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Opinión de Locuras Cuerdas. ·La mañanera que dejó de ser propaganda. Por Jorge Chávez Mijares

  • locurascuerdas1
  • 2 mar
  • 7 Min. de lectura

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La mañanera que dejó de ser propaganda.

Por Jorge Chávez Mijares


Querido lector, esta columna debió haberse publicado desde el martes por la mañana, pero por cuestiones de trabajo se publica hasta el día de hoy miércoles. Confieso que yo no soy devoto de este rito matutino que instauró Andrés Manuel López Obrador. Siempre me ha parecido, con honrosas excepciones, más un instrumento de propaganda que de información: una liturgia donde el poder se mira al espejo, se peina el relato y se aplaude a sí mismo con la música de fondo del micrófono abierto. Pero la del lunes, entendí que venía distinta. La del lunes no olía a consigna: olía a parte de guerra, a informe de Estado, a ese momento raro en que la realidad entra a Palacio Nacional sin pedir permiso y obliga a hablar con precisión.

Era lunes 23 de febrero de 2026. La mañanera 320 de Claudia Sheinbaum, desde el Salón de la Tesorería. Y la escena no fue una mañanera más: fue una mañana con espesor histórico, como si el aire se hubiese vuelto más denso y el mármol hubiese aprendido a escuchar.

La presidenta apareció vestida de morado profundo y negro absoluto. Diría Dostoievski que su fisonomía estaba más afilada que en otras ocasiones: pómulos tensos, mandíbula firme, mirada sin sonrisa protocolaria. No buscaba empatía: buscaba precisión. Tenía una serenidad matemática, casi quirúrgica, como si el país estuviera sobre la plancha y el diagnóstico no admitiera adornos.

A su lado, el General Ricardo Trevilla Trejo, Secretario de la Defensa, vestía uniforme de campaña en camuflaje verde. La bandera mexicana bordada, las insignias reglamentarias, el apellido “Trevilla” como etiqueta de un hombre que carga con la institución. Su rostro, marcado por la experiencia, tenía esa dureza serena que no es pose, sino oficio. No había dramatismo, había estructura. Y completando el triángulo de mando, Omar García Harfuch, Secretario de Seguridad, de traje oscuro, con la compostura del operador civil que no necesita alzar la voz para transmitir control. El cuerpo decía lo que la política rara vez dice en voz alta: aquí hay coordinación, aquí hay jerarquía, aquí hay Estado.

Luego vino lo central: la presidenta anunció que Trevilla informaría sobre la operación del día anterior y que después “Omar” daría cuenta de los eventos y de la recuperación de la movilidad. Habló del centro de mando, de la coordinación nacional, de la participación de Gobernación y de la comunicación con gobernadoras y gobernadores. Subrayó que ese lunes por la mañana se amanecía “sin bloqueos” y con actividad restablecida. Y en un tono que no era triunfalista sino afirmativo, soltó una frase que ayer funcionó como antídoto contra el pánico: “hay gobierno, hay fuerzas armadas, hay gabinete de seguridad y hay coordinación.”

Luego, el reconocimiento. Sheinbaum fue explícita y laudatoria: elogió a la Defensa, al Ejército, a la Guardia Nacional, a la Fuerza Aérea. Los llamó “extraordinarios”, “profesionales”, “patriotas”, “preparados”. Ofreció el pésame a las familias de los elementos caídos y pidió que el pueblo se sintiera orgulloso. No era una arenga vacía: era el intento de ordenar emocionalmente al país, de decirle a la nación, en medio del ruido, que el Estado estaba de pie.

Y entonces le dio la palabra al General Secretario. Trevilla comenzó con sobriedad: agradeció los conceptos de la Presidenta, dijo que los haría llegar al personal desplegado, y de inmediato entró al terreno que mejor conoce: el de la inteligencia, la planeación y la doctrina. Narró, con precisión militar, el seguimiento a la red de un supuesto bandido de alto perfil; habló de recompensas ofrecidas, de listados internacionales, de intercambio de información con instituciones nacionales y de Estados Unidos; de convenios con organismos como Interpol y Europol; de la relación fortalecida con el Comando Norte. Se notaba que no hablaba para lucirse: hablaba para dejar claro que la inteligencia es lenta, complicada, metódica. Que no se improvisa.

Relató la secuencia: ubicaciones, movimientos, confirmaciones. Explicó un axioma de operaciones que suena sencillo, pero es decisivo: quien ejecuta, planea. Describió la fuerza operativa y sus tres componentes: el terrestre, el aeromóvil y el apoyo aéreo. Seis helicópteros. Fuerzas especiales. Guardia Nacional. Aviones de la Fuerza Aérea. Todo dispuesto para conservar el secreto, obtener sorpresa e iniciativa.

Luego llegó el choque con la realidad: el personal de seguridad de los supuestos bandidos abrió fuego. Trevilla lo llamó como era: un ataque violento. Hubo respuesta. Hubo aseguramientos. Hubo muertes en el primer enfrentamiento; más tarde, al revisar el área, se confirmó un saldo mayor. Se aseguraron armas largas, lanzacohetes, vehículos. Citó, con una frialdad que no es insensibilidad sino precisión, que un RPG, de origen ruso, había sido usado en 2015 para derribar un helicóptero en una operación previa. Ese dato no es anécdota: es recordatorio de que el Estado se enfrenta a adversarios que se arman como ejército irregular.

