Locuras Cuerdas ·El Águila que terminó por abrir las alas en Reynosa. Por Jorge Chávez Mijares..
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El Águila que terminó por abrir las alas en Reynosa.
Por Jorge Chávez Mijares.
ago 9, 2026.

Querido lector, hay obras públicas que se inauguran dos veces. La primera ocurre cuando llegan las máquinas, se trazan líneas sobre la tierra, aparecen los ingenieros con sus planos y los políticos pronuncian esas palabras que inevitablemente acompañan al concreto fresco: futuro, transformación, bienestar. La segunda inauguración es más difícil porque no admite discursos ni templetes, ocurre cuando llega el día en que la obra tiene que demostrar para qué fue construida. Algo de eso acaba de suceder en Reynosa con la Presa Rompepicos El Águila.
La vi aparecer varias veces en los informes de gobierno de Carlos Peña Ortiz. Estuve ahí. Recuerdo cuando mencionó el tema de “El Águila” y confieso que, entre tantos números que suelen desfilar por esas ceremonias, metros cuadrados, millones de pesos, beneficiarios, pavimentaciones, drenajes, luminarias, aquella presa tenía algo que despertaba curiosidad. Porque hablar de una presa rompepicos en Reynosa es hablar de una ciudad que mantiene desde hace décadas una relación complicada con el agua. Aquí puede faltar durante meses y después, paradójicamente, sobrar en unas cuantas horas. El problema no es solamente cuánto llueve. Es cuánto llueve, dónde cae esa agua y, sobre todo, qué hacemos con ella mientras intenta abandonar la ciudad. Ahí comienza la historia de “El Águila”.
El proyecto fue concebido dentro del Plan Hídrico Reynosa 2030 para contener temporalmente los escurrimientos provenientes de una cuenca de aproximadamente 1,964 hectáreas localizada al norponiente de la ciudad. La lógica era sencilla de explicar, aunque bastante más complicada de construir, detener parte del agua durante las lluvias intensas para impedir que toda llegara al mismo tiempo al Dren de “Las Mujeres” y posteriormente al canal Anzalduas. En otras palabras, darle tiempo al agua. Y en materia hidráulica, sesudo lector, algunas veces comprar tiempo significa evitar una inundación.
“El Águila” fue proyectada con una capacidad aproximada de 835 mil metros cúbicos de almacenamiento, sobre una superficie cercana a 30 hectáreas, con una cortina de concreto hidráulico de alrededor de 1,100 metros de longitud y 4.5 metros de altura, además de infraestructura destinada a controlar la salida del agua. Las cifras quedaron asentadas en los informes municipales que escuché en su momento. También los dineros. La primera etapa fue presentada con una inversión municipal cercana a los 130 millones de pesos. Posteriormente, el proyecto integral fue cuantificado en aproximadamente 480 millones de pesos, considerando alrededor de 129.97 millones de recursos municipales y 350 millones provenientes de participación privada.
No voy a convertir esta crónica en una auditoría. Los números son los que fueron presentados públicamente por el gobierno de Carlos Peña Ortiz y aquí los consigno como parte de la historia de la obra. Lo interesante vino después. Porque mientras las excavadoras removían miles de metros cúbicos de tierra y aquel enorme vaso comenzaba lentamente a adquirir forma, alrededor de “El Águila” comenzó a construirse otra cosa, una narrativa. Y las narrativas, a diferencia de las presas, no necesitan concreto. Hubo cuestionamientos periodísticos, críticas políticas, señalamientos sobre su costo, dudas sobre su conclusión y publicaciones que terminaron colocando sobre “El Águila” una sombra mucho más atractiva para los titulares que para la ingeniería. La llamaron incluso “presa fantasma”.
La expresión era formidable desde el punto de vista periodístico. Tenía misterio, acusación y escándalo contenidos en apenas dos palabras. El problema es que los fantasmas tienen una característica elemental: no existen. Y El Águila existe. Existe tanto que ahora contiene agua. Las imágenes recientes son difíciles de discutir. Desde el aire aparece una enorme superficie verde azulada incrustada entre las colonias de Reynosa. Hay taludes, concreto, estructuras hidráulicas, conductos, caminos perimetrales y un gigantesco vaso ocupado por cientos de miles de metros cúbicos de agua.
