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Locuras Cuerdas ·Beatles: anatomía de un comienzo. Por Jorge Chávez Mijares.

  • locurascuerdas1
  • 17 ene
  • 3 Min. de lectura

Beatles: anatomía de un comienzo.

Por Jorge Chávez Mijares.

Con aprecio para mis amigos Beatleófilos ilustrados: Martín Sifuentes y Rafa Gómez.

Querido lector, hay efemérides que no figuran en los calendarios oficiales pero que, sin embargo, pesan más que muchas fechas patrias. Hoy es uno de esos días. El Día de The Beatles, efeméride discreta, casi secreta, que recuerda no el apogeo sino el origen: cuando cuatro muchachos de Liverpool todavía no sabían que estaban a punto de reescribir la banda sonora del siglo XX.

Liverpool, puerto áspero, ciudad de lluvia oblicua y acento indócil, fue el útero de aquel milagro laico. Allí nació John Lennon, el 9 de octubre de 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando las sirenas antiaéreas eran más frecuentes que las canciones de cuna. Lennon llegó al mundo con una herida temprana —la ausencia materna— y con una lucidez incómoda que más tarde se convertiría en ironía, rebeldía y filo. Nunca cantó para agradar del todo: cantó para incomodar lo suficiente.

Dos años después, el 18 de junio de 1942, también en Liverpool, nació Paul McCartney. Si Lennon fue la grieta, McCartney fue la arquitectura. Melodista prodigioso, hijo de un músico amateur, Paul traía el oído educado y la disciplina necesaria para que el caos no se desbordara. Entre ambos se estableció una de las tensiones creativas más fecundas de la historia moderna: orden y furia, ternura y sarcasmo, armonía y ruptura. Eran el oxímoron del incipiente grupo.

El 25 de febrero de 1943 llegó George Harrison, el más joven, el más silencioso y quizá el más profundo. George no gritaba: buscaba. Mientras el mundo bailaba, él afinaba el espíritu. Introdujo el sitar, la India, la pregunta metafísica en un grupo que, sin darse cuenta, ya había conquistado el planeta. Harrison entendió antes que los demás que la fama no calma el alma.

Y el 7 de julio de 1940, también bajo el cielo gris de Liverpool, nació Ringo Starr —Richard Starkey—, el sobreviviente. Niño enfermo, hospitalizado durante años, aprendió a tocar la batería casi como quien aprende a caminar después de una larga convalecencia. Ringo no fue solo el ritmo: fue la estabilidad emocional de una banda que vivía al borde del estallido permanente. Cuatro biografías distintas, cuatro heridas distintas, un solo fenómeno irrepetible.

Y como toda mitología verdadera, el universo Beatle se cruzó con otros dioses. Entre ellos, Eric Clapton. La anécdota es reveladora: George Harrison estaba enamorado de Pattie Boyd, esposa de Clapton. El triángulo no terminó en tragedia shakesperiana, sino en música. Clapton escribió Layla, una de las canciones más desgarradas del rock, inspirada en ese amor imposible. Años después, lejos del resentimiento, Harrison y Clapton tocarían juntos, demostrando que algunos conflictos solo encuentran resolución en los acordes, no en los tribunales del ego.

Y sesudo lector, ese es el detalle que vuelve inmortales a los Beatles: no fueron santos, fueron humanos. Y precisamente por eso trascendieron.

Hoy no celebramos un grupo musical. Celebramos el instante en que cuatro jóvenes de una ciudad portuaria demostraron que la cultura puede cambiar el curso de la Historia sin disparar un solo tiro. Que una guitarra puede ser más subversiva que un manifiesto. Que la juventud, cuando encuentra lenguaje, se vuelve época.

Querido y dilecto lector, en tiempos de ruido hueco y fama instantánea, volver a los Beatles no es nostalgia: es orientación. Porque hubo un día, como hoy 16 de enero, pero de 1957 en que todo empezó sin saber que estaba empezando. Y eso, créame, no ocurre dos veces.

El tiempo hablará.

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