Locuras Cuerdas. ·Bianca Marroquín: La Niña que se formo en Matamoros y Brownsville. Historias del Bicentenario. Segunda Parte. Por Jorge Chávez Mijares.
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Bianca Marroquín: La Niña que se formo en Matamoros y Brownsville. Historias del Bicentenario. Segunda Parte.
Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, narrar la crónica de cualquier personaje no necesariamente obedece a la rígida tiranía de la cronología. La vida humana rara vez avanza como un expediente perfectamente foliado. Más bien se parece a esos viejos espejos venecianos donde el pasado y el presente se reflejan simultáneamente, cruzándose entreveradamente bajo la pátina del tiempo.
En la anterior entrega de la vida de Bianca Marroquín dejé en mi relato a Bianca en la Ciudad de México, en aquel instante decisivo en que la empresa OCESA le abrió las puertas para integrarse al elenco de “La Bella y la Bestia”. Era el momento en que el sueño comenzaba a adquirir corporeidad. La muchacha que durante años había danzado frente al espejo de los salones de ensayo estaba a punto de ingresar al escenario profesional donde los sueños ya no se sostienen únicamente con ilusión, sino también con disciplina, resistencia y talento.
Pero toda gran historia posee un inicio silencioso. Y hoy quiero regresar en el tiempo. Volver a la infancia de Bianca. A los años en que todavía era Bibí. A las primeras barras de ballet, a las zapatillas diminutas, al rigor invisible que comenzó a modelarle no solo el cuerpo, sino también el carácter. Porque antes de Broadway, antes de Times Square, existió una niña disciplinada que recorría las calles de Matamoros y Brownsville cargando en silencio una convicción absoluta, la danza no era un pasatiempo; era su destino.
Hablar de la formación de Bianca en Matamoros y Brownsville es hablar de una frontera peculiar. No únicamente la geográfica, esa línea física que separa a México de los Estados Unidos, sino otra más profunda y simbólica, la frontera entre la infancia común y la vocación extraordinaria.
Porque mientras muchas niñas todavía habitaban el territorio despreocupado de los juegos, Bianca comenzaba ya a entrar en esa región severa donde el arte exige renuncias tempranas. Ahí donde el cuerpo aprende disciplina antes incluso de comprender plenamente la magnitud de sus propios sueños. Y quizá fue entonces, sin que nadie pudiera advertirlo todavía, cuando comenzó a nacer la mujer que años más tarde conquistaría los escenarios del mundo.
Era el verano de 1980. El mundo todavía respiraba bajo la tensión mineral de la Guerra Fría y, sin embargo, en un hogar de Matamoros en la calle Claveles No 26 de la colonia Jardín ocurría una pequeña tregua invisible alrededor de un televisor encendido. Mientras las grandes potencias se vigilaban mutuamente con sospecha nuclear, la humanidad seguía reuniéndose frente a los rituales antiguos de la belleza: el deporte, la música, y el asombro de las olimpiadas.
En la casa de la familia Marroquín Pérez, una niña de apenas cuatro años, a quien le decían Bibí de cariño, observaba fascinada la transmisión de los Juegos Olímpicos de verano en1980. A su lado estaban sus hermanos. Afuera seguramente el calor norteño hacía vibrar el pavimento y empolvaba los patios con esa reverberación blanca de los veranos fronterizos. Pero dentro de aquella casa ocurría otra temperatura: la del descubrimiento. En la pantalla aparecía Nadia Comaneci.
No parecía una atleta. Para la mirada de la niña Bianca, era algo más cercano a una criatura suspendida entre la disciplina humana y la abolición momentánea de la gravedad. Nadia realizaba trabajo de piso con una precisión que desafiaba la lógica doméstica de las cosas. Sus movimientos poseían una geometría imposible, arabescos del cuerpo que parecían escritos por un calígrafo invisible sobre el aire soviético de Moscú.
Hay instantes que los seres humanos consideramos pequeños porque no producen ruido histórico. Sin embargo, Stefan Zweig habría comprendido perfectamente aquel momento. Porque las grandes transformaciones humanas no siempre nacen en los parlamentos, ni en las guerras, ni en los tratados diplomáticos. A veces comienzan en silencio, dentro del alma de una niña que todavía no sabe pronunciar la palabra “destino”.
Bianca Marroquín observaba hipnotizada aquella liturgia del movimiento. Y mientras Nadia Comaneci giraba sobre el tapiz olímpico, algo comenzaba también a girar dentro de ella. La vocación, esa misteriosa semilla antropológica que separa a quienes simplemente viven de quienes necesitan expresar algo, acababa de caer en su espíritu infantil.
