 votos y el quinto lugar entre 22 distritos, Prieto presume un liderazgo legislativo que no proviene de sus virtudes, sino de un arreglo: un gobernador que necesita operadores dóciles y un diputado que necesita cobijo para seguir escalando. Pero el poder desnuda. Y Prieto, ya sin cortinas, muestra su verdadera madera: Soberbio, grosero, petulante con sus pares, irrespetuoso con alcaldes de su propio partido, incapaz de sacar adelante un Congreso donde Morena tiene mayoría calificada.
Pastor de un rebaño que cada vez lo respeta menos, Humberto vive en un espejismo donde él es líder… cuando en realidad es sólo el beneficiario temporal del caos interno de Morena. ¿Cómo no recordar a Fouché, que bajo la máscara del servidor público sólo guardaba hambre?
El escándalo reciente estalló cuando se reveló que la esposa de Prieto, Verónica Garza Ayala, cobró 40 mil pesos mensuales durante cinco meses en la pasada legislatura. ¿Servicios profesionales? Eso dijeron. La verdad es que el timbrado lo canceló poco antes de haber sido evidenciado por la prensa estatal y nacional. ¿Y por qué cancelarlo? ¿Qué intentaban corregir? ¿Qué rastro querían desdibujar? No se necesita mucho conocimiento de la ley fiscal para entender que toda esta maraña de administración legislativa es total y absolutamente ilegal.
Quisquilloso lector, la ley es clara: Si el esposo es diputado y la esposa cobra en el mismo poder, hay conflicto de interés. Prieto respondió con su estilo característico: No mostró un documento. No presentó un solo comprobante. No enseñó pruebas. Y, en su lugar, repitió la perorata favorita: “Es culpa de Cabeza de Vaca.”
Qué cómodo: cuando estaba con él, Cabeza era guía moral. Hoy, ya es “delincuente”, “criminal”, “huachicolero”, “saqueador” desde el Zoom. Si eso no es fouchismo puro, ¿qué lo es?
Claudia Sheinbaum lo dijo en 2024: “Un legislador NO debe tener contratos con el gobierno. Es conflicto de interés.” ¿Y qué ocurre en Tamaulipas? La empresa del papá de Prieto, Humanya Construcciones, recibió: 3.2 millones para obras en Díaz Ordaz (marzo 2024), 4.6 millones para drenaje de Reynosa (febrero 2024).
¿Y quién fue gerente administrativo de esa empresa durante diez años? Exacto: el propio Humberto Prieto. Dirán que ya no es gerente. Que ya se separó. Que no hay conflicto. Por favor. Si eso no es conflicto de interés, entonces la palabra dejó de tener significado.
Sesudo lector, la lista es larga: Traicionó al PAN. Traicionó a Cabeza de Vaca. Traicionó a Maki. Traicionó a Carlos Peña. Y traicionará al gobernador Américo Villarreal cuando le convenga. Crónica de una traición anunciada diría Gabriel García Márquez. Y mientras tanto, sueña con ser alcalde de Reynosa. Corretea la liebre con obsesión. Pero en política, querido lector, siempre hay otro que la alcanza. Porque Humberto Prieto paga lealtades con olvido, favores con ingratitud y respaldos con traición.
Al preguntarle por la nómina, por los contratos, por el conflicto de interés, Prieto responde como quien improvisa un sermón vacío: “Ya está aclarado.” “Ya se explicó.” “Es guerra sucia.” “Es Cabeza.” Pero nunca explica. Nunca muestra nada. Nunca presenta pruebas. Sus palabras, al igual que su lealtad, no pesan, no valen, no significan.
Querido y dilecto lector, la pregunta es ¿Será alcalde de Reynosa? Tal vez. Vivimos tiempos kafkianos en que todo es posible. Pero si llega, no será por convicción, ni por talento, ni por liderazgo: será por su extraordinaria habilidad para cambiar de piel, por su don de sobreviviente, por su astucia para engañar a quienes todavía creen en él. Humberto Prieto es, en el fondo, un personaje literario: la mezcla incómoda entre un Fouché reynosense y un camaleón sin remordimientos. Un hombre sin doctrina. Sin gratitud. Sin pudor.
Y, sobre todo, sin memoria…excepto para recordar quién puede seguir sirviéndole. Mientras tanto, querido lector, nosotros seguiremos tomando nota. Al fin y al cabo, en la política tamaulipeca, nada envejece más rápido que la mentira…excepto quienes viven de ella.
El tiempo hablará.








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