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Locuras Cuerdas ·Cynthia Lizbeth Quezada Lerma: La Reina de la Polca. Historias del Bicentenario. Por Jorge Chávez Mijares.

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hace 15 minutos
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Cynthia Lizbeth Quezada Lerma: La Reina de la Polca. Historias del Bicentenario.

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, hay vidas que se cuentan y hay vidas que se bailan. La de Cynthia Lizbeth Quezada Lerma, mi amiga, pertenece a estas últimas, porque su historia no avanza en línea recta, sino en compases; no se explica, se ejecuta; no se narra, se siente. Y en ese tránsito, al rodar de los años, como dicta la secuela del tiempo, fue que aquella niña nacida un martes 8 de agosto, en la antigua clínica de maternidad de la Garza, en la colonia Jardín en Matamoros, comenzó sin saberlo a escribir con los pies lo que otros apenas logran insinuar con palabras.

Llegó al mundo como llegan las certezas, sin ruido, pero con destino. Hija de Pedro Quezada Becerra y de Oralia Lerma López, Cynthia nació siendo la menor de tres hermanas; aprendió desde temprano el arte de observar antes de irrumpir. En ese último lugar de la mesa familiar, como el Rey David, donde se escucha más de lo que se habla, se fue templando un carácter que no gritaba su fuerza, pero la ejercía con naturalidad. La sangre que la habita viene de la tierra, del campo, de la siembra, de ese México profundo donde el tiempo no se mide en relojes, sino en cosechas. Y quizá por eso, desde niña, Cynthia entendió que todo lo que vale la pena, se cultiva.

San Fernando fue uno de sus primeros escenarios. Entre madererías, cuentas y jornadas largas de su padre, la vida parecía discurrir en la aparente normalidad de lo cotidiano. Pero hay destinos que no piden permiso, se van formando en silencio, como las raíces bajo la tierra. Y entonces en 1988 vino el movimiento, el traslado y el desarraigo. Matamoros la recibió con esa mezcla de promesa y prueba. Tres primarias en un mismo año. Tres comienzos. Tres oportunidades de aprender lo más difícil, resistir ante lo nuevo. Terminó inscrita en la primaria “Héroes de la independencia”. El bullying a la foránea no la quebró, la moldeó. Porque donde otros veían una niña nueva, ella empezó a descubrir en sí misma algo distinto, una fuerza que no necesitaba permiso para manifestarse.

La maestra Minerva Lerma fue, en ese momento, más que guía, fue el punto de inflexión. Bajo su mirada, Cynthia encontró no solo protección, sino dirección. Y entonces ocurrió. Como suelen ocurrir las cosas que son inevitables. En quinto año de primaria, la danza apareció en su vida. No como pasatiempo ni como entretenimiento, como revelación. Desde ese instante, todo cambió. Porque hay vocaciones y llamados que no se eligen, se obedecen. La secundaria fue el tiempo de la distancia, de ver desde lejos lo que el alma ya reconocía como propio, pero también el tiempo de la persistencia. La preparatoria, en el Cobat 02, fue el terreno donde esa vocación comenzó a tomar forma concreta. Ahí, entre terracería, aulas y la obstinación de quien no negocia con su destino, Cynthia se encontró con el profesor Abraham Aguilar Garza. Y lo que vino después no fue casualidad, fue destino operando con precisión matemática.

Desde entonces, la danza dejó de ser deseo para convertirse en disciplina. Jornadas interminables. Horas que se extendían desde el alba hasta la noche. La Casa de la Cultura, los ensayos, la formación autodidacta que se pulía con rigor y obsesión. Ahí nació la maestra, ahí nació la guía, ahí comenzó a gestarse la leyenda. Porque Cynthia no solo aprendía, enseñaba. No solo bailaba, formaba. Y mientras otros acumulaban calificaciones, ella acumulaba algo más valioso, experiencia viva. Esa que no se certifica en papel, pero se reconoce en el escenario.

La vida adulta intentó imponerle otras rutas. La universidad, el trabajo, las fábricas y los horarios rígidos. El intento —fallido— de encajar en un molde que no le pertenecía. Pero hay almas que no nacieron para obedecer estructuras y Cynthia regresó. Siempre regresó. Al ITACE, a los grupos, a los escenarios, a su esencia. Porque lo suyo no era una elección profesional, era una vocación inexorable. Y entonces llegó el momento que separa a los buenos de los irrepetibles.

El 2007, un día de ensayo, una oportunidad, un riesgo y un triunfo que no solo fue victoria, sino bautismo: El campeonato nacional de polca en Monterrey. Ahí, en ese instante —donde el cuerpo se vuelve lenguaje y el ritmo se convierte en verdad— nació lo que hoy nadie discute: La Reina de la Polca. No por decreto ni por promoción, por mérito. Desde entonces, su historia dejó de ser individual para convertirse en colectiva. ITACE, Secundaria Técnica 76, escenarios estatales, nacionales, giras, alumnos, generaciones enteras que han pasado por sus manos.

Más de 300 medallas en los últimos años Decenas de primeros lugares. Una presencia que no se impone, se reconoce. Porque en Matamoros, hoy, no hay maestro o maestra de danza folclórica que no haya pasado por su influencia. Su método no es complaciente, es formativo. Reinicia, corrige. Exige y forma desde cero. Porque sabe que el arte verdadero no admite atajos. Y mientras otros replicaban tradiciones, Cynthia hizo algo más arriesgado, las investigó, las cuestionó y las reconstruyó. Se internó en la sierra, en la huasteca, en los pueblos donde la danza no es espectáculo, sino memoria viva.

Descubrió que en la danza folclórica muchas verdades eran, en realidad, ficciones repetidas. Y tuvo el valor de decirlo. Porque la autenticidad, como la danza, exige valentía. Hoy, con títulos universitarios que avalan lo que ya era evidente, con una trayectoria que no necesita defensa, Cynthia sigue en movimiento. Porque quien nació para bailar, nunca se detiene.

“Nací para cambiar la historia”, dice. Y no es una frase, es una constatación. Porque su historia —como las grandes historias— no solo se cuenta. Se hereda. Y en cada escenario, en cada alumno, en cada paso que resuena sobre la madera como un eco antiguo, Cynthia Lizbeth Quezada Lerma confirma lo que desde el principio estaba escrito: Que hay destinos que no se buscan, simplemente se bailan.

El tiempo hablará.

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