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Locuras Cuerdas ·Escribir con el cuerpo: Teresa Parga (Nini) y las geografías que nos habitan. Por Jorge Chávez Mijares.

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  • hace 2 días
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Escribir con el cuerpo: Teresa Parga (Nini) y las geografías que nos habitan.

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, hoy domingo quiero escribir de una sobrina que admiro con cariño y respeto porque hay personas a las que el tiempo les cambia el rostro y otras a las que, además, les va poblando la mirada. El jueves 6 de agosto entré al Museo de Arte Contemporáneo de Tamaulipas (MACT) que dirige mi amiga Ada Lozano, para escuchar un conversatorio sobre Cristina Rivera Garza y, mientras buscaba dónde sentarme, descubrí que llevaba conmigo una fotografía que nadie más podía ver, la de una niña de ocho años a la que conocí como Nini. Frente a mí estaba Teresa M. Parga, la misma y otra.

Entre ambas habían ocurrido Salamanca, Granada, los libros, los maestros, las bibliotecas, España y esa misteriosa sedimentación que producen los lugares cuando uno no solamente pasa por ellos, sino permite que ellos pasen por uno. Nini es hija de Ernesto Parga, mi amigo, mi casi hermano, y por esas adopciones que la vida realiza sin notarios ni actas, algo de sobrina tiene para mí. Por eso aquella tarde no pude mirarla únicamente como conferencista. De vez en cuando buscaba a Ernesto entre los asistentes y lo encontraba henchido de ese orgullo que los padres intentan disimular inútilmente cuando descubren que sus hijos han comenzado a caminar intelectualmente mucho más lejos de donde alguna vez pudieron llevarlos de la mano.

El escenario parecía haberse confabulado con el tema. Había libros por todas partes, una obra plástica detrás del sillón negro, un micrófono, un volumen abierto sobre las piernas de Teresa y una orquídea blanca que permanecía sobre una mesa como si también hubiese acudido a escuchar. Afuera seguía Matamoros; adentro, por algún prodigio de la literatura, Salamanca y Granada habían conseguido cruzar el Atlántico sin pasaporte. Teresa (Nini para mi) llegó a ese conversatorio con credenciales que explicaban buena parte de aquella metamorfosis, graduada en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, obtuvo Sobresaliente con su Trabajo de Fin de Grado “Escribir con el cuerpo”: representación de la lejanía y la frontera en la obra poética de Cristina Rivera Garza. Actualmente cursa el Máster en Estudios Literarios, con especialización en Teoría de la Literatura, en la Universidad de Granada, mientras desarrolla Cartografía de la mujer imaginada: madres, niñas, viudas y extranjeras en la novela mexicana de mediados del siglo XX.

Agradeció a Javier por abrirle el espacio y a Ada Lozano por organizar el encuentro. Y comenzó. Entonces apareció la otra gran protagonista de la tarde: Cristina Rivera Garza, la escritora nacida en Matamoros cuya poesía —explicó Teresa— ha permanecido parcialmente a la sombra de una narrativa mucho más premiada y estudiada. Nini hablaba con las manos. Las abría, las juntaba, dibujaba conceptos en el aire. Pasaba del libro a la tableta y de la tableta al público. A ratos parecía profesora; en otros momentos volvía a ser simplemente Teresa conversando con una sala llena de gente.

Y eso fue quizá lo que más disfruté: su espontaneidad. No quiso esconderse detrás de una solemnidad académica. Cuando una idea se le escapó en mitad de la explicación de “La muerte me da”, lo reconoció sin empacho:

—Se me olvidó la segunda cosa que hace... ¿qué estaba diciendo?

Recordó. Volvió a olvidarla. Sonrió ante el naufragio momentáneo de la memoria.

—¡A ver, ya!

Y finalmente recuperó la idea. Aquello, lejos de disminuirla, la hizo crecer ante mis ojos. Porque allí estaba una joven investigadora permitiéndose ser humana frente al público, demostrando involuntariamente una de las tesis que defendía: que la literatura no baja del Olimpo ni es un don concedido a seres tocados por alguna divinidad; es trabajo, investigación, corrección, tachadura, equivocación, memoria y esfuerzo. Su propio conversatorio, explicó, era la materialización de aproximadamente un año de investigación y de conversaciones con Javier Dragustinovich.

Sesudo lector, por aquella sala desfilaron Gilles Deleuze, Virginia Woolf y su Orlando, Franz Kafka y Gregor Samsa; apareció Gloria Anzaldúa con Borderlands/La Frontera y el spanglish convertido en territorio movedizo; llegaron Alejandra Pizarnik, Juan Rulfo, Vicente Huidobro y hasta César Vallejo. No como cadáveres ilustres de una clase de literatura, sino como habitantes momentáneos de aquella pequeña república de libros. Y en el centro permanecía Cristina Rivera Garza. Teresa explicó el cuerpo, la lejanía y la frontera como coordenadas fundamentales de su investigación. Habló de una escritura capaz de devolver materialidad a aquello que la ausencia pretende arrebatarnos; de Liliana Rivera Garza, hermana de Cristina y víctima de feminicidio en 1990; de la madre; de Modesta Burgos y “Nadie me verá llorar”; de una literatura que puede ser habitada y que, al ser habitada, también nos transforma.

Cuando leyó “La gramática del lugar”, una palabra aparentemente insignificante —“aquí”— comenzó a ensancharse hasta dejar de ser solamente un adverbio. El lenguaje podía construir lugares inexistentes y permitirnos vivir dentro de ellos. Entonces comprendí algo que acaso nada tenía que ver con la conferencia y, al mismo tiempo, tenía que ver con todo. También nosotros somos una gramática del lugar. Matamoros estaba en Cristina Rivera Garza, aunque Cristina hubiese partido. España estaba en Teresa, aunque Teresa estuviera aquella tarde en Matamoros. Salamanca y Granada le habían dejado esas secuelas luminosas que solo producen los sitios donde uno aprende a contemplar el mundo de otra manera. Y Nini seguía estando dentro de Teresa.

Querido y dilecto lector, al terminar, después de recorrer cuerpos, fronteras, madres, ausencias, lenguajes y geografías, Teresa pronunció su “muchas gracias” y dejó escapar un suspiro. Yo escuché algo más en aquel suspiro. Escuché a la niña de ocho años despidiéndose por un instante de la mujer en que se había convertido. Con la mirada marginal pude ver a mi amigo Ernesto. Y pensé que algunos padres tienen el privilegio de presenciar cómo sus hijos aprenden a volar. Los tíos adoptivos, de vez en cuando, también.

El tiempo hablará.

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