Entonces ocurrió la frase. Toda existencia posee una oración fundacional. Una frase pequeña que, vista con la impronta del tiempo, termina pareciendo profética. Bibí miró a su madre y dijo:
—Yo quiero hacer eso.
Y así, mientras Moscú intentaba exhibir al mundo la grandeza política del bloque soviético, en una casa en Matamoros comenzaba otra historia mucho más silenciosa: la de la niña Bibí que algún día terminaría conquistando escenarios donde el cuerpo también se convierte en lenguaje, liturgia y fulgor.
La infancia de Bianca Marroquín tuvo algo de destino anticipado. Hay niños que juegan a ser lo que sueñan; Bianca, en cambio, parecía obedecer desde muy temprano a una voz interior que ya le había señalado el camino. Como si hubiera nacido con una música secreta latiéndole detrás del pecho.
La Señora Evelina, su madre, la llevó entonces a la academia Ana Pavlova. Bibí llegó esperando encontrar el universo metálico y atlético de la gimnasia olímpica: la mesa de salto, las barras asimétricas, la viga de equilibrio donde las niñas desafían el miedo suspendidas en el aire. Pero lo que encontró fue otra cosa. Una barra fija al piso. Un salón silencioso. El rigor casi monástico del ballet clásico.
Y sin saberlo todavía, Bianca acababa de cruzar una frontera invisible. No solo se acercaba a la danza. Entraba a la severa liturgia del ballet académico, ese mundo donde el cuerpo deja de pertenecerle del todo a la infancia para convertirse lentamente en disciplina, equilibrio, repetición y sacrificio. Ahí comenzaba la construcción de algo mucho más profundo que una bailarina, comenzaba la formación de una voluntad.
En 1981, con apenas cinco años de edad, ingresó a la Escuela de Danza Clásica de la maestra Lupita Hernández Jiménez, con quien permanecería hasta 1989 en Matamoros. Vista a la distancia, aquella etapa parece un prolegómeno silencioso de todo lo que vendría después. Porque incluso entonces había algo singular en Bianca, no practicaba ballet como quien asiste a una actividad extraescolar; lo vivía como una vocación. Jamás faltaba. Todavía permanece intacta en su memoria aquella ansiedad infantil que solo sienten quienes presienten, aunque no sepan explicarlo, que el tiempo es un animal que huye.
—Mami, ya llévame.
Y su madre, con dulzura paciente, le respondía:
—Bibí, falta una hora para tu clase.
Mientras muchas de sus compañeras faltaban al ballet para asistir a fiestas infantiles, Bianca hacía exactamente lo contrario. Primero cumplía con la disciplina; después, si alcanzaba el tiempo, llegaba todavía vestida con las mallas y las zapatillas, como una pequeña sacerdotisa del ballet que irrumpía tarde en el reino de los globos y el pastel.
—Tía, vengo por mi bolsita de dulces.
La escena tiene algo profundamente revelador. Mientras otras niñas habitaban todavía la despreocupación pueril de la infancia, Bianca ya parecía negociar con el destino. Había en ella una claridad precoz, casi feroz. Como si desde muy temprano hubiera firmado un pacto silencioso consigo misma:
“Voy a ser bailarina profesional, punto.”
Y lo decía no desde la arrogancia, sino desde la certeza.
En 1989, a los trece años, cruzó otra frontera literal y simbólica: ingresó a “Bellas Artes Academy” en Brownsville con el profesor Burgos, donde permanecería hasta los dieciocho años. Fueron los años del “Saint Mary’s Catholic School” y posteriormente del High Scholl en “San José”. Ahí su vida comenzó a adquirir la dureza física de las grandes disciplinas formativas. Terminaban las clases escolares y Bianca seguía. Practicaba tenis todavía con las mallas puestas y después corría hacia las jornadas de cuatro horas de ballet, Jazz, Tap, Flamenco y Folclórico.
Querido y dilecto lector, era el cuerpo de una adolescente sometida a una rutina casi espartana. Llegaba a casa alrededor de las ocho de la noche para bañarse, cenar y hacer tarea. Y al día siguiente volvía a empezar. Durante cinco años esa fue su vida. Vista desde afuera parecía agotamiento. Vista desde adentro era felicidad pura y luminosa alegría. Porque existen personas para quienes la disciplina no es una cárcel, sino una forma de amor. Y Bianca comenzaba ya a parecerse a esas figuras extrañas que solo se sienten verdaderamente libres cuando obedecen con devoción absoluta a aquello para lo que nacieron.
El tiempo hablará.
(Esta Historia continuara)




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