De fantasma no tiene nada. Y entonces ocurrió lo que probablemente Carlos Peña esperaba desde hacía tiempo, llovió. No una lluvia para fotografías oficiales, sino de esas lluvias que ponen nerviosa a Reynosa porque inmediatamente comienza la antigua aritmética ciudadana, cuánto está subiendo el agua, qué dren está lleno, qué colonia comienza a anegarse. El Dren de las Mujeres llegó prácticamente a su límite. Pero una parte considerable de los escurrimientos que normalmente habría presionado aquel sistema estaba en otro sitio, estaba dentro de “El Águila”. Y aquí es donde la obra abandona el PowerPoint de un informe de gobierno y entra en el territorio mucho más severo de la realidad. Una presa rompepicos no tiene como función hacer desaparecer el agua. Tampoco constituye una vacuna absoluta contra cualquier inundación. Su tarea consiste en recibir grandes volúmenes durante un periodo crítico, almacenarlos y posteriormente liberarlos de manera controlada, disminuyendo el pico hidráulico que soportan los drenes. Eso fue precisamente lo que ocurrió.
Carlos Peña apareció entonces frente a la presa acompañado por el arquitecto Eduardo López Arias. Detrás de ellos ya no había una maqueta ni una representación digital. Había agua, mucha agua. Peña explicó que durante las lluvias recientes el Dren de “Las Mujeres” estuvo a tope y sostuvo que la captación realizada por “El Águila” contribuyó a impedir su desbordamiento y la consecuente afectación de numerosas colonias. Y después apareció el político.
Porque Carlos Peña no resistió la tentación. “Saludos a todos los que no saben cómo funcionaba una presa, a todos los haters”, dijo frente a la cámara. Incluso invitó a pescar, organizar torneos de remo o andar en jet-ski. Muy Carlos Peña. Se llama ironía política cuando la realidad avala. Porque detrás de él estaba ocurriendo algo bastante más contundente que cualquier frase. La presa estaba llena.
El agua acumulada detrás de Carlos Peña era una suerte de fractal de toda aquella discusión, en aquella pequeña superficie de Reynosa se reproducían años de proyectos, millones invertidos, excavaciones, informes de gobierno, críticas, acusaciones, defensas y finalmente una tormenta que obligó a la ingeniería a enfrentarse con aquello para lo cual había sido concebida y funcionó.
Eso no significa que Reynosa haya resuelto para siempre sus inundaciones. Sería absurdo afirmarlo. El propio proyecto hidráulico fue pensado como parte de un sistema mayor de infraestructura y vasos reguladores. Una ciudad con la extensión, crecimiento urbano y características topográficas de Reynosa necesita muchas obras trabajando simultáneamente. Pero tampoco puede negarse lo evidente simplemente porque reconocerlo resulte políticamente incómodo. “El Águila” existe, almacena agua, regula escurrimientos y durante las lluvias recientes hizo aquello para lo que fue construida. De esta manera, Carlos Peña Ortiz calla bocas con hechos frente a algunas acusaciones periodísticas que durante meses pretendieron convertir una obra todavía en proceso en símbolo de fracaso y llegaron al extremo retórico de presentarla como una presa fantasma.
Querido y dilecto lector, no hizo falta responder con desplegados ni conferencias. Ni siquiera con aquella pequeña revancha verbal dedicada a los haters. Bastó esperar a que lloviera. Porque existe una justicia peculiar en las obras hidráulicas, pueden ser cuestionadas durante meses, fotografiadas cuando están secas, convertidas en munición política e incluso declaradas inútiles antes de tiempo, pero tarde o temprano llega el agua y el agua no milita en ningún partido, no lee periódicos, no conoce adversarios ni simpatizantes, ni sabe quién gobierna Reynosa, simplemente busca por dónde pasar. Y aquella tarde encontró un lugar donde quedarse, se llamaba “El Águila”.
El tiempo hablará.




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