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Opinión de Locuras Cuerdas ·Jorge Cárdenas González: del sonido de las campanas al silencio de los naranjos. Historias del Bicentenario. (Segunda parte)Por Jorge Chávez Mijares.

  • locurascuerdas1
  • 14 mar
  • 5 Min. de lectura

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Jorge Cárdenas González: del sonido de las campanas al silencio de los naranjos. Historias del Bicentenario.

(Segunda parte)

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, Jorge Cárdenas fue una persona muy intensa tanto en sus cuestiones personales como en su lucha política, fue un hombre muy emprendedor siempre echado para adelante.

Y una buena anécdota que se me escapó, y que por justicia narrativa hay que contar, es que Don Jorge Cárdenas González fue el tamaulipeco a quien, dentro de sus labores en la Ciudad de México, le correspondió tocar las campanas tubulares originales de la XEW Radio desde la cabina misma de transmisión.

No eran campanas de iglesia, aunque así las recuerde la memoria colectiva de América Latina. Eran tubos metálicos afinados con precisión milimétrica, colocados frente al micrófono como si se tratara de un pequeño altar sonoro. Bastaba un golpe exacto del mazo para que el aire vibrara y, segundos después, millones de radios encendidos desde Sonora hasta Buenos Aires supieran que algo solemne estaba por comenzar. La XEW no era entonces una estación: era un continente hablándose a sí mismo.

Y allí estaba aquel joven venido del norte, todavía con polvo de caminos tamaulipecos en la mirada, trabajando bajo la visión monumental de Don Emilio Azcárraga Vidaurreta, el hombre que soñó una radio capaz de cruzar mares invisibles. Puede uno imaginar la escena con la luz roja encendida, el silencio absoluto en la cabina, el locutor esperando la señal, y Jorge Cárdenas sosteniendo el mazo entre los dedos, consciente de que aquel golpe no era un simple sonido, sino el inicio de una ceremonia diaria.

Para Don Jorge el estudio olía a cables calientes, madera barnizada y electricidad nueva. Pero quizá, solo quizá, también olía a destino. Porque cada vez que el metal resonaba y el locutor pronunciaba lentamente: “X… E… W… “La Voz de la América Latina desde México…” algo más ocurría dentro de él. El joven Jorge entendía que la radio tenía un misterio: hablarles a personas que nunca vería. Imaginar rostros detrás de la estática. Construir compañía en la noche de desconocidos.

Sesudo lector, permíteme fantasear, tal vez en esos segundos suspendidos entre el golpe del mazo y la voz del locutor nació su verdadera vocación. Porque hay hombres que llegan a la radio buscando trabajo. Y hay otros, como Jorge Cárdenas, a quienes la radio termina llamando por su nombre. Al rodar de los años, pocos recordarían quién golpeaba aquellas campanas tubulares. Pero millones recordarían haberlas escuchado. Y eso, en el fondo, también es una forma silenciosa de permanecer en la Historia, con mayúscula.

Dice Stefan Zweig que la vida de los hombres no siempre se decide en los grandes acontecimientos visibles, sino en esos episodios aparentemente menores que pasan desapercibidos para el mundo, pero que en la intimidad del espíritu terminan por trazar un rumbo definitivo. Son instantes breves, casi invisibles, donde el alma reconoce su lugar y la voluntad encuentra dirección.

Hoy, después de conocer esta historia, entiendo, con una claridad que solo concede el paso del tiempo, el origen de la vocación radiofónica que terminó por habitar a Don Jorge Cárdenas. No fue únicamente un oficio ni una circunstancia laboral: fue un encuentro. Porque acaso, mientras aquellas campanas tubulares anunciaban a toda América Latina que México estaba hablando, algo también comenzó a sonar dentro de él. Y hay sonidos, los verdaderamente decisivos, que una vez escuchados ya no abandonan nunca al hombre que los reconoce como destino.

Hasta aquí, por ahora, la historia de Jorge Cárdenas en lo referente a su huella en la radio. Pero sería un error pensar que fue únicamente hombre de ondas hertzianas, de ese murmullo invisible que cruza fronteras sin pasaporte. También fue hombre del campo. Tal vez por herencia. Tal vez por memoria familiar. O quizá, si se mira con cierta lupa antropológica, por esa antigua llamada de la tierra que suele regresar, tarde o temprano, a quienes nacen ligados a ella.

