top of page

Locuras Cuerdas ·El incendio de Pepsico en Matamoros. La Infodemia y la Posverdad. Por Jorge Chávez Mijares.

  • locurascuerdas1
  • 30 jul
  • 4 min de lectura

El incendio de Pepsico en Matamoros. La Infodemia y la Posverdad.

Por Jorge Chávez Mijares

"La mentira ya dio la vuelta al mundo mientras la verdad apenas termina de amarrarse los zapatos."

—Atribuida a Mark Twain

Querido lector, hay incendios que comienzan cuando aparece la primera chispa. Y hay otros que empiezan cuando aparece la primera explicación. El primero consume edificios o unidades de Pepsico en Matamoros, el segundo consume certezas. El primero deja cenizas y autos quemados. El segundo deja prejuicios. La madrugada del pasado lunes, mientras las llamas devoraban decenas de unidades de reparto en las instalaciones de PepsiCo en Matamoros, otro incendio comenzaba a propagarse a una velocidad mucho mayor que la del propio fuego. No avanzaba impulsado por el viento, sino por los teléfonos celulares. No necesitaba gasolina. Le bastaban las emociones. Porque esa es la materia prima de nuestro tiempo.

Vivimos en una época extraordinaria. Nunca la humanidad había tenido tanto acceso a la información. Y, paradójicamente, nunca había resultado tan difícil distinguir entre lo que sabemos, lo que creemos saber y aquello que simplemente alguien escribió primero. Los griegos tenían una palabra para la verdad: aletheia, aquello que deja de estar oculto. Nosotros, en cambio, parecemos haber inventado una nueva forma de conocimiento, aquello que más veces se comparte termina pareciendo verdadero.

La Organización Mundial de la Salud acuñó durante la pandemia un término que debería preocuparnos mucho más que el propio virus: infodemia. No es una epidemia de mentiras, es algo más sofisticado. Es una epidemia de información donde los hechos comprobados conviven con rumores, opiniones, sospechas, interpretaciones y medias verdades, todas vestidas con el mismo traje de credibilidad. Y cuando la infodemia encuentra refugio en una sociedad emocionalmente cansada, aparece su inseparable compañera: la posverdad.

La posverdad no consiste en negar los hechos. Consiste en hacerlos irrelevantes. Ya no importa qué ocurrió. Importa qué versión provoca más miedo. Qué relato produce mayor indignación. Qué explicación confirma aquello que ya queríamos creer. Mientras algunos medios nacionales reprodujeron el comunicado oficial de PepsiCo, donde la empresa informa que colaboraba con las autoridades y que, hasta ese momento, no había identificado antecedentes de amenazas o intentos de extorsión relacionados con el incendio, casi de manera simultánea comenzaron a circular interpretaciones que ya hablaban de terrorismo, de mensajes del crimen organizado, de consecuencias internacionales y de un punto de no retorno en las relaciones entre México y Estados Unidos.

Precisamente la mañana del miércoles 29 de julio de 2026 me dirigía a Reynosa junto con mi buen amigo Martín Sifuentes para participar en el programa de análisis político de Hora Cero. Durante el trayecto no podía dejar de pensar en la tragedia que algunos espacios informativos nacionales ya daban prácticamente por consumada: que PepsiCo terminaría abandonando Matamoros. De pronto comencé a ver varias plataformas tipo grúa que transportaban numerosas unidades nuevas con los colores de Sabritas y Pepsi, todas con rumbo hacia nuestra ciudad. Mi primera reacción fue pensar que quizá se trataba de vehículos destinados a sustituir los que habían sido consumidos por el incendio. Horas más tarde conocí el comunicado oficial de la empresa, donde descartaba que, hasta ese momento, existieran antecedentes de amenazas o intentos de extorsión relacionados con el siniestro. Entonces comprendí, una vez más, que la realidad suele caminar por un sendero distinto al de las especulaciones y que, con demasiada frecuencia, las noticias más estridentes llegan mucho antes que los hechos comprobados.

Sesudo lector, la verdad monda y lironda, es que hasta el momento no sabemos todavía cuál será la conclusión de la investigación. Y precisamente por eso conviene detenernos. Porque la diferencia entre un periodista y un profeta consiste en que el primero trabaja con evidencias y el segundo con revelaciones. Las investigaciones avanzan despacio porque las pruebas exigen paciencia. Las narrativas, en cambio, corren a la velocidad del miedo.

No escribo estas líneas para defender a nadie ni para descalificar a quien piensa distinto. Tampoco para negar una realidad dolorosa que existe en muchas regiones del país. Escribo porque las ciudades también poseen un patrimonio invisible, su prestigio. Y ese patrimonio puede incendiarse con una facilidad estremecedora. Una ciudad no solamente se construye con avenidas, escuelas o puentes. También se construye con relatos. Cada noticia, cada titular y cada versión terminan levantando, ladrillo por ladrillo, la imagen que el resto del país y del mundo tendrá de ella.

Por eso el periodismo tiene una responsabilidad que va mucho más allá de informar. Tiene la obligación moral de distinguir entre una evidencia y una conjetura. Entre una sospecha y una sentencia. Entre una investigación y un veredicto. En la universidad aprendí que Ortega y Gasset escribió que las ideas se tienen, pero en las creencias se está. Quizá por eso la posverdad resulta tan poderosa, porque no intenta convencernos mediante argumentos; simplemente se instala en nuestras emociones hasta convertirse en el paisaje desde el cual interpretamos todo lo demás. Entonces dejamos de preguntar y empezamos a confirmar. Ese es el verdadero triunfo de la infodemia. No lograr que todos crean una mentira. Sino conseguir que nadie espere la verdad.

Querido y dilecto lector, ojalá las investigaciones nos digan qué ocurrió realmente aquella madrugada. Sea cual sea el resultado, habrá que aceptarlo. Pero mientras ese momento llega, Matamoros merece algo que hoy parece escasear más que la información, prudencia. Porque las llamas pueden consumir una flotilla de camiones en unas cuantas horas. Pero las palabras pueden consumir el prestigio de una ciudad durante generaciones. Y esas cenizas, esas no las recoge ningún bombero.

El tiempo hablará.

Comentarios


bottom of page