Locuras Cuerdas ·Don Emigdio García: El hombre que le vendió un recuerdo a la frontera. Historias del Bicentenario. Por Jorge Chávez Mijares..
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- 21 jul
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Opinión de Locuras Cuerdas
Don Emigdio García: El hombre que le vendió un recuerdo a la frontera. Historias del Bicentenario.
Por Jorge Chávez Mijares.

"La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla".
—Gabriel García Márquez
Querido lector, hay hombres cuya muerte no ocurre en un solo instante. Sucede lentamente, como cuando una ciudad apaga una de sus luces más antiguas y, durante algunos segundos, todos nos contemplamos unos a otros preguntándonos por qué la noche parece haberse vuelto un poco más pesada. La madrugada de este pasado domingo 19 de julio de 2026, Matamoros perdió a uno de sus empresarios más destacados de los últimos tiempos. Falleció Don Emigdio Manuel García Flores, a los 96 años de edad. Y con él se marcha una generación de hombres que parecían haber sido escritos por un novelista con demasiada imaginación, aquellos que comenzaron con las manos vacías y terminaron dejando su nombre en la memoria colectiva de una ciudad. Amigo de Sergio Arguelles y de Arturo Garza Uribe.
Siempre he pensado que Matamoros tiene una curiosa costumbre: esconder a sus personajes extraordinarios detrás de la aparente normalidad. Don Emigdio era uno de ellos. Tuve la oportunidad de conocerle y convivir con él en distintas ocasiones en el Restaurante Garcías, ese lugar que desde hace décadas dejó de ser un restaurante para convertirse en una especie de embajada sentimental de la frontera. Ahí han llegado y llegan turistas buscando el sazón mexicano y terminan llevándose una historia; políticos buscando discreción y encontrando amistad; periodistas buscando declaraciones y descubriendo leyendas. La primera crónica que escribí sobre él nació precisamente de una entrevista que tuvo a bien concederme en el año 2020. Recuerdo perfectamente aquella conversación. Yo llevaba muchas preguntas; él llevaba noventa años de vida acumulados en la mirada. El resultado era inevitable.
Había algo que siempre me llamó la atención de Don Emigdio, su elegancia. Parecía imposible encontrarlo desarreglado. Sus trajes impecables, sus corbatas perfectamente elegidas y esa serenidad propia de quienes entendieron, desde muy jóvenes, que la presentación personal era una forma silenciosa de agradecerle a la vida el privilegio de haber llegado hasta ahí. Tengo la sospecha de que Don Emigdio nunca salió de casa sin antes hacer un pacto con el espejo. Los hombres de su generación sabían algo que nosotros hemos olvidado: la elegancia no era una cuestión de dinero, sino de disciplina.
Nació en Matamoros el 17 de junio de 1930. La vida, esa vieja escritora de argumentos crueles, decidió muy pronto ponerlo a prueba. Perdió a sus padres, Emigdio C. García y Lidia Flores, y fue criado por su abuela materna, doña Hermenegilda Flores. A veces me pregunto si ella alcanzó a imaginar el tamaño del hombre que estaba formando mientras lavaba ropa ajena para sacar adelante a su nieto. A los ocho años, el pequeño Emigdio abandonó la escuela para convertirse en bolero en el Mercado Juárez, lugar que a finales de los años treinta no era solamente un mercado, era una universidad sin aulas, un puerto terrestre donde desembarcaban comerciantes, soñadores y aventureros. Ahí, entre el olor a café, cuero y monedas recién contadas, un niño descubrió que tenía un don extraordinario. Sabía vender. No vender cosas. Eso lo hace cualquiera. Don Emigdio vendía confianza. Vendía simpatía. Vendía la sensación de que el mundo podía ser un poco mejor después de conversar cinco minutos con él.
Cuenta la historia que un día le tocó bolear los zapatos a David Castañeda Alba, propietario de un negocio en el mercado. Algo vio aquel hombre en el niño. Tal vez la inteligencia, tal vez el carácter, tal vez ese brillo que tienen las personas a quienes el destino ya eligió, aunque ellas todavía no lo sepan. Le ofreció trabajo y así, sin saberlo, quiso el destino que comenzara una de las historias empresariales más extraordinarias de Matamoros. Aprendió inglés de manera autodidacta, se abrió camino en la platería, entendió que las relaciones humanas son el único negocio verdaderamente rentable y descubrió una verdad que repetiría toda su vida, la buena suerte es simplemente el nombre elegante que le damos al trabajo cuando lleva décadas acumulándose. Esa era su filosofía.
A los catorce años ocurrió algo que parece extraído de una novela. David Castañeda anunció que vendería su negocio a tres de sus trece empleados. Don Emigdio ni siquiera se consideró entre los elegidos. Era demasiado joven pero fue elegido. Porque hay hombres a quienes la vida les susurra al oído: "No te preocupes, yo ya hice otros planes para ti".
En enero de 2020 tuve la fortuna de asistir a la presentación de su biografía autorizada, “Don Emigdio Manuel García Flores: Nueve décadas de vida productiva”, escrita por Clemente Rendón de la Garza. Aquella mañana el Restaurante García's amaneció distinto. Había en el ambiente algo parecido a la gratitud. Recuerdo haberlo observado a la distancia mientras escuchaba los discursos. Me preguntaba qué misteriosa fuerza había llevado a aquel niño del Mercado Juárez a convertirse en uno de los empresarios más queridos de la frontera. Mi imaginación, que suele ser una máquina defectuosa pero insistente, llegó a conclusiones extravagantes. Pensé que quizá Don Emigdio había nacido con una sospecha infantil de horizontes infinitos. O tal vez los ángeles encargados de Matamoros habían decidido apostar discretamente por él.
El libro de Clemente Rendón tuvo el enorme mérito de dejar constancia de una vida ejemplar. Pero también de algo más importante, de la existencia de una generación de matamorenses que creía que el trabajo era una forma de patriotismo. Su éxito nunca fue únicamente suyo. Fue también el de su esposa, doña Olga Avendaño, y el de sus hijos Eduardo, Raúl, Martha Olga, Georgina y Fernando. Porque los grandes empresarios suelen ser, antes que nada, grandes constructores de familias.
Y si hay una causa que acompañó a Don Emigdio durante décadas fue Mr. Amigo. Año tras año respaldó este esfuerzo binacional que nos recuerda que la amistad entre los pueblos sigue siendo una de las pocas fronteras que no necesitan muro. Quizá porque entendía mejor que nadie que Matamoros y Brownsville son dos ciudades que aprendieron a compartir el mismo corazón.
Querido y dilecto lector, hoy quiero imaginar que el Mercado Juárez ha recuperado a uno de sus hijos más distinguidos, que David Castañeda lo ha visto entrar nuevamente, que doña Hermenegilda, después de noventa y seis años de espera, le ha acomodado la corbata con la misma ternura de cuando era niño. Y me gusta pensar, también, que al llegar al cielo ocurrió algo extraordinario.
Que los ángeles, que seguramente han escuchado miles de historias, hicieron lo mismo que hicimos todos en esta frontera durante casi un siglo, le abrieron la puerta. Porque hay hombres que no mueren, simplemente se convierten en una conversación obligada de las ciudades. Y estoy seguro de que, en algún rincón de la eternidad, Don Emigdio Manuel García Flores acaba de encontrar la manera de venderle a los ángeles un recuerdo de Matamoros. Descanse en paz.
El tiempo hablará.




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