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“La tentación de la mejor versión” Por: Mónica Deiterman. 15 de junio del 2026

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  • hace 25 minutos
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“La tentación de la mejor versión”

Por: Mónica Deiterman

15 de junio del 2026

Vivimos en una época fascinante. Nunca antes habíamos tenido tantas herramientas para modificar nuestra imagen. Con unos cuantos movimientos sobre una pantalla podemos suavizar arrugas, cambiar la iluminación, afinar facciones, ocultar imperfecciones e incluso transformar por completo nuestra apariencia.

Sin embargo, esta reflexión no pretende cuestionar el uso de filtros ni señalar a quienes los utilizan. Después de todo, ¿quién no ha elegido alguna vez su mejor fotografía o el ángulo que más le favorece? La búsqueda de una buena imagen no es algo nuevo. Lo verdaderamente interesante es preguntarnos por qué estas herramientas ejercen tanta atracción sobre nosotros.

Quizá porque todos, en algún momento de la vida, hemos imaginado una versión mejorada de nosotros mismos.

Una versión más saludable, más segura, más joven, más disciplinada o más cercana a aquello que deseamos llegar a ser. Durante generaciones, esas aspiraciones formaron parte de nuestros proyectos personales. Hoy, en cambio, la tecnología nos permite verlas reflejadas de manera inmediata en una pantalla.

Y ahí surge una pregunta que vale la pena explorar.

¿Qué ocurre cuando podemos contemplar una versión ideal de nosotros mismos sin haber recorrido todavía el camino para convertirnos en ella?

No se trata únicamente de la apariencia física. La misma lógica aparece en muchos aspectos de la vida moderna. Queremos resultados rápidos, cambios visibles y gratificaciones inmediatas. Nos entusiasma la idea de la transformación, aunque no siempre estamos dispuestos a atravesar el proceso que la hace posible.

Tal vez por eso los filtros despiertan emociones tan diversas. Para algunos son una forma de expresión creativa. Para otros, una herramienta para sentirse mejor. Para muchos, simplemente una diversión pasajera. Pero también pueden convertirse en un espejo de nuestras aspiraciones, inseguridades y expectativas.

Lo interesante no es la imagen que aparece en la pantalla, sino la conversación que esa imagen genera con nosotros mismos.

Porque detrás de cada ajuste hay una decisión: ocultar, resaltar, corregir, mejorar o reinventar. Y cada una de esas elecciones nos habla de la manera en que nos percibimos y de la relación que mantenemos con nuestra propia historia.

Vivimos en una cultura que celebra la mejora constante. Nos invita a ser más productivos, más exitosos, más atractivos y más eficientes. Sin embargo, pocas veces nos recuerda que el crecimiento auténtico suele ser más lento que cualquier aplicación, más complejo que cualquier algoritmo y mucho menos perfecto que cualquier fotografía.

La tecnología puede ofrecernos una imagen transformada en cuestión de segundos. La vida, en cambio, sigue requiriendo algo distinto: aprendizaje, paciencia, disciplina, aceptación y tiempo.

Quizá por eso vale la pena detenernos de vez en cuando y preguntarnos si estamos invirtiendo más energía en modificar la imagen que proyectamos o en construir la persona que deseamos ser.

No hay respuestas universales. Cada quien vive su propio proceso. Pero tal vez la reflexión no consista en decidir si los filtros son buenos o malos, sino en reconocer que ninguna herramienta digital puede sustituir el trabajo silencioso de crecer, sanar, cambiar hábitos y reconciliarnos con quienes somos.

Porque al final, la mejor versión de nosotros mismos no siempre es la que aparece en una fotografía.

A veces es la que se construye, día tras día, lejos de las pantallas y más cerca de la realidad.

Y mientras buscamos quiénes queremos llegar a ser, quizá la pregunta más importante no sea cómo nos vemos, sino cuánto estamos dispuestos a transformarnos para convertirnos en esa persona.

Porque la vida, después de todo, sigue siendo un proceso.

 Dra Monica Deiterman

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