Su padre ejerció la vida burocrática, disciplinada y urbana. Su madre, en cambio, provenía de un linaje distinto: los González de Tamaulipas, familia de solvencia económica y amplia presencia territorial en una época en que los apellidos también delimitaban geografías. El patriarca de aquella estirpe fue don Francisco González, abuelo materno de Jorge Cárdenas González, propietario de extensas tierras que formaban parte del antiguo paisaje agrícola del centro del estado. De él nació una numerosa descendencia, entre la cual se encontraba doña Josefa González, madre de Don Jorge.

Repito, Alfonso Cárdenas, y ahora se suma su hijo Gustavo, hijos del propio Don Jorge, me relataron, uno personalmente y el otro vía celular, con esos recuerdos que sobreviven apenas como fotografías ligeramente deslavadas por el tiempo, que las hermanas González eran cinco mujeres cuyos matrimonios terminaron enlazando a familias bien conocidas de la región: una de ellas se unió a los Etienne, otra a los Martínez y otra más a los Zorrilla. Solo una permaneció soltera, doña Chata, figura entrañable dentro del árbol familiar. Todas ellas fueron tías de Don Jorge Cárdenas González, custodias involuntarias de una memoria que todavía hablaba de haciendas, cabalgatas y cosechas abundantes.

Porque don Francisco González no fue un hombre menor en su tiempo. Fue propietario de la Hacienda de Nogales, de Santa Engracia y de los terrenos de Los Benítez, extensiones que corrían hacia El Carmen y se prolongaban hasta besar las aguas del río Purificación, ya en dirección a Ciudad Victoria, al pie mismo de la Sierra donde el paisaje comienza a endurecerse y el viento adquiere carácter.

Como ocurrió con tantas fortunas rurales del país, aquellas tierras se dispersaron durante los años convulsos de la Revolución Mexicana. La historia nacional pasó sobre ellas como un arado inevitable. Sin embargo, las tierras perdidas no desaparecen del todo: permanecen en la memoria familiar. Y fue quizá esa referencia histórica, todavía viva en las conversaciones domésticas, la que, hacia 1958, sembró en Don Jorge una idea persistente: volver al campo.

Así decidió adquirir tierras en Güémez e iniciar una nueva etapa en la agricultura y la citricultura. Entre Güémez y Miraflores levantó una huerta que bautizó con un nombre profundamente íntimo: “Huerta Santa Josefa”, homenaje silencioso a su madre. Por entonces, la vida también germinaba en casa. Junto a su esposa Minerva, sus hijos eran aún pequeños: Jorge contaba apenas seis años y Alfonso cuatro. Mientras los árboles comenzaban a echar raíz, también lo hacía una nueva historia familiar, ahora marcada no por el sonido metálico de una cabina de radio, sino por el ritmo paciente de la tierra, el olor de los naranjos y la certeza antigua de que cultivar también es una forma de permanecer.

Y al caer la tarde en la “Huerta Santa Josefa”, cuando el viento del centro de Tamaulipas movía lentamente las hojas de los naranjos recién sembrados en Güemes, Don Jorge solía caminar entre los surcos observando en silencio aquello que apenas comenzaba a crecer. La tierra tiene esa virtud: obliga al hombre a pensar mientras espera.

Atrás quedaban la W con sus cabinas de radio, las luces encendidas y el sonido ceremonial de aquellas campanas tubulares que alguna vez anunciaron a todo un continente que México estaba hablando. Frente a él, en cambio, se abría otro lenguaje: el de la cosecha futura, el del trabajo paciente y el de las raíces que avanzan sin hacer ruido. Tal vez entonces no lo sabía, o quizá sí, pero hay momentos en la vida en que el destino parece conceder una pausa antes de volver a llamar.

Querido y dilecto lector, todavía faltaba que Jorge Cárdenas González entrara a un terreno donde ya no bastaría la voz ni la paciencia del agricultor, sino algo más complejo: la voluntad de participar en el rumbo de los hombres. Pero esa historia estará en una futura crónica porque hay mucho que decir.

El tiempo hablará.

(Esta Historia continuará)

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