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Locuras Cuerdas ·“El Caracol”: cien años en la misma esquina. Por Jorge Chávez Mijares.

  • locurascuerdas1
  • 26 ago
  • 10 min de lectura

“El Caracol”: cien años en la misma esquina.

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, en estos meses en que he tenido el privilegio de andar hurgando en los cajones de la memoria para escribir algunas de las historias del Bicentenario de Matamoros, he aprendido que las ciudades no siempre guardan su pasado en los archivos. A veces lo dejan olvidado en una esquina, detrás de un mostrador, dentro de una báscula o escrito a mano en una vieja caja de madera. Esta historia llegó a mí gracias a los hermanos Laura Enedelia y Luis Cárdenas Farias, quienes tuvieron la generosidad de abrirme una puerta familiar y, con ella, la posibilidad de sentarme a conversar con su tío, don Gustavo Cárdenas Garza, hermano de su padre Luis Cárdenas Garza, quien también tuvo que ver con el negocio. Ellos hicieron posible que una mañana pudiera entrar no solamente a una ferretería, sino a cien años de Matamoros.

Y pocas veces una fecha puede ser tan redonda. 1826. 1926. 2026. Matamoros cumple doscientos años. La Ferretería “El Caracol” cumple cien. Es decir, cuando “El Caracol” abrió sus puertas, Matamoros estaba cumpliendo apenas su primer siglo. Ahora la ciudad llega al segundo y aquella ferretería alcanza el primero. Dicho de otra manera: “El Caracol” ha permanecido en la misma esquina durante exactamente la mitad de la historia bicentenaria de Matamoros.

Llegué a la esquina de la calle Segunda y Zaragoza y allí estaba. La ciudad se había movido durante cien años alrededor suyo, pero “El Caracol” no. Habían cambiado los automóviles, las calles, los presidentes, los gobernadores, los alcaldes, las monedas, los teléfonos y hasta la manera de comprar. Generaciones enteras habían nacido, envejecido y desaparecido mientras aquella construcción seguía allí. Afuera, sobre nuestras cabezas, una maraña de cables parecía empeñada en sujetarla al siglo XXI; adentro, en cambio, 1926 seguía teniendo asuntos pendientes.

Entré y lo primero que me cautivó fue el olor. En realidad, eran muchos olores viviendo juntos, piel, madera antigua, hierro y esas cosas que parecen conservar silenciosamente la memoria de las manos que alguna vez las tocaron. Respiré despacio y tuve la extraña sensación de que aquel lugar no olía solamente a mercancías y herramientas. Olía a tiempo. Como si los años se hubieran quedado atrapados entre los estantes esperando pacientemente que alguien entrara para volver a respirarlos. Había monturas, riendas, cabestros, cuerdas, machetes, palas, rastrillos y aparadores antiguos. Afuera pasaban automóviles; adentro esperaban las sillas de montar. 1926 y 2026 convivían bajo el mismo techo sin hacerse demasiadas preguntas. Y allí estaba don Gustavo Cárdenas Garza.

Cabello blanco, anteojos, conversación pausada y esa serenidad particular de quienes ya no necesitan consultar libros para recordar porque ellos mismos terminaron convirtiéndose en parte de la historia que cuentan. Nació el 20 de julio de 1937, cuando “El Caracol” llevaba once años funcionando. A los trece años, en 1950, le dijo a su padre que quería ayudarle porque la escuela no era precisamente su mayor vocación. Su padre quería que estudiara inglés. No hubo manera, eligió la ferretería.

—Y aquí estoy todavía con gusto —me dijo.

Tiene razón. Lleva 76 años trabajando y fluyendo ahí. Y quizá por eso una de las primeras cosas que comprendí escuchándolo fue que “El Caracol” no llegó a los cien años gracias a alguna fórmula empresarial secreta. Llegó trabajando. “Se ha trabajado con dolor de estómago, con dolor de cabeza, con malestares y poniendo buena cara al cliente”, me explicó. El cliente, sostiene, no tiene por qué enterarse de los problemas personales de quien lo atiende. Su manera de conducirse procede de aquello que aprendió escuchando a los mayores. La historia había comenzado mucho antes que él.

