Locuras Cuerdas ·El Secretario de Finanzas que empezó a hacer política. Por Jorge Chávez Mijares.
El Secretario de Finanzas que empezó a hacer política.
Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, hay funcionarios públicos condenados por el organigrama a vivir entre escritorios. Llegan temprano, reciben carpetas, firman documentos, revisan números y, cuando termina el día, regresan a casa con la tranquilidad de quien ha conseguido atravesar ocho horas sin cometer la imprudencia de convertirse en noticia. Un secretario de Finanzas debería pertenecer, en principio, a esa especie. Después de todo, su territorio natural está poblado por presupuestos, ingresos, egresos, deuda, recaudación y esas criaturas misteriosas llamadas participaciones federales que tienen la extraordinaria virtud de interesarle muchísimo a los alcaldes y poquísimo al resto de los mortales.
Pero hubo en Tamaulipas un Secretario de Finanzas que comenzó a comportarse diferente. Era matamorense. Entendía los números, pero también entendía la política. Y esa combinación, apreciado lector, suele resultar bastante más peligrosa para los adversarios que para las matemáticas. Porque una cosa es saber cuánto dinero tiene el gobierno y otra muy distinta comprender que detrás de cada peso existe una carretera, una escuela, un alcalde, un empresario, una organización, un municipio y, algunas veces, un voto. El secretario comenzó a tener presencia. Lo conocían dentro del gobierno, naturalmente, pero también afuera. Sabía conversar con los sectores políticos, entendía la estructura administrativa y tenía una cualidad que no siempre acompaña a quienes trabajan con números: podía explicar las cuentas sin parecer que estaba leyendo el instructivo de una calculadora.
Poco a poco aquella oficina comenzó a parecer algo más que una oficina. Desde Finanzas se podía mirar prácticamente todo el estado. Porque quien administra el dinero público termina conociendo las necesidades de los municipios, las prioridades del gobernador, las urgencias de las dependencias y hasta los sueños presupuestales de quienes llegan solicitando recursos convencidos de que el erario es una especie de pozo de los deseos. Y nuestro Secretario observaba, escuchaba, hacía cuentas, pero también hacía política. No era un improvisado. Para cuando llegó a aquella responsabilidad ya había acumulado experiencia suficiente para comprender que en política los cargos tienen una descripción oficial y otra que jamás aparece en los nombramientos. La primera dice qué debe hacer el funcionario, la segunda explica hasta dónde puede llegar. nY entonces comenzó a ocurrir algo interesante.
El Secretario encargado de contar pesos empezó inevitablemente a ser contado entre los políticos con futuro. Su condición de matamorense tampoco era un detalle menor. La frontera siempre ha tenido una relación peculiar con el poder estatal, suficientemente lejos de Ciudad Victoria para desarrollar personalidad propia y suficientemente importante para que Ciudad Victoria jamás pueda darse el lujo de ignorarla. Aquel hombre entendió las dos geografías, La de los números y la del poder. Y mientras algunos funcionarios contemplaban la Secretaría de Finanzas como el lugar donde había que conseguir que las sumas cuadraran, él descubrió que desde allí también podía contemplarse el tablero completo de Tamaulipas.
Hasta aquí, sesudo lector, posiblemente ya tengas un nombre en la cabeza. Y precisamente ahí estaba la trampa. Porque no estoy hablando de Carlos Irán Ramírez González, estoy hablando de Tomás Yarrington Ruvalcaba. Sí, del mismo Tomás Yarrington cuya historia posterior terminaría tomando caminos completamente distintos y suficientemente conocidos como para no mezclarlos con lo que aquí estamos analizando. Antes de convertirse en Gobernador de Tamaulipas, Yarrington había sido diputado federal, alcalde de Matamoros y dirigente estatal del PRI. Después ocupó la Secretaría de Hacienda del gobierno de Manuel Cavazos Lerma —el antecedente de la actual Secretaría de Finanzas— y desde aquella posición terminó proyectándose hacia la sucesión gubernamental.
En abril de 1998 dejó el cargo. Lo que vino después ya pertenece a otra historia. Y entonces hagamos mutatis mutandis —cambiando lo que tenga que cambiarse— el viaje de regreso hasta 2026. Porque hoy otro matamorense ocupa la Secretaría de Finanzas del Gobierno de Tamaulipas. Se llama Carlos Irán Ramírez González. Y últimamente también ha comenzado a ocurrir algo curioso, cada vez resulta más difícil encontrarlo exclusivamente detrás de un escritorio. Carlos Irán aparece hablando de deuda pública, estímulos fiscales, recaudación y vehículos regularizados; pero también se reúne con empresarios, contribuyentes, notarios y sectores productivos. Comparece ante legisladores, visita municipios, representa al gobernador Américo Villarreal Anaya en actos públicos y, particularmente en Matamoros, comienza a tener una presencia mediática que difícilmente pasa inadvertida.
Los números comenzaron a salir de la oficina y con ellos salió el secretario. No estoy diciendo que Carlos Irán Ramírez González aspire a la gubernatura de Tamaulipas. No tengo elementos para afirmarlo y convertir una observación política en candidatura sería practicar esa disciplina tan socorrida del periodismo mexicano consistente en poner primero al candidato y buscar después las evidencias. Estoy diciendo algo distinto.
La historia tamaulipeca ya conoce el fenómeno. Y existe además una diferencia fascinante entre ambos personajes. Tomás Yarrington llegó político a Finanzas. Carlos Irán podría estar saliendo político de Finanzas. El primero había sido alcalde, diputado y dirigente partidista antes de sentarse frente a las cuentas estatales. El segundo ha construido buena parte de su perfil desde la administración financiera y comienza ahora a adquirir una exposición pública mucho mayor. No sabemos hasta dónde llegará. Tal vez a ninguna parte distinta de la responsabilidad que actualmente desempeña. Quizá dentro de algunos años recordemos estas apariciones simplemente como la estrategia de comunicación de un Secretario que decidió explicar mejor las finanzas públicas. O quizá no.
Querido y dilecto lector, la política tiene esa costumbre maravillosa de comenzar las historias mucho antes de avisarnos que habían comenzado. Por eso no afirmo. Observo. Y mientras observo recuerdo que hace casi tres décadas un matamorense encargado de las finanzas de Tamaulipas descubrió que desde aquella oficina podía divisarse algo más que el presupuesto estatal. Terminó viendo la gubernatura. Carlos Irán, por ahora, hace cuentas. Pero la Historia, tiene una costumbre bastante estrambótica: algunas veces cambia los nombres, cambia los tiempos, cambia las circunstancias y deja la oficina exactamente en el mismo lugar.
El tiempo hablará.




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