El relato siguió con la huida hacia la zona boscosa, el cerco, la persecución, el ataque, el impacto a un helicóptero que obligó a un aterrizaje de emergencia, la contención, los heridos, la evacuación. Y el desenlace: el traslado por aire, la muerte en trayecto, la decisión de no arribar a Guadalajara por riesgos de una escalada de violencia. Luego, el otro golpe operativo: la localización de “el Tuli”, señalado como operador logístico y financiero, coordinador de bloqueos e incendios, incluso promotor de recompensas por cada militar asesinado. Se desplegó unidad aeromóvil; hubo enfrentamiento; falleció ese supuesto bandido; se aseguraron armas y dinero.

Hasta aquí, diría cualquiera: reporte militar impecable. Pero lo verdaderamente histórico no fue la secuencia. Fue lo humano que se coló como una grieta en el acero.

Trevilla anunció refuerzos: 2,500 efectivos adicionales, sobre los 7,000 ya presentes. Efecto disuasivo. Presencia. Control. Todo parecía cerrar con la misma firmeza con que inició. Y entonces, cuando se dispuso a dar el pésame a las familias de sus compañeros caídos, ocurrió lo impensable en un hombre entrenado para no romperse en público: se le quebró la voz. Y ahí, querido lector, el Salón de la Tesorería dejó de ser escenario y se volvió espejo.

La imagen en la mañanera lo cuenta con el lenguaje sin palabras: el general inclina apenas el torso, como si la gravedad se hubiera multiplicado; baja la mirada; la mano se aferra al podio, buscando un punto fijo en medio del temblor íntimo. La mandíbula que antes era muro se vuelve contención. No hay llanto exhibido. Hay combate interno. Y solo le salen dos palabras, como si el duelo hubiera cerrado la garganta: “también vamos…” Dos palabras que son un abismo. Dos palabras donde se oye, sin que se oiga, la nómina secreta del dolor militar: nombres, funerales, teléfonos sonando en la madrugada, madres esperando noticias, compañeros que ya no regresan.

Ahí aflora el humano que habita al soldado. Ahí se rompe, por un instante, la coraza del mando. Y lo admirable, y por eso lo digo con respeto y con tono laudatorio, es la rapidez con la que Trevilla se recompone. En segundos recupera el talante militar, toma aire, endereza el cuerpo y, con voz firme, remata como quien vuelve a ponerse la patria en el pecho: Reconoce la operación como exitosa, afirma que se cumplió la misión y sentencia lo que, en su lógica, debe quedar claro: se demostró la fortaleza del Estado Mexicano.

Sensible lector, no es poca cosa: quebrarse sin perder el mando. Sentir sin desbordarse. Llorar por dentro sin abandonar la disciplina por fuera. Eso, en un país que a veces confunde fuerza con brutalidad, es una lección de temple.

Terminada su intervención, Trevilla tomó asiento entre Harfuch y el Almirante. Entonces se levantó Omar García Harfuch, pidió la anuencia de la Presidenta con la mirada y dijo: “Con su permiso, Presidenta”. En ese gesto se vio lo que se predica, pero rara vez se muestra: subordinación institucional, orden, respeto al mando civil.

Harfuch informó sobre las reacciones violentas de los supuestos bandidos: bloqueos, quema de vehículos, ataques a gasolineras, establecimientos, instituciones bancarias, incendios, agresiones cobardes. Explicó la activación inmediata de protocolos, la coordinación con gobiernos estatales, el despliegue conjunto de Defensa, Marina, Guardia Nacional y corporaciones locales. Y recalcó el punto neurálgico: se instaló un centro de mando y al finalizar el día se contuvieron los hechos violentos.

Y entonces soltó lo que yo llamo, porque no hay otra manera de decirlo sin deshumanizarnos, la numeralia del horror: bloqueos contabilizados en carreteras federales, estados afectados, personas detenidas, agresiones contra autoridades, vidas perdidas. Cifras que no son cifras: son hogares vaciados, lutos súbitos, sillas que amanecen sin dueño. En cada número hay un rostro. En cada saldo hay una historia cortada.

Harfuch, sin estridencia, hizo lo que debe hacer un Secretario de Seguridad serio: ordenó el caos en un mapa, lo explicó, lo cerró con un llamado a la calma y a la confianza. Reconoció la valentía del Ejército, la Guardia Nacional, la Fuerza Aérea y, con énfasis, el liderazgo del General Secretario Trevilla. No fue adulación: fue cohesión. Cuando el gabinete se reconoce públicamente, el país recibe un mensaje simple: no estamos solos ante la violencia; hay coordinación y hay mando.

La Presidenta retomó el micrófono y cerró ese primer bloque antes de preguntas con otra señal de Estado: “Gracias, Omar”. Informó sobre carreteras libres, vuelos suspendidos preventivamente hacia Puerto Vallarta, restablecimiento esperado. Y dejó clara la idea que sostuvo toda la mañana: el centro de mando sigue activo. El gobierno sigue atento. La coordinación sigue encendida.

Así fue, hasta antes de la ronda periodística, la mañanera que yo, que no soy seguidor de este ejercicio, entendí como información más que propaganda. No porque el poder dejara de ser poder, sino porque, por unas horas, se impuso la realidad sobre el guion.

Y porque hubo, en medio del protocolo y la numeralia, un instante que no se fabrica: la voz de un general quebrándose ante el dolor de sus compañeros. Ese segundo, mínimo y enorme, hizo que el Estado, por una vez, no pareciera un aparato abstracto, sino una comunidad de seres humanos intentando sostener la paz en un país donde los supuestos bandidos a veces creen que el miedo puede gobernar.

Querido y dilecto lector, la mañanera del lunes 23 de febrero, al menos en el salón de Tesorería, el miedo no gobernó. Gobernó la contención. Gobernó el deber. Y por un segundo, solo por un segundo, gobernó también la verdad íntima: que nadie, ni siquiera el que manda, es de piedra.

El tiempo hablará.

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