Su abuelo, Andrés Cárdenas Lara, casado con Luisa Martínez, aportó el dinero para comprar la primera mercancía y ayudar a sus hijos José Cárdenas Martínez y Servando Cárdenas Martínez, quienes siendo muy jóvenes quedaron al frente del establecimiento. El negocio abrió el 1.º de agosto de 1926, exactamente donde continúa hoy. Pero El Caracol no nació siendo propiamente ferretería.

—Era como un Walmart chiquito —me dijo don Gustavo.

Y me hizo gracia imaginar aquel Walmart de 1926. Se llamaba Miscelánea “El Caracol” y podía vender zapatos, calcetines, agujas, alpargatas, hilos, botones, cuadernos, lápices, martillos y prácticamente cualquier cosa que cupiera detrás del mostrador. Durante décadas ocurrió algo que los viejos matamorenses terminaron aprendiendo, cuando alguna cosa no aparecía en otro comercio, había buenas posibilidades de encontrarla en “El Caracol”. El nombre tampoco nació allí.

José y Servando provenían de un rancho situado a unos cuarenta kilómetros de Matamoros llamado precisamente “El Caracol”. El arroyo “El Tigre” hacía tantas vueltas en aquellos terrenos que alguien terminó viendo en su recorrido la figura de un caracol. Los hermanos llegaron a Matamoros con la intención de estudiar porque la perspectiva de quedarse como pastores no parecía entusiasmarlos demasiado. Terminaron fundando una ferretería. Hay decisiones juveniles que duran una tarde. Aquella lleva un siglo.

En algún momento don Gustavo me mostró una vieja cubierta de madera utilizada para proteger una báscula. En su interior permanece escrita una fecha: 8-1-26. Primero de agosto de 1926. Me quedé atrapado en ella observándola y pensé que hay fechas que los historiadores encuentran en documentos solemnes y otras que sobreviven escondidas durante cien años debajo de una caja de madera. Aquella tenía algo de acta de nacimiento clandestina. No necesitaba notario. El tiempo había firmado como testigo. La báscula del frente, una vieja Fairbanks, tiene un recipiente que don Gustavo llama “cucharón”. Allí pesaron durante años a los pequeños de la familia. De modo que aquella máquina que nació para pesar mercancías terminó registrando también el crecimiento de los Cárdenas.

En 1935 hubo una remodelación y alguien tuvo la ocurrencia de dejar la fecha escrita en una pared. Otro mensaje al futuro a quien quiera leerlo. Poco a poco comprendí que “El Caracol” está lleno de personas que escribieron cosas para nosotros sin saber que algún día iríamos a buscarlas. Don Gustavo recuerda historias que le contó su padre. Una de ellas ocurrió durante el huracán de 1933: el viento soplaba con tal fuerza y llovía de tal manera que el agua se metía por debajo de las puertas. Él sí vivió el Beulah de 1967. Después del huracán se fueron al rancho en una camioneta 4x4 modelo 67.

—Era mi adoración —recordó.

La ferretería y el rancho nunca estuvieron completamente separados. El ganado fue durante mucho tiempo sustento fundamental de la familia y los Cárdenas dividían sus jornadas entre ambos mundos. Quizá por eso “El Caracol” terminó siendo también peletería y, muchos años después, talabartería. Con el auge de las cabalgatas después del año 2000 llegaron con mayor fuerza las monturas y los artículos relacionados con los caballos. Y entonces imaginé otra escena.

Mucho antes de los automóviles que hoy circulan por la calle dos, los soldados pasaban a caballo frente a la ferretería. Cerca, en la esquina de Segunda y Terán, existía un cuartel militar; de allí, me explicó don Gustavo, proviene el nombre del salón social “El Cuartel”. Matamoros todavía tardaría en pavimentarse completamente.

En un plano general de la ciudad de 1936, correspondiente a la administración municipal de Roberto F. García, la ferretería aparece ubicada en la manzana 333. Diez años llevaba ya “El Caracol” cuando alguien dibujó aquel Matamoros sobre papel. Y el plano todavía está allí. Me pareció entonces que ocurría algo curioso: yo estaba dentro de un edificio contemplando un mapa antiguo en el que estaba dibujado el mismo edificio donde yo contemplaba el mapa. Hay momentos en que el tiempo se pone juguetón.

