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Locuras Cuerdas ·Carretero y Maciel: Prosperidad y Estatus Por Jorge Chávez Mijares.

  • locurascuerdas1
  • 21 jul
  • 4 min de lectura

Opinión de Locuras Cuerdas


Carretero y Maciel: Prosperidad y Estatus

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, Parga me paso un fragmento del extraordinario cuento Emma Zunz de Borges, y me llevó a encontrarme con la versión borgeana, a mí así me lo parece, de los sepulcros blanqueados de la Biblia: “Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones”. Me recuerda al “Superhombre” de Nietzsche. Existe una tentación profundamente humana de creer que algunos hombres han sido tocados por una gracia especial. Quizá por eso, desde niño, mi madre recurría a un pasaje bíblico para evitar que yo anduviera haciendo diabluras: “Prenderán al impío sus propias iniquidades, y retenido será con las cuerdas de su pecado” (Proverbios 5:22).

Con el paso del tiempo entendí que hay pecados y pecados. Existe una diferencia enorme entre las travesuras de la condición humana y el momento en que un hombre descubre que puede utilizar la fe ajena como una herramienta de poder. Esta columna no pretende juzgar a Víctor José Carretero Zardeneta. Para eso existen los tribunales, las fiscalías y los expedientes. Lo que me interesa es algo más incómodo, comprender. Comprender qué sucede en la psicología de ciertos líderes religiosos que terminan desarrollando una segunda vida. Comprender por qué comunidades enteras depositan en ellos su confianza. Comprender, finalmente, por qué esta historia parece repetirse una y otra vez desde hace siglos.

Las acusaciones que pesan sobre el pastor y empresario matamorense son graves, delincuencia organizada, delitos relacionados con hidrocarburos y contrabando. De acuerdo con diversas versiones periodísticas, el 19 de enero de 2026 habría escapado hacia Brownsville en medio de un operativo en las inmediaciones del Puente Viejo Internacional, mientras en redes sociales sus seguidores organizaban cadenas de oración. La imagen posee una fuerza literaria extraordinaria: de un lado, elementos de la Marina y la Secretaría de Seguridad; del otro, fieles escribiendo: “ORANDO POR PASTOR VICTOR CARRETERO. PLEASE ÚNASE EN LA ORACIÓN.” Es casi una escena escrita por el multicitado Stefan Zweig.

Sesudo lector, creo que en alguna columna anterior he mencionado que Zweig sostenía que la Historia no avanza únicamente por grandes acontecimientos, sino por las pasiones humanas, la ambición, el miedo, la necesidad de reconocimiento, el deseo de trascendencia. Y pocas cosas producen más reconocimiento que convertirse en intermediario entre Dios y los hombres. Por otro lado Marcial Maciel lo entendió antes que nadie.

A unos les ofrecieron santidad. A otros, cercanía con el poder. A muchos, la posibilidad de formar parte de una élite espiritual. Durante décadas, familias enteras entregaron fortunas, patrimonio y devoción a un hombre que terminaría muriendo rodeado por acusaciones de abusos sexuales, adicciones y una doble vida cuidadosamente construida. Entre ellas, la de doña Flora Barragán, una de sus benefactoras más importantes, cuya historia parece extraída de una tragedia griega. Su hija, Flora Garza Barragán, lo describió como un hombre de hablar suave, de silencios largos y presencia casi hipnótica. Un hombre que parecía vivir en un estado de permanente contemplación mientras quienes lo rodeaban interpretaban aquello como cercanía con Dios. Décadas después descubrirían que la explicación era mucho más terrenal.

El pastor Carretero y el sacerdote Maciel representan dos variantes de un mismo fenómeno antropológico. Uno predicó, presuntamente, la prosperidad. El otro vendió estatus. Pero ambos comprendieron algo esencial sobre la naturaleza humana, la necesidad psicológica de ser guiados. Mihaly Csikszentmihalyi escribió que una de las principales funciones de cada cultura ha sido proteger a sus miembros frente al caos. Las religiones, los mitos y las instituciones funcionan como mapas psicológicos que nos permiten creer que existe un orden detrás de la aparente arbitrariedad del universo.

El habitante de una tribu ancestral pensaba: “Nuestros dioses nos eligieron”. El hombre moderno piensa: “Nuestra iglesia posee la verdad”, “nuestro pastor fue enviado por Dios” o “nuestro sacerdote está más cerca del cielo que nosotros”. Cambian las palabras; permanece la necesidad. Y cuando una comunidad encuentra a alguien capaz de darle sentido a sus incertidumbres, suele entregarle mucho más que su atención. Le entrega su confianza, su dinero y su identidad.

Jim Jones condujo a más de 900 personas hacia la muerte en Guyana en 1978. David Koresh convirtió un complejo en Waco, Texas, en el escenario de una tragedia en 1993. Marcial Maciel construyó uno de los imperios religiosos más influyentes del siglo XX. Y la Historia sigue acumulando nombres porque el problema nunca ha sido únicamente el líder; también es la necesidad humana de encontrarlo. Freud habría hablado de transferencia, Ortega y Gasset de la rebelión de las masas, Csikszentmihalyi, del temor al caos, Zweig, de las pasiones, Borges, de hombres convencidos de poseer un pacto secreto con Dios.

Quizá todos tenían razón. Porque incluso si mañana se demostrara la inocencia absoluta de Carretero o, por el contrario, la totalidad de las acusaciones en su contra, la pregunta permanecería intacta: ¿por qué seguimos necesitando mesías? La respuesta tal vez sea incómoda. Porque ser guiados es más sencillo que gobernarnos a nosotros mismos. Porque el control de la conciencia, como insistía Csikszentmihalyi, es una tarea agotadora.

Implica ver a figuras como Carretero y Maciel y asumir que no existe una figura infalible que vendrá a rescatarnos, implica descubrir que los hombres más carismáticos continúan siendo hombres con virtudes, con debilidades, con deseos y con sombras. La Naturaleza Humana no desaparece detrás de un púlpito. Algunos la dominan. Otros como Carretero, Maciel o cualquiera de nosotros aprendemos a ocultarla. Y unos cuantos terminan siendo arrastrados por ella, exactamente como advertía el viejo proverbio bíblico del que me hablaba mi madre: retenidos con las cuerdas de su propio pecado.

Querido y dilecto lector, al final, quizá la gran lección para evangélicos, católicos y para todos los que alguna vez hemos buscado certezas fuera de nosotros mismos sea la siguiente: el ser humano inventó culturas para protegerse del caos exterior; pero la madurez consiste en construir también una cultura interior capaz de sostenernos cuando las certezas externas desaparecen. Entendiendo que las imperfecciones del hombre no cancelan el amor de Dios.

El tiempo hablará.

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