COLUMNA DE JORGE CHÁVEZ ´MARIA ELENA¨
- locurascuerdas1
- 6 jul 2023
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María Elena.
Así se llamaba mi madre y hoy 6 de julio cumple nueve años de haber pasado a mejor vida en la presencia de Dios gracias a mi Señor Jesucristo. Así lo creía ella y así lo creo yo. La de mi madre fue una muerte casi poética. Se fue a las 5:40 de la tarde de ese último domingo de su vida, en su cuarto, en su cama, rodeada de todos sus hijos y todos sus nietos.

Frente al inminente ofuscamiento de la muerte y con su rostro pálido y moribundo dijo con una sonrisa en su boca y con una resignación admirable cinco minutos antes de su deceso: “Me voy a morir”. Ese último suspiro de su vida es una pequeña muestra de lo que fue una existencia plena y entregada a los seres que amaba. Pero déjame te cuento, sesudo lector, más de la vida de esta mujer que su existencia me definió en medio de mis imperfecciones como ser humano.
Nació en la misma fecha que yo, su hijo menor, el 26 de agosto, pero de 1929 a las 6:00 AM en San Juan de Guadalupe, Durango; hija de Guillermo Mijares Mier y Mercedes Mendoza Bordallo, catorce años de diferencia había entre su padre y su madre. Ahora entiendo mucho de mi gusto por las mujeres.
Mi mamá fue registrada en la ciudad de Chihuahua, Chihuahua, seis años después, a las 11:05 AM el 12 de marzo de 1935, mismo día en que sus padres, mis abuelos, contrajeron matrimonio. Escenas de la vida privada.
En su obra “La Comedia Humana”, dice Honorato de Balzac que todas las familias tenemos ciertos datos que guardamos bajo estricta llave. Este de que mis abuelos se casaron después de haber procreado dos hijas, de siete que fueron en total, mi madre se lo llevó a la tumba, pues nunca la escuché mencionar dicha referencia, pero la obstinación por los antecedentes puntuales de la historia familiar me llevó al hallazgo, quizá serendipia, que hoy lo asumo pragmáticamente como una referencia más de esta hermosa familia imperfecta a la que pertenezco y me hace entender nítidamente en retrospectiva mucho de la esencia de mi madre. Ella y su hermana, ante la ley, fueron declaradas hijas legitimas varios años después de haber nacido. Bendita información que estimula la imaginación narrativa para escribir una buena historia.
Debo mencionar que cuando un ser que influyó tanto en nuestra vida se va, como mi madre María Elena, encuentro chocante que los días continúen igual que cuando ella estaba presente, que el sol siga saliendo, que el cielo siga siendo azul, que los árboles no pierdan su verdor, pareciera que nuestro subconsciente quisiera que la naturaleza fuera más empática y condescendiente con nuestro dolor y luto de tal manera que mostrara una pequeña señal de duelo, pero no es así, toda esta insensibilidad del planeta que habitó mi madre mientras tuvo vida me recordaba la escena de la muerte del Quijote en la que, a pesar de la pena que producía la disolución del esforzado caballero, sabemos que “con todo, comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza”. La muerte además de ser la más contundente de las democracias es, paradójicamente escuela de vida.
Muchos años fue maestra de química, primero en la preparatoria Juan José de la Garza y después en la secundaria 2, siempre con una autoridad que se le hacía costumbre aun llegando a su casa. En algún momento de su vida se dio cuenta que debía regular dicha vocación de mando, lo cual de no haberlo hecho podía haber resquebrajado su matrimonio; siempre fue buena para interpretar las señales que la vida invariablemente nos pone y en alguna ocasión hizo un ejercicio mental en la entrada de su casa, dijo estas palabras: “Hasta aquí llega la subdirectora y entra la esposa del ingeniero”. Duraron casi cincuenta años de casados hasta que a mi papá se le ocurrió morirse.
Amó a mi padre de una forma admirable porque mi padre la amó igual. Creo que se amaban bajo la tercera Ley de Newton: toda acción genera una reacción de igual intensidad, pero en sentido opuesto. Él le cantaba constantemente el Vals-Canción “María Elena”, escrita en los años veinte por el veracruzano Lorenzo Barcelata Castro, una melodía de la que nos hizo doctorado a todos sus hijos. Pedía que le pusiéramos siempre el LP de Javier Solís. La melodía no menciona nunca el nombre de mi madre, pero él decía que lo que si mencionaba era todo lo que había en su corazón para ella, y remataba diciendo: “Si me tuviera que casar otra vez, me volvería a casar contigo”.
Querido y dilecto lector, el homenaje a mi madre inevitablemente se convierte en un homenaje a mi padre, su amor y preocupación de ambos por su familia, además de su honestidad y congruencia frente a la vida, están siempre en mi recuerdo y es lo que siempre procuro defina mi existencia. “Mi vida la embellece una esperanza azul”.
El tiempo hablará.








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