La familia vivía prácticamente pegada al negocio. José Cárdenas Martínez y Zulema Garza Rodríguez, padres de don Gustavo, habitaban la casa contigua por la calle Segunda y una puerta comunicaba directamente la ferretería con el hogar. Bastaban unos cuantos pasos para pasar del trabajo a la comida, del mostrador a la familia. Don Gustavo y su hermano nacieron precisamente allí. Por aquella puerta pasaron también los nietos. Todos trabajaron alguna vez en ahí durante sus vacaciones. Mujeres y hombres aprendieron allí que pertenecer a una familia también significaba ayudar. Las muchachas realizaban principalmente tareas de oficina; los muchachos cargaban con las labores más pesadas. Y también aprendieron algo todavía más importante, que no todo negocio debe tomarse demasiado en serio.

Don Gustavo y su padre eran dulceros. En alguna ocasión intentaron vender golosinas. El proyecto empresarial tuvo un pequeño inconveniente, se las comían. Algo semejante ocurrió con el pan dulce. Un vecino panadero, Benjamín Maldonado, tenía un vendedor llamado don Atilano que pidió permiso a José Cárdenas para vender pan dentro de la ferretería. Se instaló entonces una vitrina de vidrio. La vitrina continúa allí. Ya no tiene pan. Tiene productos ferreteros. Pero un día llegó a “El Caracol” el hijo de aquel panadero y, mientras hablaba con don Gustavo, recordó a su padre. Terminó llorando. Pensé entonces que aquella vitrina había conseguido algo extraordinario, dejó de vender pan hace décadas, pero todavía conservaba el olor de un recuerdo. Así es El Caracol. Una ferretería que alguna vez vendió pan, alpargatas, hilos, martillos, botones, sillas de montar, cuadernos y lápices. Una ferretería donde casi todo parece tener una historia. Incluso sus vecinos.

Don Gustavo recuerda cuando Tomás Yarrington era apenas el muchacho que vivía por Zaragoza con sus padres, don Tomás Yarrington Santos y doña Carmen Ruvalcaba López. Su padre pedía permiso para estacionar el automóvil familiar en un terreno detrás de la ferretería. A una cuadra, por la calle Primera, vivió otro vecino llamado Manuel Cavazos Lerma. Dos muchachos del barrio terminarían siendo gobernadores de Tamaulipas. El Caracol, mientras tanto, siguió vendiendo herramientas.

Después caminamos hacia la parte posterior. Y ocurrió algo extraño: mientras más avanzaba hacia el fondo de la ferretería, más retrocedía en el tiempo. Allí están los viejos muebles, los recuerdos familiares y los retratos de quienes estuvieron antes. Conocí los rostros de Andrés Cárdenas Lara y Luisa Martínez, y los de las generaciones posteriores. Don Gustavo me contó entonces una pequeña historia que podría sostener por sí sola cien años de memoria familiar. Entre los documentos apareció alguna vez una carta escrita por su padre, José Cárdenas Martínez. En ella le pedía permiso a la madre de una jovencita para poder cortejarla. La muchacha se llamaba Zulema Garza Rodríguez, terminó siendo su esposa y la madre de Don Gustavo. Pensé que antes de WhatsApp, los emojis y los mensajes que desaparecen, el amor tenía que pedir permiso por escrito. Quizá por eso algunas de aquellas cartas terminaron sobreviviendo a quienes las escribieron.

También permanece allí un altar. Los primeros Cárdenas eran profundamente católicos y existía la costumbre familiar de que, antes de emprender un viaje, los nietos pasaran frente a las imágenes, se encomendaran a Dios y se persignaran. Con los años el altar terminó dentro de la ferretería. Y allí sigue. Como si además de herramientas, monturas y tornillos, “El Caracol” hubiera decidido conservar también un pequeño inventario de fe.

Entonces conocí la otra báscula. Negra, enorme, enteramente de fierro, construida para pesar grandes cargas y, aparentemente, sobrevivir a quienes la utilizaran. Me subí. Confieso que pocas veces me había pesado con semejante respeto. Uno normalmente se sube a una báscula preocupado por los kilos; aquella mañana me preocupaban más los años. El mecanismo centenario había recibido mantenimiento y continuaba funcionando. Mientras permanecía sobre aquella plataforma pensé que, entre los dos, probablemente el que mostraba mayores probabilidades de necesitar mantenimiento era yo. Pero había algo solemne en ella. Durante un siglo aquella báscula no solamente había pesado mercancías. Había pesado jornadas, cosechas, prosperidades, dificultades y seguramente el cansancio de muchos hombres. Era como un viejo animal de hierro que hubiera aprendido a contar el tiempo en kilos.

Finalmente llegamos al patio y allí estaba el aljibe. Durante años la familia obtuvo de él agua para las necesidades cotidianas. Cuando llovía, el agua recorría los techos, era recogida por canaletas y descendía hasta almacenarse en sus entrañas. Después, una bomba manual de hierro fundido la regresaba a la superficie. Me quedé contemplándolo. ¿Cuántas lluvias de Matamoros habrán terminado su viaje allí? ¿Cuántas tormentas habrán dejado una parte de sí mismas debajo de aquella casa? Había algo maravillosamente sencillo en aquel mecanismo, el cielo entregaba el agua, la casa la recogía y “El Caracol” la guardaba hasta que la familia volvía a necesitarla. Quizá por eso pensé que aquel aljibe nunca había almacenado solamente agua. Durante cien años también había estado almacenando tiempo.

Antes de terminar mi recorrido apareció otro nombre indispensable, Benny, quien llegó a trabajar a “El Caracol” cuando tenía apenas quince años y lleva más de treinta formando parte del establecimiento. Porque las empresas centenarias terminan creando parentescos que no necesariamente aparecen en los árboles genealógicos. Hoy el horario ya no es aquel agotador de siete de la mañana a ocho de la noche. Por razones de salud se redujo. Pero hay algo que me pareció extraordinariamente revelador, “El Caracol” todavía abre los domingos de nueve de la mañana a doce del mediodía. ¿Por qué? Porque puede ocurrir que alguien necesite una llave de agua un domingo y encuentre todo cerrado. Cien años de filosofía empresarial resumidos en una llave de agua.

Don Gustavo dice que estar al frente del negocio y convivir con quienes llegan constituye para él una terapia. Trabajar, afirma sencillamente, es muy bonito. Y cuando le pregunté qué sentía después de cien años, habló de lo que había cosechado, el amor de la gente. Después dijo algo que terminó explicándome por qué aquel hombre seguía sentado entre mostradores, monturas, básculas y recuerdos. Quiere tanto a “El Caracol” que cuando muera desea que sus cenizas permanezcan dentro de la ferretería y no quiere que lo lloren. Las muestras de cariño, dice, deben darse en vida. Entonces entendí. Quizá don Gustavo no ha trabajado toda su vida en “El Caracol”. Quizá, de alguna manera difícil de explicar, “El Caracol” ha vivido toda su vida dentro de don Gustavo.

Salí nuevamente a la esquina de Segunda y Zaragoza. Los automóviles seguían pasando. Los cables continuaban cruzándose sobre el edificio. Matamoros seguía haciendo ese ruido cotidiano de ciudad que nunca sospecha que está envejeciendo. Volteé una vez más. Allí estaba “El Caracol”. En la misma esquina. En 1926 abrió cuando Matamoros cumplía cien años. En 2026 continúa abierto cuando Matamoros cumple doscientos.

Querido y dilecto lector, los relatos del Bicentenario sirven precisamente para esto: para descubrir que una ciudad no cumple años solamente en sus monumentos ni en sus ceremonias oficiales. También cumple años en sus comercios, en sus familias, en sus paredes, en una carta de amor, en una báscula de fierro, en una vitrina que alguna vez tuvo pan y hasta en un viejo aljibe que todavía recuerda la lluvia. Dos siglos tiene Matamoros. Uno, El Caracol. Y mientras me alejaba tuve la sospecha de que aquella vieja ferretería no estaba celebrando sus primeros cien años. Simplemente estaba terminando de acomodarlos detrás del mostrador. ¡Feliz centenario! Gracias por existir.

El tiempo hablará.

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